Continuamos con la historia justo donde la dejamos, en medio de la lluvia y la desesperación…
El cementerio, a esa hora de la noche, parecía un laberinto de sombras y recuerdos olvidados. Finley llegó jadeando, con la ropa pegada al cuerpo y el frío calándole los huesos. La pequeña cabaña de Don Silvestre, situada a la entrada del camposanto, tenía una luz tenue parpadeando en la ventana.
Tocó la puerta con desesperación. Unos pasos lentos y arrastrados se escucharon desde el interior. Cuando la puerta se abrió, el rostro arrugado y bondadoso de Don Silvestre apareció tras el umbral. Sus ojos se abrieron de par en par al reconocer al joven que, años atrás, solía correr entre las lápidas mientras su padre charlaba con él sobre la vida y la muerte.
—¿Finley? ¿Hijo, eres tú? —la voz del anciano era un susurro quebrado.
—Don Silvestre… por favor, dígame que es mentira. Dígame que mi padre no murió —suplicó Finley, rompiendo en llanto sobre el hombro del anciano.
El cuidador lo hizo pasar, le entregó una manta vieja y le sirvió un café caliente que olía a canela y consuelo. No dijo nada durante varios minutos, dejando que el joven soltara todo el dolor que traía contenido. El silencio solo era interrumpido por el viento golpeando las ramas de los cipreses afuera.
—Tu padre era un gran hombre, Finley. Un hombre previsor —dijo finalmente Silvestre, sentándose frente a él—. Lo que te dijo esa mujer… Regen… es solo la superficie de una red de mentiras muy oscura.
—Ella me echó de la casa como a un perro. Dice que mi padre le dejó todo y que murió de causas naturales hace tres meses. ¡Ni siquiera pude despedirme!
Don Silvestre suspiró profundamente y su mirada se perdió en el fondo de su taza. Se levantó con dificultad y buscó una linterna vieja sobre la repisa.
—Ven conmigo, muchacho. Hay algo que tienes que ver con tus propios ojos antes de que hablemos de lo que realmente sucedió.
Caminaron bajo la penumbra, esquivando los charcos y el barro. Se detuvieron frente al mausoleo de la familia, una estructura de piedra elegante que Arturo había mandado a construir para cuando llegara su hora. En la placa principal, el nombre de Arturo estaba grabado con fechas recientes. Pero algo no cuadraba.
Don Silvestre sacó un manojo de llaves y abrió la reja de hierro. Señaló el espacio donde debería estar el ataúd.
—Mira bien, Finley.
El joven se acercó, temblando. El espacio estaba limpio, demasiado limpio. No había rastro de que un cuerpo hubiera sido depositado allí recientemente. No había flores secas, no había ese olor característico a encierro y polvo de mármol movido. La tumba estaba, literalmente, vacía.
—¿Qué significa esto? ¿Dónde está mi padre? —preguntó Finley, sintiendo que el terror le recorría la espina dorsal.
—Tu padre sabía que Regen estaba tramando algo desde hace mucho tiempo. Empezó a notar que su salud decaía misteriosamente cada vez que ella le preparaba el té. Empezó a ver cómo ella movía papeles a sus espaldas. Arturo no era tonto, Finley. Él sabía que, si moría «oficialmente», ella te destruiría a ti primero para quedarse con todo.
Don Silvestre metió la mano en el bolsillo de su gabardina y sacó un sobre de papel madera, sellado con cera roja, la misma que Arturo usaba para sus documentos más importantes. El sobre estaba un poco arrugado, pero el nombre de Finley estaba escrito con la caligrafía firme y elegante de su padre.
—Él me dio esto hace cuatro meses. Me dijo: «Silvestre, si Finley vuelve y yo no estoy para recibirlo, dáselo. Pero solo si él mismo viene a buscarme a la tumba». Él sabía que vendrías aquí, hijo. Él confiaba en tu amor.
Finley tomó el sobre con manos temblorosas. El peso del papel se sentía como si tuviera el mundo entero en sus palmas. Con el corazón en la garganta, rompió el sello. La luz de la linterna de Don Silvestre iluminó las primeras líneas, y lo que leyó hizo que su sangre se congelara y hirviera al mismo tiempo.
«Hijo mío, si estás leyendo esto, es porque Regen ya comenzó con sus mentiras y yo ya no estoy a tu lado para protegerte… al menos no de la forma en que imaginas. Ella cree que ha ganado, cree que el veneno lento que puso en mi cuerpo hizo su trabajo y que mi cuerpo descansa bajo el mármol. Pero lo que ella no sabe es que el amor de un padre es más astuto que la codicia de una extraña.»
La carta continuaba detallando cómo Arturo había descubierto que Regen lo estaba envenenando con pequeñas dosis de arsénico. En lugar de confrontarla y arriesgarse a un ataque directo antes de poner sus asuntos en orden, decidió fingir su propia decadencia. Pero la carta guardaba un secreto aún más grande, una revelación que haría que Finley tuviera que jugar el juego más peligroso de su vida para recuperar lo que era suyo.
—No puede ser… —susurró Finley, con los ojos desorbitados—. Ella cree que lo mató, pero él…
—Shhh —lo interrumpió Silvestre, mirando hacia las sombras del cementerio—. Las paredes tienen oídos, y Regen tiene ojos en todas partes. Sigue leyendo, Finley. El final de la carta te dirá qué hacer mañana al amanecer.
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