Valeria cerró la joyería con una satisfacción que casi no podía ocultar. En su mente, ya estaba gastando los miles de dólares que le corresponderían tras la venta del diamante en el mercado negro. Se despidió de sus compañeros con una amabilidad inusual y caminó hacia su auto de lujo, estacionado a la vuelta de la esquina.
Al llegar a su casa, un lujoso apartamento que apenas podía pagar con su sueldo, sus cómplices ya la esperaban. Eran su novio, Julián, y un amigo de este. Estaban eufóricos.
«¡Lo tenemos, Val! ¡El viejo no pudo hacer nada!», gritó Julián, lanzando la bolsa de terciopelo sobre la mesa de centro.
Con manos temblorosas, Valeria abrió el estuche. Allí estaba, brillando intensamente bajo las luces LED del techo. La gema parecía perfecta. Sin embargo, algo en el peso no terminaba de convencerla. Ella había trabajado años rodeada de piedras preciosas, y aunque su ambición la cegaba, su instinto empezó a enviarle señales de alerta.
«¿Están seguros de que esto es lo que él compró?», preguntó Valeria, acercando una lupa de joyero que guardaba en su cajón.
«Claro que sí, preciosa. Se lo quitamos de las manos. El viejo casi se muere del susto», respondió Julián, sirviéndose un trago de whisky caro.
Valeria observó la piedra con detenimiento. Su corazón dio un vuelco. La faceta superior tenía una pequeña imperfección que no recordaba haber visto en la pieza original. Un escalofrío le recorrió la espalda. «Esto… esto no es un diamante», susurró, y su voz apenas fue un hilo de aire.
«¿Qué dices?», saltó Julián, dejando el vaso sobre la mesa.
«Es un circonio de alta calidad. Vale, a lo mucho, cincuenta dólares. ¡Nos engañó! ¡Ese viejo maldito nos engañó!», gritó Valeria, arrojando la piedra contra la pared. El cristal rebotó sin romperse, confirmando su peor pesadilla.
Mientras tanto, en una modesta habitación de hotel al otro lado de la ciudad, Don Aurelio observaba el verdadero diamante bajo la luz de una lámpara de escritorio. No era solo una piedra; era el fondo para una fundación que ayudaría a niños huérfanos, un proyecto que su esposa siempre quiso realizar y que él, tras vender sus tierras, finalmente iba a capitalizar.
Don Aurelio sabía que Valeria y sus cómplices regresarían a la joyería al día siguiente, buscando respuestas o tratando de ver si él denunciaba el robo. Pero él se les adelantó.
A la mañana siguiente, antes de que la tienda abriera, Don Aurelio se presentó en la oficina del dueño de la cadena de joyerías, un hombre de negocios respetable llamado Don Ernesto, quien casualmente era un viejo conocido de los tiempos en que Don Aurelio era el mejor tasador del país.
«Ernesto, amigo mío, lamento venir sin avisar», dijo Don Aurelio al entrar.
«¡Aurelio! ¡Qué sorpresa! Me dijeron que ayer estuviste en la tienda de la avenida principal. ¿Por qué no me llamaste? Te habría hecho un descuento especial», respondió el dueño, dándole un abrazo sincero.
Don Aurelio se sentó y le contó todo. No omitió ningún detalle: la actitud de Valeria, el mensaje que ella envió (que él logró ver por el reflejo de un cristal), el asalto y el cambio de la gema. Don Ernesto escuchaba con el rostro cada vez más rojo de la ira. No podía creer que una de sus empleadas de confianza fuera capaz de algo tan bajo.
«¿Qué quieres hacer, Aurelio? Llamaré a la policía ahora mismo», dijo Ernesto, alcanzando el teléfono.
«No, todavía no», lo detuvo el anciano. «Quiero que ella misma se delate. Quiero ver hasta dónde llega su codicia. Mañana volveré a la tienda. Diré que me asaltaron, pero que tengo un segundo diamante, uno aún más grande, y que quiero comprar otra montura. Veamos qué hace».
El plan estaba en marcha. Al día siguiente, Don Aurelio entró a la joyería con el rostro compungido y un vendaje en el brazo para darle realismo a su historia. Valeria, al verlo entrar, sintió que el mundo se le venía encima, pero rápidamente recompuso su máscara de preocupación.
«¡Señor! Me enteré de lo que le pasó, lo leí en los informes de seguridad de la zona. ¡Qué tragedia! ¿Se encuentra bien?», dijo ella, fingiendo una voz dulce que ahora a Don Aurelio le resultaba repugnante.
«Fue horrible, señorita. Se llevaron el recuerdo de mi esposa. Pero sabe… tengo un secreto», susurró Don Aurelio, acercándose al mostrador. «Ese diamante era el pequeño. En mi caja fuerte tengo ‘El Corazón del Sur’, una piedra de quinientos mil dólares. He decidido que no voy a dejar que esos ladrones me quiten las ganas de honrar a mi mujer. Quiero que usted me ayude a elegir la montura más cara de la tienda para esa joya».
Los ojos de Valeria se abrieron como platos. La codicia, esa bestia que vivía en su interior, se despertó con más fuerza que nunca. Si el primer diamante era falso o si el viejo lo había cambiado, no importaba ahora. La verdadera fortuna estaba por llegar.
«Por supuesto, caballero. Es usted un hombre muy valiente. Déjeme mostrarle nuestro catálogo privado en la oficina del fondo, donde estaremos más tranquilos», propuso ella, mordiendo el anzuelo hasta el fondo.
Valeria no sabía que la oficina ya estaba rodeada. No sabía que Julián y su cómplice estaban siendo vigilados por agentes de encubierto afuera de la tienda. Ella solo podía pensar en esos quinientos mil dólares que, según ella, pronto estarían en sus manos.
El ambiente en la oficina privada era tenso. Don Aurelio sacó un estuche de madera vieja y lo puso sobre la mesa. Valeria sentía que el corazón le iba a estallar. Estaba a punto de cometer el error más grande de su vida.
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