Historias conmovedoras que Tocan el Alma
Historias Millonarias

El brillo de la seda no oculta la pobreza del alma

Estás en la parte 2: la historia continúa…

Elena caminó hacia el pequeño probador del personal para recoger sus pertenencias personales. Mientras lo hacía, Regina seguía regodeándose en su victoria, comentando en voz alta con Don Ricardo sobre la «falta de clase» de la juventud actual.

—Es que ya no hay respeto, Ricardo —decía Regina, mientras examinaba un vestido de seda color esmeralda—. Creen que por leer un par de libros ya están a nuestro nivel. Deberías tener más cuidado a quién contratas. Gente de buena familia, eso es lo que necesita «L’Éclat».

Elena salió del probador. Ya no llevaba la chaqueta del uniforme, sino una gabardina sencilla pero de corte impecable que había dejado colgada al entrar. Se acercó nuevamente al mostrador, pero esta vez no se detuvo detrás de él, sino frente a Regina.

—Antes de irme, señora Regina, quiero que sepa algo —dijo Elena, manteniendo esa calma que empezaba a poner nerviosa a la otra mujer—. Usted habla mucho de niveles y de familias. Pero el apellido que tanto presume, el de su esposo, el señor Alberto Valenzuela… es un apellido que conozco muy bien.

Regina frunció el ceño, su expresión de triunfo vaciló por un segundo.

—¿Y qué podrías saber tú de mi esposo? —escupió con desdén—. Seguramente lo viste en las revistas de finanzas mientras soñabas con una vida que nunca tendrás.

—En realidad —continuó Elena, sacando su teléfono personal y deslizando el dedo por la pantalla—, lo conozco porque mi padre fue quien le otorgó el préstamo inicial para que su constructora no se fuera a la quiebra hace diez años. Y lo conozco porque, según los registros que revisé anoche en la oficina de mi familia, su esposo lleva tres meses de retraso en los pagos de la hipoteca de la mansión donde usted vive.

El rostro de Regina pasó de un rojo de ira a un blanco fantasmal en cuestión de segundos. Las otras clientas, que hasta ese momento habían estado fingiendo desinterés, se acercaron disimuladamente, con los oídos atentos al chisme que prometía ser el escándalo de la temporada.

—¿De qué tonterías estás hablando? —gritó Regina, aunque su voz tembló ligeramente—. ¡Mi esposo es un hombre exitoso! ¡Eres una mentirosa muerta de hambre!

—Mi nombre completo es Elena Montemayor —dijo la joven, y el nombre resonó en la boutique como un trueno.

Don Ricardo se tambaleó y tuvo que sostenerse del mostrador. El apellido Montemayor no era solo un nombre en esa ciudad; era el nombre de los fundadores del holding que era dueño, entre muchas otras cosas, del centro comercial donde se encontraba la boutique y, por extensión, de la franquicia misma de «L’Éclat».

—¿Montemayor? —susurró Don Ricardo, con el sudor frío perlándole la frente—. ¿La hija de Don Augusto Montemayor?

—La misma —respondió Elena, sin un ápice de arrogancia, solo con una fría determinación—. Vine a trabajar aquí de incógnito porque mi padre quería que entendiera el negocio desde la base antes de asumir la dirección general del grupo el próximo mes. Quería ver cómo se trataba a los empleados, cómo funcionaba el servicio al cliente cuando no sabían que el dueño estaba mirando.

Regina estaba petrificada. Sus manos, que antes sostenían el bolso con fuerza, ahora temblaban visiblemente. El mundo de castillos de naipes que había construido sobre la base de la humillación ajena se estaba desmoronando.

—Elena… señorita Montemayor… yo no sabía… —balbuceó Don Ricardo, tratando de acercarse con un gesto servil que ahora resultaba patético—. Si me hubiera dicho, yo jamás…

—Ese es el problema, Ricardo —lo interrumpió Elena—. El respeto no debería depender de un apellido. Deberías haber defendido a «Elena la vendedora» tanto como ahora intentas complacer a «Elena Montemayor». Has demostrado que no tienes la integridad necesaria para dirigir este lugar.

Regina, intentando recuperar un poco de su dignidad perdida, soltó una risa nerviosa.

—Bueno, esto es un malentendido —dijo, forzando una sonrisa que parecía más una mueca de dolor—. Un pequeño juego de roles. Todas nos ponemos un poco tensas de compras, ¿verdad, chicas? Elena, querida, acepta mis disculpas. Mañana mismo enviaré un regalo a tu oficina…

—No se moleste, señora Regina —dijo Elena, mirándola con una mezcla de lástima y firmeza—. No habrá «mañana» para sus compras en esta boutique. Ni en ninguna otra tienda de este centro comercial.

Regina se quedó sin habla.

—¿Qué quieres decir? —preguntó con voz débil.

—Quiero decir que, como futura directora del grupo, tengo la facultad de revocar el derecho de admisión de cualquier cliente que maltrate al personal. Y en cuanto a la situación financiera de su esposo… mi padre es un hombre de negocios, pero también es un hombre de principios. Él siempre dice que la arrogancia es el primer paso hacia la ruina.

En ese momento, la puerta de la boutique se abrió y un hombre de mediana edad, vestido con un traje que se veía arrugado y cansado, entró apresuradamente. Era Alberto, el esposo de Regina. Su rostro reflejaba una angustia profunda.

—¡Regina! ¡Te he estado llamando! —exclamó él, sin notar la tensión en el ambiente—. Han bloqueado las tarjetas. Todas. El banco dice que hay una orden de embargo preventivo por los pagarés de Montemayor. ¡Tenemos que irnos ahora mismo a hablar con sus abogados!

El silencio que siguió fue absoluto. Regina miró a su esposo, luego a Elena, y finalmente a las monedas que seguían en el suelo. Aquellos centavos que ella había lanzado con tanto desprecio eran ahora el símbolo de su propia caída.

—Señora Regina —dijo Elena, señalando el suelo—, creo que debería recoger sus monedas. Me temo que, a partir de hoy, cada centavo le va a hacer mucha falta.

Las amigas de Regina, que antes la seguían como sombras fieles, comenzaron a alejarse, cuchicheando entre ellas y lanzándole miradas de reproche. En la alta sociedad, la caída en desgracia es una enfermedad contagiosa, y nadie quería estar cerca de la «paciente cero».

Regina sintió que el suelo se abría bajo sus pies. La humillación que había intentado infligir a Elena se le devolvía multiplicada por mil, frente a las personas que más le importaba impresionar.

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