Continuamos con la historia donde la dejamos, en el momento exacto en que el orgullo de Valeria comenzó a desmoronarse…
El silencio que se apoderó del patio del instituto era casi sepulcral. Se podía escuchar el viento moviendo las hojas de los árboles cercanos y el eco de los pasos de Rebeca aproximándose. Valeria sentía que el suelo bajo sus pies se volvía inestable. Cada paso que daba Rebeca era un golpe directo a su vanidad.
Cuando Rebeca llegó al lado de la motocicleta, Mateo bajó de un salto y, sin dudarlo, la tomó de la cintura para darle un abrazo cálido y prolongado. No fue un saludo casual; fue el reencuentro de dos personas que se cuidan, que se valoran, que se estaban esperando con ansias.
—Llegaste justo a tiempo —dijo Rebeca con voz suave, sus mejillas teñidas de un rosa natural—. Pensé que el tráfico te detendría.
—Sabes que yo jamás rompo mis promesas, Rebe —respondió Mateo, quitándole un mechón de pelo de la cara con una ternura que dejó a Valeria con la boca abierta—. Te dije que vendría por ti para celebrar tu nota del examen, y aquí estoy. Lo pactado es ley.
Valeria sentía que la sangre le hervía. La humillación pública que ella había intentado infligir a Mateo se había dado la vuelta como un bumerán, golpeándola justo en el centro de su amor propio. Sus amigas, las mismas que antes se burlaban, ahora miraban la escena con una mezcla de sorpresa y una envidia mal disimulada. Mateo se veía increíble, y la forma en que trataba a Rebeca era algo que todas, en el fondo, deseaban.
—¿Es una broma? —soltó Valeria, incapaz de contenerse más—. ¿Mateo, me estás diciendo que viniste a buscar a… ella? ¿A Rebeca?
Mateo se giró lentamente, todavía con un brazo rodeando los hombros de Rebeca. Su mirada era de una indiferencia absoluta hacia Valeria, como si ella fuera un mueble viejo que ya no encaja en la decoración de una casa nueva.
—¿Y por qué te sorprende tanto, Valeria? —preguntó Mateo con calma—. Rebeca es una mujer increíble. Es inteligente, es sincera y, sobre todo, sabe lo que significa la palabra lealtad. Cosas que, por lo visto, tú todavía no has aprendido a valorar.
Rebeca miró a Valeria con una mezcla de timidez y firmeza. No había malicia en sus ojos, solo la seguridad de alguien que sabe que está en el lugar correcto.
—Hola, Valeria —dijo Rebeca educadamente—. No sabía que ustedes todavía hablaban.
—No hablamos —cortó Mateo de inmediato—. Simplemente ella pensaba que yo era un satélite que orbitaba alrededor de su ego. Pero hace mucho que salí de esa zona de peligro.
Valeria apretó los puños. Quería gritar, quería decir que Mateo era un tonto por cambiar a una «reina» por una «chica común», pero las palabras se le quedaban atoradas en la garganta. La realidad era que Mateo se veía más feliz que nunca. Se veía libre. Y ella, rodeada de gente y supuestamente en la cima de su popularidad, se sentía más pequeña y sola que nunca.
Mateo tomó un segundo casco que tenía guardado y se lo entregó a Rebeca. La ayudó a ajustárselo, asegurándose de que estuviera cómodo, un detalle que nunca tuvo con Valeria porque ella siempre se quejaba de que el casco le arruinaba el peinado.
—Súbete —le dijo Mateo a Rebeca con una sonrisa—. Tenemos reservada una mesa y no quiero que lleguemos tarde. Hoy el mundo es nuestro.
Rebeca subió a la motocicleta con agilidad, abrazando a Mateo por la cintura. El rugido del motor volvió a encenderse, llenando el espacio y haciendo vibrar el pecho de los presentes. Antes de arrancar, Mateo miró a Valeria una última vez. No fue una mirada de odio, fue algo peor: fue una mirada de despedida definitiva.
—Suerte con tu vida, Valeria —dijo él sobre el ruido del motor—. Ojalá algún día encuentres algo más real que los espejos en los que te miras.
Y así, con una nube de polvo y el sonido potente del escape, se alejaron por la avenida principal, dejando a Valeria plantada en medio del patio, bajo el sol que ahora parecía quemarle la piel de pura vergüenza.
Los estudiantes empezaron a dispersarse, susurrando entre ellos. Las risas y los comentarios no se hicieron esperar. «Se creía mucho», «vaya golpe le dieron», «Rebeca se sacó la lotería». Las palabras le llegaban como latigazos. Sus amigas intentaron acercarse, pero ella las rechazó con un gesto brusco.
—Déjenme en paz —gruñó, caminando hacia el estacionamiento.
Pero la lección de humildad apenas estaba comenzando. Al llegar a su auto, Valeria se dio cuenta de que no tenía las llaves. En su afán por salir a «humillar» a Mateo, las había dejado sobre su pupitre. Tuvo que regresar al edificio, cruzándose de nuevo con todos los que habían presenciado su caída. Cada paso de regreso fue una tortura, una caminata de la vergüenza que nunca olvidaría.
Sin embargo, mientras caminaba por los pasillos ahora más vacíos, algo en su interior empezó a cambiar. Por primera vez en años, no estaba pensando en su ropa, ni en su maquillaje, ni en quién la estaba mirando. Estaba pensando en las palabras de Mateo: «algo más real». ¿Qué tenía ella de real? Sus amigas eran interesadas, su noviazgo con Mateo había sido un trofeo, y su vida entera se basaba en apariencias.
Al llegar a su salón, vio a una de las profesoras, la señora Martínez, que todavía estaba guardando sus cosas. La mujer la miró con una mezcla de lástima y sabiduría. Ella también había visto la escena desde la ventana de su oficina.
—A veces, Valeria —dijo la profesora sin que la joven dijera nada—, necesitamos que nos rompan el espejo para poder empezar a ver el paisaje que hay afuera.
Valeria tomó sus llaves en silencio. No respondió, no hizo ningún gesto de desprecio. Salió del salón con la cabeza un poco más baja, pero con una semilla de duda plantada en su corazón.
Esa noche, Valeria no salió de fiesta. Se quedó en su habitación, mirando el techo, recordando cómo Mateo miraba a Rebeca. No era la mirada de alguien que posee a otro, sino la de alguien que admira a otro. Y ella se dio cuenta de que nadie, nunca, la había mirado así. Porque ella no permitía que nadie se acercara lo suficiente como para admirar nada más que su superficie.
Pero la historia no terminó ahí. El destino, que a veces es implacable, le tenía preparada una sorpresa más a Valeria. Una que cambiaría su vida para siempre y que la obligaría a enfrentarse a sus miedos más profundos.
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