El aroma a trufa negra y el suave murmullo del jazz ambiental desaparecieron en un instante, reemplazados por un silencio sepulcral que pesaba más que el mármol de las columnas. Elena sintió cómo el frío del aire acondicionado se le colaba por los poros, pero no era por el clima, sino por la mirada de fuego que la mujer de rojo le clavaba desde el centro del salón. El cristal de su copa de Chardonnay vibró ligeramente entre sus dedos, un pequeño sismo provocado por la tensión que acababa de estallar frente a su mesa.
Ricardo, sentado frente a ella, parecía haberse transformado en una estatua de sal. Su rostro, siempre bronceado y arrogante, había adquirido un tono cenizo que rozaba lo patético. El sudor empezaba a perlar su frente, resbalando por sus sienes hasta manchar el cuello de su camisa de seda italiana, esa misma que Elena le había regalado por su último aniversario. La joven del vestido rojo no se movía; su respiración era agitada, triunfante, como quien sabe que acaba de soltar una granada en medio de un jardín de rosas.
—¿No vas a decir nada, Elena? —soltó la joven, con una voz que buscaba desesperadamente sonar superior, aunque el temblor en sus labios la delataba—. Te lo estoy diciendo en la cara. Estoy esperando un hijo de tu marido. Un heredero. Ese que tú, con toda tu elegancia y tus millones, no pudiste darle en diez años.
Elena bajó la vista hacia su plato, donde un filete perfectamente sellado permanecía intacto. Sintió una punzada de náuseas, no por la confesión, sino por la vulgaridad de la escena. A su alrededor, los comensales de las mesas vecinas habían dejado de fingir que no escuchaban. Los cubiertos de plata permanecían suspendidos en el aire, y los camareros se habían quedado petrificados, como si el tiempo se hubiera detenido por decreto divino.
—Mírame cuando te hablo —exigió la mujer de rojo, dando un paso más hacia la mesa, haciendo que el taconeo de sus estilettos resonara como disparos en el suelo pulido—. Se acabó el jueguito de la esposa perfecta. Ricardo me lo contó todo. Me contó que ya no te soporta, que está cansado de tu frialdad y de vivir bajo tu sombra. Me prometió que nos iríamos lejos, con el dinero que le corresponde por ley. Porque supongo que sabes que, en un divorcio, la mitad de todo esto es de él, ¿verdad?
Ricardo finalmente reaccionó, pero no para defender a su esposa, ni para negar la infidelidad. Se limitó a estirar la mano para atrapar la manga de la joven, en un gesto desesperado y cobarde.
—Valeria, por favor, aquí no… este no es el lugar —susurró él, con una voz tan pequeña que apenas se distinguía del roce de las cortinas de terciopelo.
—¿Que no es el lugar? —rio ella, una carcajada estridente que rompió la última pizca de decoro en el restaurante—. ¡Este es el lugar perfecto! Que todos vean quién es quién. Que vean a la gran Elena de la Vega siendo reemplazada por alguien joven, alguien que sí tiene vida en las venas. Ya no vas a poder manipularlo con tu cuenta bancaria, porque ahora ese dinero tiene un nuevo dueño: mi hijo.
Elena levantó lentamente la mirada. Sus ojos, de un azul gélido y profundo, no mostraban dolor, ni llanto, ni la humillación que Valeria esperaba encontrar. Había algo más ahí: una mezcla de lástima y una paciencia infinita, la clase de paciencia que tiene un verdugo antes de dejar caer la hoja.
Recordó, por un breve segundo, el día que conoció a Ricardo. Él era un joven ambicioso, un vendedor de seguros con una sonrisa encantadora y una labia capaz de convencer a cualquiera. Ella, la heredera de un imperio textil que su abuelo había levantado desde el barro, vio en él a alguien que podía moldear, alguien que la sacaría de la soledad de sus oficinas. Qué tonta había sido, pensó. Pero el pensamiento no le causó amargura, sino una claridad meridiana.
—Así que… un heredero —dijo Elena, rompiendo por fin su silencio. Su voz era tranquila, aterciopelada, pero con un filo que cortaba el aire—. Un niño que vendrá al mundo con una cuchara de plata en la boca, gracias a la «fortuna» de Ricardo.
Valeria se cruzó de brazos, inflando el pecho.
—Exactamente. Así que mejor ve preparando los papeles del divorcio, porque no nos vamos a conformar con migajas. Ricardo me dijo que él es el director general de la firma, que él ha hecho crecer las acciones y que, por derecho, la mitad del patrimonio le pertenece.
Elena miró a su marido. Ricardo no podía sostenerle la mirada. El hombre que se jactaba de ser un tiburón en los negocios estaba ahora encogido en su silla, pareciendo un niño pequeño que ha sido atrapado haciendo una travesura imperdonable.
—¿Eso le dijiste, Ricardo? —preguntó Elena, con una curiosidad casi científica—. ¿Le contaste que eras el dueño de mi vida y de mis bienes? Es fascinante cómo la imaginación humana no tiene límites cuando se trata de impresionar a una mujer joven.
—Elena, cálmate, hablemos en casa… —balbuceó él, tratando de ponerse de pie.
—No, no nos vamos a ninguna parte —sentenció ella, y con un simple gesto de su mano, un movimiento casi imperceptible, hizo que los dos guardias de seguridad que siempre la seguían discretamente se acercaran a la entrada del reservado—. Valeria, te ves hermosa de rojo. Es un color que denota pasión, pero también peligro. Y me temo que el peligro en el que te has metido es mucho mayor de lo que tu mente puede procesar en este momento.
La joven de rojo frunció el ceño, confundida por la falta de histeria de la esposa. Esperaba gritos, esperaba que le tiraran el vino a la cara, esperaba ser la víctima en una escena de telenovela. Pero Elena solo sonreía, una sonrisa pequeña y enigmática que empezó a sembrar una semilla de duda en el estómago de la amante.
Sigue leyendo la continuación tocando el botón de abajo 👇





Great content! Keep up the good work!