La Última Carta del Lobo de Mar: salvó a su patrón del amor y perdió su empleo, pero ganó algo más grande

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Estás en la parte 2: la historia continúa justo donde quedó la escena…

La mujer del vestido rojo finalmente encontró su voz. Pero no era la misma voz dulce que había usado para conquistar a Ricardo. Era una voz rasposa, fría, peligrosa.

—Ricardo, querido… — dijo, dando un paso hacia él, con esa sonrisa que un día le pareció encantadora y que ahora le parecía aterradora —. Ese audio es falso. Ese viejo te ha engañado. ¿Cuándo has visto a un marinero manejar tanta tecnología?

—Patrón — respondió el capitán, guardando el teléfono con calma —. Yo no entiendo mucho de tecnología. Pero entiendo de gente. Y esta mujer, con todo el respeto que usted me merece… no es gente buena.

Ricardo miró de nuevo la grabación. La voz era inconfundible. Era ella. Era exactamente ella. No había forma de que eso fuera falso. ¿O acaso había alguna?

—¿Cómo conseguiste eso, Emilio? — preguntó, aún con la voz temblorosa.

—Anoche, patrón. Estaba tomando un café en la bodega, y escuché la voz de la señora. Venía del pasillo. Se me hizo raro que estuviera despierta a esas horas, porque ella siempre se durmió temprano cuando subió con usted la vez pasada. Así que me acerqué en silencio, y la vi hablar por su teléfono. Esa conversación que usted acaba de escuchar, la escuché yo a las tres de la mañana. La grabé porque pensé que sería útil guardarla.

La mujer apretó los puños. Sus uñas, lacadas de rojo perfecto, se clavaron en la palma de su mano. Pero no era el dolor físico lo que la preocupaba. Era el dolor económico que se le escapaba entre los dedos.

—Ricardo, escúchame — dijo, acercándose peligrosamente a él —. Yo solo te amo a ti. No te estoy haciendo nada malo.

Ricardo parecía mareado. Se apoyó contra la barandilla del yate, mirando alternativamente a la mujer y al capitán. Su mente, que siempre había sido tan clara en los negocios, estaba nublada por la confusión. No sabía en quién creer.

—Señora — dijo el capitán, interponiéndose entre ellos —. Con todo respeto, yo no la conozco. No sé quién es. No sé de dónde viene. Pero sé que la he visto tres veces. Tres veces ha venido a este barco. Y en esas tres veces, cada vez que usted se queda sola, he visto que tiene unos deditos muy largos y muy rápidos.

La mujer abrió los ojos con furia.

—¡Marinero metiche! ¡Ya te dije que te callaras! ¡Estás despedido! ¡Lárgate! ¡Ahora mismo!

Ricardo Valdés, el millonario que podía despedir a cualquiera con un chasquido de dedos, miró a su capitán. Y por primera vez en ese interminable minuto, sintió algo que no esperaba. Vergüenza.

—Emilio… — dijo, con la voz apenas por encima de un murmullo —. Lo siento. Yo he sido… yo he sido un tonto.

—No diga eso, patrón. El amor no tiene lógica. Pero yo tengo una hija, y tengo una esposa que me espera en casa. Yo sé lo que es ser un hombre enamorado. Pero sé también que cuando una mujer le dice a usted que lo ama, y no le pregunta nada de su vida, y no le interesa saber nada de su familia, y no quiere conocer a sus amigos… esa mujer no lo ama. Esa mujer ama su dinero.

Las palabras del capitán resonaron en el silencio del mar. Las gaviotas, por fin, habían dejado de cantar. El viento jugaba con el vestido de la mujer, que ahora se veía ridícula, frágil, desesperada.

—Ricardo — insistió ella, con una voz que ya no era sedosa sino casi suplicante —. No escuches a este viejo. Yo te juro que te amo. Solo quería que tú y yo, juntos, formáramos un imperio aún más grande. Solo eso.

—Con documentos prenupciales que decían que en caso de divorcio, yo te tendría que dar todo, ¿verdad? — respondió Ricardo de pronto, como si la niebla se hubiera disipado en su mente.

El silencio fue la respuesta. La mujer abrió la boca, pero nada salió.

Ricardo caminó hacia ella, parándose a apenas unos centímetros. Su rostro, ahora, no expresaba miedo ni tristeza. Expresaba una calma aterradora.

—Hace dos semanas — dijo, con voz firme —, mi abogado me mostró un borrador del contrato que me pediste que firmara. Me dijo que había cosas raras. Pero yo, convencido de que eras sincera, le dije que no había nada que revisar. Ahora veo que debería haberlo leído más despacio.

La mujer sabía que el juego había terminado. No había forma de salir de esa trampa. Bajó lentamente el rostro, pero no por vergüenza. Fue más como una rendición.

—¿Qué quieres que haga? — preguntó, en voz baja.

—Quiero que bajes de mi barco. Ahora. Y que nunca más me busques. Si veo tu cara nuevamente en cualquier parte, te juro que me encargo de que nunca puedas volver a hacer esto a nadie más.

—¿Cómo? ¿Me vas a amenazar? — dijo, recuperando una chispa de su veneno.

—No es amenaza. Es un hecho. Tengo abogados muy buenos. Y tengo la grabación de mi capitán.

Ricardo miró con admiración al lobo de mar que seguía firmes.

—Patrón, con permiso — dijo el capitán, saludando con una leve inclinación de cabeza —. Yo solo vine a dejar mi carta de renuncia. Nunca quise despedir a nadie.

La mujer, vencida, caminó hacia la escalera. Cuando pasó al lado de Ricardo, lo miró por última vez. Sus ojos, que alguna vez parecieron llenos de amor, ahora mostraban toda la amargura del mundo.

—Tú te pierdes, Ricardo — le dijo, con una sonrisa torcida —. Te pierdes a la mujer que te pudo haber dado una vida más interesante.

—Prefiero una vida aburrida pero honesta, a una vida emocionante pero cerca de ti — respondió él.

Y con esas palabras, el vestido rojo se deslizó barranca abajo, hacia el muelle. Las botas del capitán resonaron tras ella, pero no para perseguirla. Para asegurarse de que se iba.

Don Emilio, el lobo de mar, la siguió a distancia segura hasta que la vio montarse en un auto negro y alejarse. Recién entonces respiró profundo. El aire volvía a saber a libertad.

Cuando subió de nuevo al yate, Ricardo estaba sentado en la proa, mirando el horizonte. Había luz en sus ojos, pero también había una sombra. La sombra de quien se dio cuenta de que casi lo pierde todo por una ilusión.

—Patrón — dijo el capitán, colocándose a su lado —. Aquí estoy para lo que necesite.

Ricardo sonrió, pero era una sonrisa débil.

—Emilio, tú te jugaste tu trabajo por mí. Y yo… yo te despedí. ¿Cómo vas a estar aquí ahora?

—Porque usted no me despidió. Usted me dijo que estaba despedido, pero usted me conoce. Yo no me voy hasta que la misión esté completa. Y la misión era usted.

Ricardo suspiró profundamente. Luego, por primera vez en mucho tiempo, se rio. No fue una risa burlona. Fue una risa de alivio, de esas que nacen cuando la tormenta termina y ves que tu casa sigue en pie.

—Capitán — dijo —. Impón una orden: de aquí en adelante, usted es mi socio. No mi empleado. Mi socio.

Don Emilio abrió los ojos, sorprendido.

—Patrón… yo no entiendo de negocios. Yo solo sé de mareas.

—Y por eso sé que puedo confiar en ti. El negocio se puede aprender. La lealtad no.

Ambos soldados quedaron en silencio, viendo cómo el sol empezaba a ponerse sobre el horizonte.

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