Historias conmovedoras que Tocan el Alma
Historias Tristes

El amargo regreso del pasado: «Señora, empaque sus cosas, esta casa ya no le pertenece»

—»No me importa si tiene que dormir bajo un puente, señora, el desalojo es hoy y no hay marcha atrás. Empaque lo que pueda en diez minutos»—.

Esas palabras, frías como el acero de una guillotina, cortaron el aire pesado de la tarde. Doña Elena, con sus manos nudosas y temblorinas, se aferró al borde de su delantal manchado de harina. No podía creer lo que escuchaba. Miró a la mujer que tenía enfrente: una ejecutiva impecable, de traje gris plomo, cuyo cabello perfectamente peinado no permitía que un solo mechón se saliera de su sitio. Sus ojos, ocultos tras unas gafas oscuras, no mostraban ni una pizca de compasión.

—»¿Pero de qué me está hablando, m’ija? Esta es mi casa. Aquí crié a mi hijo, aquí enterré a mi viejo… usted debe estar confundida»— balbuceó la anciana, sintiendo que el suelo bajo sus pies de pronto se volvía de gelatina.

La ejecutiva soltó un suspiro de impaciencia, un sonido seco que resonó en el pequeño zaguán lleno de macetas con malvones. Sacó una carpeta de piel negra y, con un movimiento ensayado, extrajo un fajo de documentos sellados. Los puso frente a la cara de Doña Elena, quien tuvo que entrecerrar los ojos para tratar de descifrar aquellas letras pequeñas y frías.

—»Aquí no hay ninguna confusión, señora. Mire la firma. Mire el sello del notario. Su hijo, Ignacio, puso esta propiedad como garantía para un préstamo comercial hace dos años. El préstamo no se pagó. Los intereses devoraron el capital. El banco ha ejecutado la garantía y yo soy la representante legal de la inmobiliaria que compró la deuda. Así que, por favor, evítenos el drama y empiece a guardar sus trapos»—.

Doña Elena sintió un vacío en el estómago, como si le hubieran arrancado las entrañas de un solo tirón. Ignacio. Su único hijo. Aquel por el que se había desvivido trabajando doble turno como lavandera cuando se quedó viuda. Aquel que le decía que «estaba invirtiendo para asegurar su vejez».

—»¡Virgen santa! ¿Y ahora dónde me voy a meter? ¡Ignacio me dijo que estos papeles eran para su seguro de vida!»— gritó la anciana, y el grito se transformó en un sollozo desgarrador que habría conmovido a una piedra. Pero la mujer de gris no se inmutó. Se limitó a mirar su reloj de pulsera, una joya de oro que brillaba con crueldad bajo el sol de la tarde.

—»Le quedan nueve minutos, señora Elena. Si no sale por su propio pie, los cargadores entrarán y sacarán todo a la acera. Y créame, a ellos no les importa si sus figuritas de porcelana se rompen»— añadió la ejecutiva con una voz que destilaba un veneno añejo, una amargura que parecía venir de mucho más atrás que de un simple trámite bancario.

Doña Elena caminó hacia la sala, tropezando con sus propios pasos. Sus ojos nublados por las lágrimas recorrieron las paredes descascaradas. Allí estaban las fotos: Ignacio en su graduación, Ignacio en su primer comunión, Ignacio sonriendo… el mismo hijo que, en ese preciso momento, no contestaba el teléfono. El mismo que la había dejado a merced de una desconocida sin alma.

La anciana se dejó caer en su viejo sillón de orejas, el que tenía el tapiz gastado de tanto esperar. No podía moverse. El miedo la había paralizado. ¿Cómo era posible que su propia sangre le hiciera esto? Pero mientras el dolor la consumía, algo en la actitud de la ejecutiva empezó a inquietarla. La mujer no se quedó en la puerta. Entró a la sala y empezó a caminar por el recinto, tocando los muebles con la punta de sus dedos enguantados, como si estuviera reconociendo el terreno.

Se detuvo frente a una pequeña repisa de madera donde descansaba una vieja muñeca de trapo, descolorida y sin un ojo. La ejecutiva se quedó mirando la muñeca durante varios segundos. Sus hombros, que antes estaban rígidos como una pared, parecieron caerse por un instante.

—»Esta casa sigue oliendo igual»— susurró la mujer de traje gris, tan bajo que Doña Elena apenas pudo oírlo.

—»¿Qué dice, señora?»— preguntó la anciana, secándose las lágrimas con el borde del delantal.

La ejecutiva se dio la vuelta rápidamente, recuperando su máscara de frialdad absoluta. Sus ojos brillaron con una chispa de odio que hizo que Doña Elena se estremeciera.

—»Dije que tiene que moverse. El tiempo corre. No espere que tenga piedad de usted, porque la piedad es un lujo que la gente como usted nunca tuvo con los demás»—.

Doña Elena se quedó muda. ¿Gente como ella? Ella siempre había sido una mujer trabajadora, humilde, devota. ¿A qué se refería esta mujer con ese tono de reproche? La anciana intentó levantarse, pero sus piernas no le respondían. El mundo se le venía encima: la traición de su hijo, la pérdida de su hogar y el misterio de esa mujer que parecía disfrutar de su desgracia.

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