Historias conmovedoras que Tocan el Alma
Justicia y Karma

El amargo despertar de un corazón soberbio: cuando el destino te enseña que no eres el centro del universo

A veces el universo tiene una forma muy cruda de recordarnos que la corona que nos pusimos nosotros mismos no es más que un trozo de papel que el viento se puede llevar en cualquier momento. Valeria caminaba por los pasillos del instituto con esa seguridad que solo tienen aquellos que nunca han conocido el sabor de la derrota, sintiendo que cada baldosa que pisaba le pertenecía por derecho propio.

Sus tacones resonaban con un ritmo autoritario, marcando el compás de una expectación que ya se sentía en el aire. Sus amigas la seguían un paso por detrás, susurrando y señalando hacia la entrada principal, donde el rumor de un motor potente acababa de silenciar las conversaciones triviales de la tarde. Valeria no necesitaba mirar para saber de qué se trataba; en su mente, la película ya estaba escrita y ella era la protagonista absoluta.

Al cruzar el umbral de la puerta, la luz del sol de la tarde la cegó por un instante, pero no lo suficiente como para no distinguir la imponente figura que la esperaba. Allí estaba Mateo, subido en una motocicleta negra reluciente, con el casco apoyado en el tanque y una postura que irradiaba una confianza que Valeria no recordaba en él.

Hacía apenas tres meses que ella lo había dejado, y lo había hecho de la manera más fría posible: un mensaje de texto corto, sin explicaciones, seguido de un bloqueo en todas las redes sociales. Para ella, Mateo era un capítulo cerrado, una anécdota de alguien que «no estaba a su altura». Verlo allí, frente a todos sus compañeros, solo podía significar una cosa en su mente retorcida por el orgullo: él no había podido olvidarla y venía a suplicar una segunda oportunidad.

Valeria se detuvo a unos metros, acomodó su cabello sobre el hombro con un gesto ensayado y dibujó en su rostro esa sonrisa de suficiencia que tanto le gustaba usar. Podía sentir las miradas de los demás estudiantes clavadas en su espalda. «Mírenlo», pensó para sus adentros, «vino a rastras, como todos».

—Mateo, de verdad que no tienes remedio —dijo ella, elevando la voz lo suficiente para que los curiosos no se perdieran ni una sílaba—. ¿No te quedó claro el mensaje? Te dije que no quería saber nada más de ti. Venir hasta aquí con esa moto y hacer este espectáculo… es un poco patético, ¿no crees?

Mateo no se movió. Se limitó a mirarla con una serenidad que empezó a inquietar a Valeria. No había dolor en sus ojos, no había desesperación, ni siquiera esa chispa de enojo que ella esperaba provocar para sentirse poderosa. Solo había una calma profunda, casi gélida.

—Valeria —respondió él con voz firme, sin bajar de la motocicleta—. Siempre has tenido una imaginación increíble. Pero hoy, tu ego te está jugando una mala pasada.

Las amigas de Valeria soltaron una risita nerviosa. Ella sintió un pinchazo de irritación. ¿Cómo se atrevía a hablarle así delante de todos? Ella dio un paso más, invadiendo su espacio personal, tratando de recuperar el control de la narrativa que ella misma había inventado.

—No trates de hacerte el interesante ahora —insistió ella, cruzándose de brazos—. Sé perfectamente que estás aquí por mí. ¿Qué quieres? ¿Pedirme perdón? ¿Decirme que te mueres sin mis besos? Ahorratelo. Mi tiempo vale oro y ya te dediqué demasiado en el pasado.

Mateo soltó una carcajada corta, pero cargada de una ironía que cortaba como una navaja. Se acomodó la chaqueta de cuero y miró hacia la puerta del instituto, ignorando por completo la mirada desafiante de la joven que tenía enfrente.

—Dime una cosa, Valeria —dijo él, volviendo a fijar su vista en ella—, ¿quién te aseguró que mi intención real era buscarte a ti? ¿Alguna vez te detuviste a pensar que el mundo sigue girando aunque tú te bajes de él?

Valeria se quedó sin palabras por un segundo. El aire se volvió pesado. El murmullo de la multitud bajó de intensidad, todos estaban conteniendo el aliento. Ella abrió la boca para lanzar otro dardo envenenado, para humillarlo definitivamente y mandarlo a casa con la cabeza baja, pero Mateo no le dio la oportunidad.

—¡Rebeca! ¡Por aquí! —gritó Mateo, alzando la mano y agitando el brazo con un entusiasmo genuino que nunca, ni en sus mejores días, le había mostrado a Valeria.

Valeria giró la cabeza tan rápido que sintió un tirón en el cuello. Por la puerta del instituto salía Rebeca, una chica que siempre pasaba desapercibida, de esas que se sientan en la última fila y prefieren los libros a los dramas sociales. Rebeca, al escuchar su nombre, levantó la vista y su rostro se iluminó con una sonrisa tan pura y radiante que hizo que la belleza de Valeria pareciera artificial y opaca en comparación.

Rebeca empezó a caminar hacia ellos, un poco apenada por la atención, pero con paso decidido. Valeria la miró de arriba abajo con desprecio, tratando de entender qué estaba pasando. ¿Rebeca? ¿La chica de los apuntes de matemáticas? ¿La que usaba suéteres holgados y apenas se maquillaba? No podía ser posible.

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