La trampa del vestido rojo: El oscuro secreto tras la cena de aniversario

Continuamos con la historia donde la dejamos…
Roberto se quedó paralizado, con la llave del viejo Chevy de Mateo apretada en su mano derecha hasta que el metal le lastimó la palma. El contraste era irreal: él, sudando y temblando frente a un auto destartalado, y ella, impecable, con su vestido de seda ondeando suavemente con la brisa nocturna, como si estuviera posando para una revista de moda en medio de la podredumbre del callejón.
—Elena… —la voz de Roberto salió como un susurro roto—. ¿Por qué? Dime que esto es una pesadilla. Dime que Mateo se equivocó.
Ella soltó una risa corta, una carcajada seca que no tenía rastro de alegría. Dio un paso hacia adelante, y la luz del farol reveló que en su mano derecha no llevaba su bolso de mano, sino un pequeño teléfono satelital que seguía emitiendo un pitido rítmico. El rastreador.
—Mateo siempre fue un entrometido —dijo ella, encogiéndose de hombros con una indiferencia que a Roberto le dolió más que una bofetada—. Debería haberle pagado más para que mantuviera la boca cerrada, pero supongo que su lealtad hacia ti es más barata de lo que pensaba.
—¡Llevamos diez años juntos! —gritó Roberto, perdiendo finalmente los estribos—. ¡Te di todo! Mi vida, mi fortuna, mi confianza ciega. ¡Construimos un hogar!
—Tú construiste un hogar, Roberto —lo corrigió ella, acercándose un poco más, sin mostrar pizca de miedo—. Yo solo construí una fachada. ¿De verdad creíste que una mujer como yo se conformaría con ser la «esposa perfecta» de un empresario que se la pasa trabajando doce horas al día? Necesitaba los recursos, la posición… y ahora necesito el seguro de vida y el control total de la compañía.
Roberto sintió un asco profundo que reemplazó al miedo. La mujer que amaba nunca había estado allí. Había estado durmiendo con una extraña, una actriz consumada que había ensayado cada beso y cada «te amo» durante una década.
—Los hombres que están adentro… —comenzó Roberto, retrocediendo hacia la puerta del auto—. No son solo para asustarme, ¿verdad?
—Oh, no —respondió Elena con una sonrisa gélida—. Son profesionales. Se supone que esto debía parecer un secuestro fallido. Un trágico incidente de inseguridad en la ciudad. Yo me quedaría como la viuda desconsolada, heredando todo el imperio que levantaste con tanto esfuerzo. Pero siempre tienes que arruinarlo todo, Roberto. Siempre tan noble, tan… previsible.
En ese momento, la puerta trasera del restaurante se abrió de golpe. Los tres hombres de la recepción salieron al callejón. Eran tipos grandes, con ojos inyectados en odio y manos metidas en los bolsillos de sus gabardinas, donde era obvio que ocultaban armas con silenciador.
—Se está escapando, jefa —dijo uno de ellos, un hombre con una cicatriz que le cruzaba la mejilla—. ¿Qué hacemos? Hay testigos en la cocina.
Elena miró a Roberto por lo que pareció una eternidad. Por un segundo, él buscó en esos ojos algún destello de la mujer que lo cuidó cuando tuvo neumonía, o de la mujer que lloró de felicidad el día que compraron su primera casa. Pero no había nada. Solo ambición pura y negra.
—Acaben con esto —ordenó ella, dándose la vuelta para caminar hacia la camioneta negra que esperaba al final del callejón—. Mateo también tiene que desaparecer. No quiero cabos sueltos.
Roberto no esperó más. La adrenalina se disparó en su sistema. Se metió en el auto de Mateo y giró la llave. El motor tosió, vaciló y, por un segundo que pareció un siglo, se negó a arrancar. Los sicarios ya estaban corriendo hacia él.
—¡Vamos, vamos, por favor! —suplicó Roberto, golpeando el volante.
Al tercer intento, el motor rugió a la vida con un sonido asmático. Roberto puso la reversa con tal violencia que el auto chirrió. Los hombres dispararon. El cristal trasero estalló en mil pedazos, cubriendo el asiento de fragmentos brillantes. Roberto se agachó, manejando casi a ciegas mientras salía del callejón a toda velocidad, rozando los contenedores de basura.
El corazón le iba a mil por hora. No podía ir a su casa; sabían dónde vivía. No podía ir a la policía directamente; si Elena tenía este nivel de logística, ¿quién le aseguraba que no tenía comprados a algunos oficiales? Tenía que pensar. Tenía que desaparecer.
Manejó durante una hora por las zonas más humildes de la ciudad, donde los hoteles de paso no piden identificación y las luces de neón parpadean como ojos cansados. Se detuvo frente a una farmacia de 24 horas y se miró en el espejo retrovisor. Estaba cubierto de pequeños cortes por el cristal roto, pero estaba vivo.
Sin embargo, al revisar sus bolsillos, se dio cuenta de algo aterrador. En la prisa, había dejado su teléfono en la mesa del restaurante. Y lo peor: su billetera estaba en el saco que se había quitado en el auto y que, en medio del tiroteo, se había caído por la puerta abierta antes de que pudiera cerrarla. Estaba solo, sin dinero, sin identidad, y siendo perseguido por la persona que mejor conocía sus debilidades.
Pero Roberto no era un hombre que se rindiera fácilmente. Había empezado de la nada, y si tenía que volver a las sombras para cazar a quien intentó destruirlo, lo haría.
Recordó un viejo favor. Alguien a quien Elena no conocía. Un antiguo socio de sus días de juventud, un hombre que se dedicaba a la «limpieza de datos» y que vivía en un sótano en el barrio de San Judas.
—Si ella quiere guerra —susurró Roberto, limpiándose la sangre de la mejilla con la manga de su camisa de seda ahora arruinada—, guerra es lo que va a tener. Pero primero, tengo que descubrir qué tan profundo llega este nido de víboras.
Mientras manejaba hacia San Judas, Roberto empezó a atar cabos. Las cuentas de la empresa que no cuadraban, el contador que renunció de repente el mes pasado, las visitas constantes de Elena a una «fundación benéfica» que él nunca había auditado. La traición no era solo personal; era financiera y sistemática.
Llegó a la casa de seguridad de su amigo «El Turco» a las tres de la mañana. El Turco lo recibió con una escopeta en la mano, pero al reconocer a Roberto, su expresión cambió de amenaza a asombro.
—Pareces un perro atropellado, hermano —dijo El Turco, bajando el arma—. ¿Qué pasó? ¿Te asaltaron?
—Peor —respondió Roberto, entrando al oscuro apartamento lleno de pantallas de computadora—. Mi esposa intentó matarme. Y necesito que me ayudes a entrar en su vida secreta. Ahora mismo.
El Turco se sentó frente a sus teclados. Sus dedos volaban. Mientras tanto, Roberto observaba una de las pantallas que mostraba las noticias locales. Sus ojos se abrieron de par en par al ver el titular: «Empresario Roberto Castillo desaparecido tras violento asalto en restaurante. Su esposa, Elena de Castillo, pide oraciones por su pronto regreso».
En la pantalla, Elena aparecía llorando frente a las cámaras, sostenida por el «socio» de Roberto, Julián. Julián le pasaba un brazo por los hombros en un gesto que pretendía ser de consuelo, pero que Roberto ahora identificaba perfectamente como el de un amante victorioso.
—Mira esto, Roberto —dijo El Turco, señalando una pantalla lateral—. He entrado en las cuentas de la fundación de tu mujer. No es una fundación para niños pobres. Es una lavandería de dinero. Y aquí está el nombre del beneficiario principal de todas las transferencias salientes…
Roberto se acercó a la pantalla. El nombre que leyó lo dejó sin aliento. No era Julián. Era alguien mucho más poderoso, alguien que podía hacer desaparecer a cualquiera con un chasquido de dedos.
—Dios mío —susurró Roberto—. Ella no solo me traicionó a mí. Se metió con la gente equivocada y me usó como escudo.
En ese momento, el teléfono del Turco empezó a sonar. Era una alerta del sistema de cámaras exterior. Una camioneta negra acababa de estacionarse frente al edificio.
—Nos encontraron, Roberto —dijo El Turco, cargando su escopeta—. Y no vienen a pedir una explicación.
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