El billete falso que les cambió la vida a las niñas ricas en el desierto

La escena quedó en suspenso y tú no ibas a quedarte sin conocer el desenlace. Aquí sigue.
«¿En serio creyeron que iba a dejar pasar esto?», pensó doña Carmen mientras sus dedos callosos acariciaban el papel del billete. Ya no era ternura lo que se reflejaba en sus ojos cansados. Ahora era un fuego frío, de esos que queman despacio, de esos que solo encienden las personas que han aprendido a sobrevivir a base de golpes.
El convertible rojo ya era una mancha diminuta en la carretera recta que se perdía en el horizonte polvoriento. Pero a doña Carmen no le importaba. Al contrario. Casi podía saborear el momento en que esas dos niñas bien se toparan con la realidad.
Se quitó el delantal azul de la gasolinera, lo dobló con una calma que delataba años de paciencia acumulada, y caminó hacia el pequeño cuarto trasero donde guardaba sus cosas. Del bolsillo de su pantalón sacó un teléfono viejo, de esos con teclas grandes, y marcó un número sin dudar.
—¿Ramiro? Habla doña Carmen, la de la gasolinera del kilómetro 90. Sí, esa misma. Necesito un favor, pero de los grandes.
Mientras tanto, en el convertible, las risas aún no terminaban de apagarse.
—¡Ay, hermana, pero si hasta me dio pena contigo! —dijo Valeria, la conductora, mientras se pasaba la mano por su melena rubia perfectamente planchada—. La vieja parecía que le iba a dar un infarto de la emoción.
Su hermana Sofía, sentada en el asiento del copiloto con las piernas cruzadas sobre el tablero, no podía contener las carcajadas.
—»Con esta platita como toda la semana» —remedó con una voz aguda y exagerada—. Pobre señora, todavía debe estar rezando para que le caigan más angelitos como nosotras.
La música sonaba a todo volumen, los lentes de sol eran más caros que el sueldo mensual de la trabajadora, y sus vestidos de diseñador contrastaban grotescamente con la tierra árida que rodeaba la carretera.
—¿Sabes qué es lo mejor? —continuó Sofía, bajando un poco el volumen—. Que mi papá dice que la vida te devuelve lo que das. Pues entonces nos va a ir de maravilla, porque lo único que damos son billetes falsos.
Y volvieron a reír.
Lo que ellas no sabían —y cómo iban a saberlo, con la vida que llevaban— era que doña Carmen no era una simple empleada de gasolinera. Era, en realidad, la dueña del terreno donde estaba construida la estación. Cada ladrillo de ese lugar que olía a gasolina y a sol caliente le pertenecía.
Pero eso no era todo.
El terreno había sido comprado con el dinero de una herencia que doña Carmen recibió hace veinte años. Una herencia de su difunto esposo, un hombre que le enseñó que en la vida hay dos tipos de personas: las que trabajan honradamente y las que creen que pueden vivir del engaño.
Y doña Carmen también le había aprendido otra cosa: cómo pagar una ofensa como Dios manda.
La gasolinera que escondía una verdad
Ramiro llegó veinte minutos después, levantando una nube de polvo con su camioneta blanca y destartalada. Era un hombre grande, de brazos gruesos y cara curtida por el sol, con una cicatriz que le cruzaba la ceja izquierda. Su fiel sombrero tejano parecía no quitarse nunca.
—Usted dirá, doña Carmen —dijo mientras bajaba del vehículo, estirándose el cinturón—. En el mensaje dijo que era urgente.
Ella, sin decir una palabra, le extendió el billete de quinientos pesos. Ramiro lo tomó, lo miró a contraluz, lo olfateó incluso, y dejó escapar un silbido largo.
—¿Y qué quiere que haga con esto?
—Quiero que me encuentre a las dueñas de esa lana —respondió doña Carmen con una calma que no presagiaba nada bueno—. Y cuando las encuentre, quiero que les entregue un recado de mi parte.
Ramiro la miró, entendiendo perfectamente lo que implicaba esa orden. Había visto esa mirada en doña Carmen antes, hacía años, y sabía que cuando esa mujer hablaba con ese tono, el mundo se movía.
—¿Sabe que el convertible rojo es más fácil de rastrear que un borracho en un pueblo chico? —dijo con una media sonrisa—. Por aquí, cualquier auto de lujo levanta sospechas. Los míos, los míos solo se ven una vez por semana.
Doña Carmen asintió y se guardó el billete en el bolsillo del pantalón.
—Que no se note el rastreo. Solo quiero que sepan que aquí no se juega.
—
¿Qué crees que les espera a las hermanas? La venganza de doña Carmen apenas está comenzando…
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