Continuamos con la historia donde la dejamos, el rastro de la traición está a punto de salir a la luz…
El auto de Julián se detuvo frente a un edificio de apartamentos de lujo en la zona más exclusiva de la ciudad.
Elena bajó del vehículo con el corazón acelerado. Pensaba que Julián finalmente le pediría que se fuera a vivir con él, que ese era el nido de amor que tanto habían soñado.
—Es aquí —dijo Julián, guiándola hacia el ascensor—. Conseguí la llave de este penthouse para que pasemos una noche inolvidable.
Elena no preguntaba de dónde sacaba Julián el dinero para esas cosas. En su ceguera emocional, prefería creer que su amante era un hombre exitoso y no el vividor que todos los demás veían.
Mientras tanto, en la casa de Ricardo, el caos controlado se había desatado.
Tres camiones de mudanza estaban estacionados en la entrada. Seis hombres corpulentos entraban y salían con cajas, maletas y muebles.
Ricardo supervisaba todo con una calma aterradora. No permitía que tocaran nada que no fuera propiedad de Elena.
Sus zapatos de diseñador, sus bolsos de marca, su ropa de seda, sus perfumes importados… todo iba directo a las cajas.
—Señor, ¿qué hacemos con las joyas que están en la caja fuerte? —preguntó uno de los operarios.
—Pónganlas en esta caja pequeña —respondió Ricardo, sacando un joyero de terciopelo—. Pero dejen fuera el anillo de compromiso y la alianza de bodas. Eso no le pertenece, fue un contrato que ella rompió.
Ricardo tomó el anillo de diamantes que le había costado una fortuna hace una década. Lo miró por un segundo, recordando la noche en que se lo puso en el dedo en una playa de Cancún.
Lo dejó caer en un cenicero de cristal sin una pizca de remordimiento. El cristal se había roto, y él no pensaba recoger los pedazos.
De vuelta en el penthouse, Elena entró a la sala principal. Estaba oscuras, iluminada solo por la luz de la ciudad que entraba por los enormes ventanales.
—¿Julián? ¿Por qué está tan oscuro? —preguntó ella, sintiendo un leve escalofrío.
De pronto, las luces se encendieron de golpe. Pero no fue Julián quien presionó el interruptor.
En el centro de la sala, sentado en un sillón de cuero, estaba un hombre de traje gris. No era Ricardo. Era un abogado que Elena reconoció de inmediato: el doctor Valenzuela, el representante legal de las empresas de su esposo.
—Buenas noches, señora Elena —dijo el abogado con una cortesía gélida—. Qué bueno que llega. Tenemos mucho de qué hablar.
Elena retrocedió, buscando a Julián, pero su amante se había quedado petrificado en la puerta, con el rostro pálido y la mirada clavada en el suelo.
—¿Qué significa esto? —gritó Elena—. ¿Qué haces tú aquí, Valenzuela? ¿Y dónde está Ricardo?
—Mi cliente, el señor Ricardo, se encuentra en este momento terminando de desalojar sus pertenencias de la propiedad conyugal —explicó el abogado, extendiendo un fajo de documentos sobre la mesa de centro—. Él sabía que usted vendría aquí. De hecho, él es el dueño de este apartamento. Julián solo fue el encargado de traerla.
Elena sintió que el piso desaparecía bajo sus pies. Miró a Julián, esperando una explicación, una defensa, algo.
—¿Julián? —balbuceó ella.
El joven instructor no levantó la vista.
—Lo siento, Elena —dijo él con voz temblorosa—. Ricardo me atrapó hace un mes. Me ofreció dos opciones: o me entregaba a la policía por el fraude que cometí con las tarjetas de crédito que tú me diste, o me ayudaba a ponerte esta trampa.
El mundo de Elena se derrumbó en un instante. El hombre por el que había arriesgado su matrimonio, el hombre al que le había dado el dinero de las «medicinas» de su madre, la había vendido para salvar su propio pellejo.
—¡Eres un maldito cobarde! —le gritó Elena, lanzándole su bolso a la cara.
—Señora, le sugiero que guarde la compostura —intervino el abogado Valenzuela—. Tenemos pruebas de audio y video de su confesión en el restaurante. Usted admitió haber estafado al señor Ricardo con el dinero para una supuesta enfermedad de su madre.
—¡Fue una mentira piadosa! —chilló ella—. ¡Él tiene millones, ese dinero no le hace falta!
—No es el dinero, señora. Es el fraude procesal y la estafa agravada. Además, su madre… —el abogado hizo una pausa dramática—. El señor Ricardo envió a un equipo médico real a casa de su madre esta noche. Doña Martha está perfectamente de salud, pero se llevó un susto terrible al enterarse de que usted andaba pidiendo dinero para su «agonía».
Elena se dejó caer en un sofá, tapándose la cara con las manos. El plan «perfecto» se había convertido en una jaula de acero.
—¿Qué quieren de mí? —preguntó sollozando.
—Ricardo es un hombre generoso —dijo el abogado con una sonrisa irónica—. Él no quiere verla en la cárcel, aunque podría. Solo quiere que firme estos documentos de divorcio de mutuo acuerdo. En ellos, usted renuncia a cualquier tipo de pensión alimenticia, a la partición de bienes y a cualquier reclamo sobre las propiedades del señor.
—¡No voy a firmar nada! —gritó Elena—. ¡Tengo derechos! ¡Llevamos diez años casados!
El abogado suspiró y sacó una tableta electrónica. Reprodujo un video. Era Elena en el restaurante, riéndose de Ricardo, llamándolo «pobre tonto» y besando apasionadamente a Julián mientras sostenía el sobre con el dinero de las medicinas.
—Si no firma, este video y otros más serán presentados mañana mismo en el juzgado. No solo perderá el juicio de divorcio, sino que enfrentará cargos criminales por estafa. Y dudo mucho que su «amante» quiera testificar a su favor, considerando que él ya firmó un acuerdo de colaboración con nosotros.
Elena miró a Julián. El joven ya se estaba escabullendo hacia la puerta sin siquiera mirarla.
—Julián… por favor… —suplicó ella.
Él se detuvo un momento, puso la mano en el pomo de la puerta y dijo:
—La plata se acabó, Elena. Y sin plata, ya no eres tan divertida.
El portazo retumbó en el penthouse vacío. Elena estaba sola con el abogado y la ruina de su propia creación.
—Tiene cinco minutos para firmar, señora Elena —dijo Valenzuela, entregándole un bolígrafo—. Afuera la espera un taxi. Sus maletas ya están en el garaje de la casa de su madre. Ricardo cambió todas las cerraduras de la mansión hace media hora.
Elena tomó el bolígrafo con manos temblorosas. El peso de su traición era ahora una montaña que la aplastaba.
Pero lo peor no era el dinero, ni el apartamento, ni el amante traidor. Lo peor era que Ricardo, el hombre que ella despreciaba por ser «predecible», le había dado la lección más dolorosa de su vida.
Descubre el desenlace final tocando el botón siguiente 👇




