Historias conmovedoras que Tocan el Alma
Historias Tristes

La última caricia en el abismo: El oscuro secreto de la mansión de los sauces

Seguimos exactamente donde quedó la escena, en el momento en que la oscuridad comienza a pasar factura…

Las semanas siguientes fueron un despliegue de hipocresía magistral. Elena se vestía de riguroso luto, un negro azabache que resaltaba su palidez y la hacía lucir como una figura trágica de una novela antigua. Los periódicos locales hablaban del «Accidente del Puente del Mirador» como una de las tragedias más tristes del año. «Arquitecto visionario muere tras caída accidental», decían los titulares.

Elena recibía a las visitas en la mansión con tés aromáticos y pañuelos humedecidos en lágrimas falsas. Sus amigas de la alta sociedad la compadecían, admirando la «fortaleza» con la que llevaba la pérdida. Pero en cuanto la puerta se cerraba y ella se quedaba sola en la inmensa propiedad, el luto se transformaba en champaña.

—A tu salud, Roberto —brindaba ella frente al retrato al óleo de su esposo que colgaba en el salón principal—. Gracias por hacerme, finalmente, una mujer rica.

Sin embargo, algo empezó a cambiar con la llegada de las lluvias de otoño. La mansión, que siempre había sido un lugar cálido, se volvió gélida. Elena sentía que las corrientes de aire se colaban por las rendijas, trayendo consigo un olor extraño: el olor del agua estancada y el lodo del río.

Una tarde, mientras revisaba los documentos de la póliza de seguro, un hombre llamó a la puerta. No era un amigo, sino el Detective Morales, un oficial de ojos cansados y gabardina arrugada que no parecía creer en las coincidencias.

—Señora Elena, lamento molestarla de nuevo —dijo Morales, entrando a la sala sin esperar invitación—. Pero el informe forense del equipo de rescate tiene un vacío.

—¿Un vacío? —preguntó ella, sintiendo un pinchazo de ansiedad en el estómago—. El cuerpo de mi pobre Roberto nunca fue recuperado. Me dijeron que la corriente del río en esa zona es demasiado fuerte.

—Exactamente —asintió el detective, recorriendo la habitación con la mirada—. No hay cuerpo. Pero encontramos la silla de ruedas tres kilómetros río abajo. Lo extraño es que los frenos estaban manipulados de una forma manual, no por un impacto. Como si alguien los hubiera bloqueado y desbloqueado a la fuerza justo antes de la caída.

Elena soltó una carcajada nerviosa, llevando su mano al cuello para acariciar un collar de perlas que se había comprado con un adelanto del seguro.

—Detective, por favor. Mi esposo estaba desesperado por su condición. Quizás él mismo… en un momento de locura… —fingió un sollozo.

—Es una posibilidad —concluyó Morales con una frialdad que la puso en alerta—. Pero seguiremos buscando. El río siempre devuelve lo que se lleva, tarde o temprano.

Esa noche, la tormenta estalló con una furia inusitada. Los truenos sacudían los cimientos de la casa y los relámpagos iluminaban el jardín como ráfagas de una cámara fotográfica gigante. Elena no podía dormir. Se sirvió una copa de vino y se sentó en la biblioteca, tratando de ignorar el crujido de la madera.

De pronto, un sonido distinto se filtró entre el ruido del viento.

Tap. Tap. Tap.

Era un golpe rítmico en la puerta principal. Un golpe bajo, pesado, como si alguien estuviera golpeando con un mazo de madera cubierto de tela.

Elena se quedó helada. Miró el reloj de pared: eran las tres de la mañana. ¿Quién podría estar buscando a la «viuda» a esa hora bajo semejante diluvio?

Se levantó con las piernas temblorosas y caminó hacia el vestíbulo. El pasillo parecía más largo de lo normal. El olor a agua del río era ahora insoportable, llenando sus pulmones con una humedad que le daba náuseas.

—¿Quién es? —preguntó, pero su voz apenas fue un susurro.

Nadie respondió, pero los golpes continuaron. Tap. Tap. Tap.

Con la mano en el pomo de la puerta, Elena cerró los ojos y trató de convencerse de que era una rama golpeando por el viento. Pero las ramas no golpean con ese ritmo humano, con esa insistencia que reclama entrada.

Giró la llave. El aire frío de la tormenta la golpeó de frente, apagando las luces del pasillo. En la oscuridad, iluminada solo por un relámpago súbito que rasgó el cielo, vio una silueta.

En el umbral de la puerta, empapado de pies a cabeza, con la ropa hecha jirones y el rostro cubierto de barro y algas, estaba un hombre. No estaba de pie. Estaba sentado en una silla de ruedas oxidada, cuya estructura metálica crujía con cada movimiento.

—¡No es posible! —gritó Elena, retrocediendo hasta chocar con la pared—. ¡Yo misma te empujé! ¡Yo vi cómo caías! ¡Estás muerto!

La figura levantó la cabeza. Sus ojos no tenían el brillo de la vida, sino la opacidad del abismo. Una de sus manos, pálida y azulada por el frío, se estiró hacia ella, dejando caer gotas de agua lodosa sobre la alfombra persa que Elena tanto cuidaba.

—Llevamos rato caminando, Elenita… —dijo una voz que sonaba como el burbujeo de alguien que se ahoga—. ¿A dónde me llevas ahora?

Elena cayó de rodillas, el terror absoluto apoderándose de sus sentidos. El hombre en la silla comenzó a avanzar, las ruedas dejando un rastro de fango negro sobre el suelo reluciente. La puerta se cerró de golpe a sus espaldas, atrapándolos a ambos en la penumbra de la mansión.

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