Estás en la parte 2: la historia continúa…
La ejecutiva caminó hacia la ventana y corrió la cortina de encaje amarillento. Afuera, un camión de mudanzas se estacionaba ruidosamente, levantando una nube de polvo. Dos hombres corpulentos bajaron y se apoyaron contra el vehículo, esperando la señal para entrar y vaciar la vida de Elena en cajas de cartón.
—»Dígame una cosa, señora Elena»— dijo la ejecutiva, sin dejar de mirar hacia la calle. «¿Dónde está su hijo ahora? ¿Dónde está el gran Ignacio, el hombre por el que usted siempre sacó la cara, incluso cuando sabía que estaba haciendo las cosas mal?»
Elena tragó saliva. El dolor de la traición era una herida abierta. —»Él… él debe estar trabajando. Seguramente hubo un error. Él vendrá por mí, él no me dejaría así»—.
La mujer de gris soltó una carcajada seca, carente de alegría. —»Ignacio no va a venir. Ignacio está en la capital, intentando salvar lo poco que le queda de su empresa fantasma. Él firmó la cesión de derechos de esta casa hace tres meses. Sabía exactamente lo que iba a pasar hoy. Lo sabía y no le importó. Prefirió salvar su propio pellejo que dejarle un techo a la mujer que le dio la vida»—.
Doña Elena sintió que el corazón se le partía en mil pedazos. Las palabras de la mujer eran como dagas. Pero en medio de su agonía, una duda empezó a crecer en su pecho. ¿Cómo sabía tanto de Ignacio? ¿Cómo conocía detalles que ni siquiera ella, su madre, sospechaba?
—»Usted habla como si nos conociera… ¿Quién es usted realmente? ¿Por qué me mira con tanto desprecio?»— preguntó la anciana, levantándose con la poca dignidad que le quedaba.
La ejecutiva se quitó las gafas oscuras. Sus ojos eran de un color café intenso, pero estaban cargados de una fatiga antigua. Caminó hacia un rincón de la sala, cerca de la cocina, donde la pintura de la pared estaba un poco más levantada que en el resto.
—»¿Recuerda este rincón, señora Elena? Aquí, hace exactamente treinta años, una niña y su madre lloraron de rodillas pidiéndole una oportunidad. ¿Lo recuerda? Era una noche de tormenta, igual de oscura que el futuro que usted me está pintando ahora»—.
Elena frunció el ceño, buscando en los archivos de su memoria. Treinta años era mucho tiempo. Muchos rostros habían pasado por su puerta.
—»No sé de qué me habla…»— murmuró Elena.
—»Claro que no lo recuerda. Para la gente con poder, las hormigas que pisan son invisibles»— sentenció la ejecutiva. —»Mi madre era su empleada doméstica. Se llamaba Rosa. Ella trabajó para usted durante cinco años, lavando su ropa, cocinando su comida y cuidando a su preciado Ignacio mientras usted se iba a sus reuniones de la cofradía. Un día, mi madre se enfermó. No podía levantarse de la cama. Y ese mismo día, a mi padre lo metieron preso injustamente. No teníamos a dónde ir, nos echaron del cuartito donde vivíamos»—.
La mujer se acercó a Elena, invadiendo su espacio personal. La anciana podía oler su perfume caro, un aroma que contrastaba violentamente con el olor a humedad de la casa.
—»Vinimos aquí. Mi madre, con fiebre de cuarenta grados, le suplicó que nos dejara quedarnos en el cuarto de las herramientas, solo por unos días, hasta que ella se recuperara. ¿Y sabe qué hizo usted, Doña Elena? Usted, la mujer tan católica que nunca falta a misa de domingo…»—
Elena abrió la boca, pero no salieron palabras. Un recuerdo borroso empezó a tomar forma. Una mujer pálida, una niña con un vestido roto…
—»Usted nos cerró la puerta en la cara»— continuó la ejecutiva, con la voz temblando por primera vez. —»Dijo que su casa no era un albergue de vagabundos. Dijo que si mi madre no podía trabajar, no servía para nada. Nos tiró una moneda de poco valor al suelo y nos dijo que nos largáramos antes de que llamara a la policía. Esa noche, mi madre y yo dormimos en la calle, bajo la lluvia. Esa noche, mi madre contrajo la pulmonía que terminaría matándola meses después. Yo tenía ocho años, Doña Elena. Ocho años y me quedé sola en el mundo porque usted no tuvo un gramo de humanidad»—.
El silencio que siguió a la revelación fue sepulcral. Solo se escuchaba el tictac del viejo reloj de pared, que parecía contar los segundos que le quedaban a Elena en ese hogar. La anciana se cubrió la boca con las manos. Los ojos se le llenaron de un tipo diferente de lágrimas: las del remordimiento tardío.
—»¿Valeria? ¿Eres la pequeña Valeria?»— preguntó Elena con un hilo de voz.
—»Valeria ya no existe. Ella murió esa noche en la calle. Yo soy la abogada que vino a cobrar la deuda que el destino dejó pendiente. No es solo el banco el que quiere esta casa, señora. Yo me encargué personalmente de que mi firma fuera la que adquiriera esta propiedad. Compré su miseria, centavo a centavo, tal como usted compró la nuestra hace tres décadas»—.
Elena se desplomó de nuevo en el sillón. La justicia divina, o el karma, como decían los jóvenes de ahora, la había alcanzado de la manera más cruel posible. Su hijo la había traicionado, y la niña a la que ella despreció era ahora la dueña de su destino.
—»Perdóname… yo no sabía… yo era joven, orgullosa…»— alcanzó a decir la anciana entre sollozos.
—»El orgullo no se quita con los años, se quita con los golpes»— respondió Valeria, volviendo a ponerse las gafas oscuras. —»Ahora, el tiempo se acabó. Muchachos, ¡entren! Empiecen por la sala»—.
Los cargadores irrumpieron en la pequeña estancia. El ruido de las botas pesadas sobre la madera y el sonido de los muebles siendo arrastrados llenaron el lugar. Elena veía cómo se llevaban su mesa, sus sillas, su vida entera. Se sentía pequeña, insignificante.
Sin embargo, Valeria no se movía. Observaba el caos con una expresión ilegible. De repente, uno de los hombres tomó la vieja muñeca de trapo para tirarla a una bolsa de basura.
—»¡Esa no!»— gritó Valeria de forma impulsiva. El hombre se detuvo, sorprendido. La ejecutiva le arrebató la muñeca con una urgencia que delataba que, a pesar de todo su éxito y su coraza de hierro, seguía habiendo una niña herida dentro de ella.
—»Esta me la llevo yo»— dijo, tratando de recuperar la compostura. Miró a Elena, que estaba en un rincón, temblando de frío a pesar del calor. —»Vámonos, señora. Ya no hay nada más que hacer aquí»—.
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