El peso de la lealtad: Lo que el dinero no pudo comprar

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El aire acondicionado de la oficina de Don Aurelio zumbaba con un tono monótono, casi hipnótico, pero no lograba disipar el calor sofocante que Mateo sentía en el pecho. El aroma a cuero caro y tabaco fino, que usualmente le resultaba inspirador, hoy se le antojaba asfixiante. Don Aurelio permanecía en silencio, sus dedos entrelazados sobre el escritorio de caoba maciza, observando al joven que tenía enfrente como si fuera un bicho raro bajo un microscopio. El tic-tac del reloj de pared parecía marcar los latidos acelerados del corazón de Mateo.

—Siéntate, Mateo —dijo finalmente Don Aurelio, con una voz que era como el crujir de hojas secas—. No me gusta que la gente esté de pie cuando me miente.

Mateo no se sentó. Sus manos, hundidas en los bolsillos de su pantalón de vestir, estaban empapadas de sudor. Sabía que las cámaras de seguridad o algún informante envidioso le habían llevado el chisme al «Viejo», como todos llamaban con respeto y temor al dueño de la constructora. Lo habían visto en la cafetería del centro, esa que está detrás de los juzgados, sentado a la mesa con los hermanos Valenzuela, los peores enemigos comerciales de Don Aurelio.

—No le estoy mintiendo, señor —respondió Mateo, intentando que su voz no temblara—. Fui a esa reunión, es cierto. Pero no fue por lo que usted cree.

Don Aurelio se inclinó hacia adelante, la luz de la lámpara de escritorio acentuando las arrugas de su rostro curtido por décadas de batallas en el mundo de los negocios. Sus ojos, pequeños y astutos, no se apartaban de los de Mateo.

—¿Ah, no? ¿Y por qué fue entonces? —preguntó con una calma que daba más miedo que un grito—. Me dicen que te entregaron un sobre. Un sobre bastante abultado. Me dicen que te reías con ellos. Que estrechaste la mano de los hombres que han intentado hundir esta empresa por diez años.

Mateo cerró los ojos un segundo, recordando la escena. Los Valenzuela eran tipos babosos, de esos que usan lociones baratas y relojes de oro falsos, pero que tienen cuentas bancarias reales y muy peligrosas. Lo habían contactado por una «oportunidad de consultoría externa», pero en cuanto se sentó, las cartas se pusieron sobre la mesa. No querían su talento; querían los planos originales del proyecto del puerto.

—Me ofrecieron cincuenta mil dólares, Don Aurelio —soltó Mateo de golpe, dejando que la cifra flotara en el aire—. En efectivo. En ese sobre que sus informantes vieron. Me dijeron que con eso podía dejar de ser un «mandadero» y empezar mi propia firma. Que usted solo me estaba usando para que hiciera el trabajo sucio mientras usted se llevaba la gloria.

Don Aurelio soltó una carcajada seca, carente de humor. Se puso de pie lentamente, rodeando el escritorio con la elegancia de un depredador que no tiene prisa por atrapar a su presa.

—Cincuenta mil dólares es mucha plata para un muchacho que todavía vive en un apartamento de dos cuartos en un barrio popular —dijo el jefe, deteniéndose a pocos centímetros de Mateo—. Es más de lo que ganas en dos años. ¿Y me vas a decir que te negaste por amor a la camiseta? No me veas la cara de tonto, muchacho. En este mundo, todos tienen un precio.

Mateo sintió una punzada de indignación. Él respetaba a Don Aurelio, lo veía como al padre que nunca tuvo, pero ese comentario le dolió en el alma. Recordó su infancia, a su madre lavando ropa ajena para que él pudiera ir a la universidad con zapatos sin agujeros. El honor no era algo que se vendiera por unos fajos de billetes, por muy verdes que fueran.

—Los escuché, sí —continuó Mateo, manteniendo la mirada—. Los escuché porque quería saber hasta dónde eran capaces de llegar. Quería saber cuáles eran sus puntos débiles y qué era exactamente lo que estaban buscando de nosotros. Si les hubiera dicho que no desde el primer segundo, se habrían ido a buscar a otro, quizás a alguien que sí aceptara el dinero. Me quedé para protegerlo a usted.

Don Aurelio se detuvo, estudiando la expresión del joven. El silencio volvió a reinar en la oficina, interrumpido solo por el lejano tráfico de la ciudad. El jefe metió la mano en el bolsillo de su saco y sacó un puro, cortando el extremo con una guillotina de plata.

—Las palabras se las lleva el viento, Mateo —murmuró mientras encendía el puro—. La lealtad es un concepto muy bonito en las novelas, pero en la vida real, lo que manda es el beneficio. Me estás diciendo que tuviste una fortuna en tus manos y que la rechazaste por… ¿por qué? ¿Por ética? ¿Por gratitud?

—Porque mi palabra vale más que todo el oro de los Valenzuela —respondió Mateo con firmeza—. Y porque yo sé quiénes son ellos. Son los mismos que dejaron a trescientas familias sin trabajo cuando quebraron la textilera hace cinco años. Yo no trabajo para gente así.

Don Aurelio exhaló una nube de humo gris que se dispersó lentamente. Sus ojos se entrecerraron.

—Si es verdad lo que dices, ¿dónde está ese sobre? —preguntó con voz gélida—. Porque mis fuentes dicen que te fuiste con él bajo el brazo. Si realmente eres tan leal como dices, ese dinero no debería estar en tu poder. Deberías habérmelo contado en el mismo momento en que saliste de esa cafetería. Pero pasaron tres horas, Mateo. Tres horas en las que podrías haber estado planeando cómo gastarlo.

Mateo sintió que el suelo se abría bajo sus pies. No esperaba que el jefe supiera tanto detalle sobre el tiempo transcurrido. La presión era insoportable. Sabía que cualquier movimiento en falso, cualquier duda en su voz, lo condenaría no solo a perder su empleo, sino su reputación en toda la industria.

—El dinero está en un lugar seguro —dijo Mateo, bajando la voz—. No lo traje aquí porque no quería que nadie en la oficina sospechara. Los Valenzuela tienen ojos en todas partes, incluso aquí adentro, Don Aurelio.

El jefe se detuvo en seco. La mención de un posible traidor dentro de sus propias filas hizo que su expresión cambiara de la duda a la paranoia absoluta. Esa era la carta que Mateo necesitaba jugar, pero también era la más peligrosa.

—¿Me estás diciendo que tengo un topo? —rugió Don Aurelio, golpeando el escritorio—. ¡Dime quién es! ¡Ahora mismo!

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