El billete falso que les cambió la vida a las niñas ricas en el desierto

Seguimos exactamente donde quedó la escena: doña Carmen acaba de dar la orden, y la tormenta se está gestando en el horizonte.
—¿Cuánto tiempo necesitas? —preguntó doña Carmen, tomando asiento en una de las sillas de plástico que estaban fuera de la pequeña oficina.
—Con que me digas por dónde agarraron, en un día les tengo localizadas. No son precisamente discretas —respondió Ramiro, encendiendo un cigarro—. Por aquí todos los caminos llevan a los mismos pueblos. Y los pueblos chicos tienen muchas bocas.
Doña Carmen señaló la carretera con un movimiento de barbilla.
—Salieron rumbo al norte, hacia la ciudad. Pero no creo que lleguen muy lejos con ese tanque lleno. El billete falso no les va a pagar el próximo viaje.
Ramiro exhaló el humo lentamente, como midiendo las palabras.
—¿Y si le hicieron esto a alguien más? Digo, son de las que tienen práctica, ¿no?
—Por eso mismo quiero que me las encuentres. No soy la primera a la que le hacen esto, pero sí seré la última. Esas niñas tienen que aprender que en la vida hay consecuencias.
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### La llegada a la ciudad
El convertible rojo atravesó el letrero de «Bienvenidos a San Miguel» con la música a todo volumen. Valeria estacionó frente a la tienda departamental más exclusiva del centro, y ambas bajaron con una actitud que rayaba en la arrogancia.
—Necesito un café helado antes de que me dé calor de verdad —dijo Sofía, mientras ambas caminaban hacia la cafetería contigua.
Lo que ellas no sabían era que la tarde anterior, un hombre con camisa beige y botas de trabajo había estado haciendo preguntas por todo el pueblo. Tenía una foto impresa de un convertible rojo, y preguntaba por las dos jóvenes que lo conducían.
—Dos chicas, una de cabello rubio y otra castaño, muy guapas pero con cara de pocos amigos —describía Ramiro a los empleados de las tiendas—. Me deben un dinero y no logro localizarlas.
No tuvo que preguntar mucho. Valeria y Sofía eran conocidas, y no precisamente por buenas razones. En el pueblo ya se rumoreaba que eran las hijas de un empresario famoso, una familia de dinero viejo que había hecho su fortuna a base de conexiones y algún que otro favor oscuro.
Pero los rumores llegaban más lejos. Algunos decían que las hermanas ya habían estafado a otros comerciantes pequeños: a un taquero al que le pagaron con un billete falso de doscientos, a una vendedora de fruta que todavía no sabía que se quedó con un ejemplar apócrifo, y a un mesero de un restaurante caro al que le tocó pagar de su bolsillo el billete de quinientos.
La racha criminal, aunque «menor», ya había sido suficiente para levantar sospecha en la comunidad. Pero las niñas bien no regresaban al pueblo desde hacía meses, y su suerte parecía infinita.
Hasta que se toparon con doña Carmen.
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### La trampa
Esa misma noche, Valeria y Sofía salieron de un antro exclusivo en la zona turística, con un tono de voz demasiado alto y una risa demasiado escandalosa. Estaban, como siempre, viviendo de prestado: de la tarjeta del papá, de la buena voluntad de la gente que las rodeaba y de su desprecio absoluto por las reglas.
—¿Sabes qué he pensado? —dijo Sofía, tambaleándose ligeramente mientras caminaban hacia el auto—. Deberíamos volver a esa gasolinera la próxima semana. La señora esa debe seguir celebrando con su billete falso.
Valeria soltó una carcajada que rebotó en las fachadas coloniales.
—¡Ay, sí! Hasta me dan ganas de decirle la verdad a la cara, pero no quiero que llore. Las viejas lloran bien feo.
Se subieron al auto, sin percatarse de que una camioneta blanca las observaba desde una esquina discreta, con las luces apagadas y el motor en ralentí.
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### El inicio del fin
Dos días después, doña Carmen recibió una llamada.
—Las tengo —dijo Ramiro, y se podía escuchar su satisfacción a través del teléfono—. Se están quedando en el hotel de la avenida principal, el que tiene estacionamiento techado. Saliendo, toman la carretera al sur para ir a la capital. Van a pasar por la gasolinera, tarde o temprano.
Doña Carmen se quedó en silencio un momento, digiriendo la información.
—¿Y? —preguntó Ramiro—. ¿Qué sigue?
—Que las dejes venir —respondió ella—. Aquí es donde la historia se va a resolver.
Colgó y miró el billete falso que estaba sobre la mesa de la oficina. Ahora, en la penumbra de la noche, parecía brillar con una luz propia. Un billete de quinientos pesos que no valía nada, pero que podía cambiarlo todo.
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### La carretera y el encuentro
El lunes siguiente, como las manecillas de un reloj que se mueve hacia el destino inevitable, el convertible rojo apareció en la carretera que llevaba hacia el sur.
Valeria conducía con una mano, mientras que con la otra sostenía su teléfono, inconsciente del terreno que se acercaba.
—Deberíamos parar en esa gasolinera otra vez —dijo Sofía de repente—. Nos dejan ver, nos recargan las pilas y, quien quita, otra vez nos llevamos algo gratis.
—¿Otra vez? No, hermana. Mejor ni nos detenemos. Ya la vieja esa conoce nuestro billete. No va a caer dos veces.
—Pero la próxima vez no le vamos a dar el mismo billete. Tenemos varios de Mil dólares esperándonos en el hotel. Nos darán de sobra para el resto del mes.
La conversación se movía con una liviandad que parecía ignorar el peso de lo que estaban haciendo. La estafa se había convertido en un juego, una competencia para ver quién era más lista, más audaz. Nunca consideraron el daño real, el esfuerzo de la gente común, la plata que llegaba después de noches de mal sueño y madrugadas de trabajo.
Mientras se acercaban a la gasolinera, Sofía bajó el volumen de la música, no por precaución sino por el paisaje. En la lejanía, una silueta se dibujaba bajo el toldo blanco y azul: la figura de doña Carmen, de pie, esperando con los brazos cruzados.
—Qué casualidad —murmuró Valeria, con una sonrisa que se borró lentamente—. Parece que nos está esperando.
—¿Qué? —Sofía se incorporó, quitando los pies del tablero—. Quieres decir que…
No les dio tiempo.
El convertible disminuyó la velocidad conforme se aproximaba a la gasolinera, pero lo que vieron en la entrada les cortó la respiración: una camioneta blanca, la misma que las había seguido durante la noche, estaba estacionada justo en medio del camino, bloqueando el paso.
Y detrás, dos hombres de uniforme, con la placa brillando en la luz del mediodía, esperaban con los brazos cruzados y una calma que no presagiaba nada bueno.
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