Estás en la parte 2: la historia continúa y la tensión alcanza su punto máximo…
El silencio que siguió a las palabras de la mujer fue tan profundo que se podía escuchar el segundero de un reloj de pared al otro lado del salón. Don Ricardo, el hombre que manejaba los hilos de la concesionaria más prestigiosa de la ciudad, dio un paso al frente. Su mano temblaba ligeramente al extender la carpeta de cuero.
—Señor… —empezó a decir Ricardo, pero su voz se quebró—. Señor, no sabía que… no esperaba que llegara hoy, y mucho menos así, sin previo aviso.
La mujer de los diamantes soltó una carcajada estridente, sin captar la atmósfera de terror que emanaba del gerente.
—¿Señor? Don Ricardo, no me diga que este tipo es algún pariente lejano suyo al que le está dando caridad. ¡Mírelo! Parece que acaba de salir de una obra de construcción. ¡Dígale que se vaya de una vez! Mi esposo está por llegar y no quiero que vea este espectáculo.
Don Ricardo finalmente giró la cabeza hacia la mujer. Su mirada no era de complicidad, sino de una furia gélida mezclada con una lástima absoluta.
—Cállese, señora Beatriz —dijo Ricardo con una voz que cortaba como un cuchillo—. Por el amor de Dios, cállese ahora mismo si tiene un poco de inteligencia.
La mujer retrocedió un paso, parpadeando confundida. Sus joyas parecieron perder brillo en un segundo. Los vendedores, que antes sonreían, empezaron a enderezar la espalda, sintiendo que el suelo bajo sus pies se volvía inestable.
Mateo, que hasta ese momento no había dicho nada, extendió la mano y tomó la carpeta que Ricardo le ofrecía. La abrió con parsimonia, revisando unos documentos que tenían sellos oficiales y firmas notariales. Mientras leía, el silencio en la agencia se volvió insoportable.
—Veo que los papeles de la transferencia del grupo empresarial están en orden, Ricardo —dijo Mateo con una naturalidad que heló la sangre de todos—. Aunque noto que el inventario de este mes tiene algunas inconsistencias en los márgenes de comisión. Tendremos que revisar eso más tarde.
—Por supuesto, señor Dueñas —respondió el gerente, bajando la cabeza en una señal de respeto que nadie en esa agencia había recibido jamás—. Estamos a su entera disposición. Lo que usted ordene.
¿Dueñas? ¿Señor Dueñas? El nombre resonó en la mente de la mujer como una sentencia de muerte social. Mateo Dueñas era el nombre del joven heredero que acababa de comprar el consorcio automotriz más grande del país. Se decía que era un genio de las finanzas, un hombre que prefería el anonimato y que solía visitar sus nuevas adquisiciones de incógnito para evaluar el servicio real, lejos de las alfombras rojas y los flashes de las cámaras.
Beatriz sintió que las piernas le flaqueaban. El bolso de marca que sostenía cayó al suelo con un golpe sordo. Sus diamantes, esos que ella aseguraba valían más que la familia de Mateo, ahora se sentían como piedras pesadas y vulgares colgando de su cuello.
—¿Usted… usted es el nuevo dueño? —susurró ella, con la voz apenas audible. Su rostro, antes arrogante, era ahora una máscara de humillación y pánico.
Mateo cerró la carpeta y miró a la mujer. No había odio en sus ojos, lo cual era casi peor. Había una decepción profunda, la mirada de alguien que ha visto lo más feo de la naturaleza humana demasiadas veces.
—Usted dijo hace un momento que este auto vale más que mi familia entera —dijo Mateo, acercándose un paso a ella—. Permítame corregirla. Mi padre fue el hombre que me enseñó que el valor de una persona reside en su palabra y en cómo trata a quienes no pueden darle nada a cambio. Él murió trabajando en una fábrica, con las manos llenas de grasa, para que yo pudiera estudiar. Ese hombre, señora, valía más que toda esta agencia y que cada diamante que usted lleva puesto.
La mujer intentó balbucear una disculpa, pero las palabras se le atoraban en la garganta. Miró a los vendedores, buscando apoyo, pero ellos estaban ocupados mirando sus propios zapatos, temiendo por sus empleos.
—Ricardo —llamó Mateo sin apartar la vista de Beatriz—. ¿Esta señora es cliente habitual?
—Su esposo es un comprador frecuente, señor —respondió el gerente con voz temblorosa—. Están aquí para recoger ese modelo especial que ella estaba… bueno, que ella estaba «protegiendo» de usted.
Mateo asintió lentamente. Caminó alrededor del auto, el mismo que ella le había prohibido tocar. Con un gesto suave, pasó la mano por el capó, dejando una huella casi imperceptible en la pintura perfecta.
—Es un buen auto —comentó Mateo—. Pero no es para ella. Cancela la venta, Ricardo. Devuélveles el depósito íntegro. No quiero que alguien con esa mentalidad represente la imagen de nuestra marca en las calles. No vendemos máquinas a personas que no tienen humanidad.
—¡Pero no puede hacer eso! —chilló Beatriz, recuperando un poco de su veneno por la desesperación—. ¡Mi esposo es un hombre muy influyente! ¡Esto es una discriminación!
—No es discriminación, señora. Es una selección de calidad —respondió Mateo con calma—. Y sobre su esposo… —Mateo hizo una pausa mientras sacaba su teléfono—. Casualmente, su empresa de logística depende de los contratos de transporte de mi holding. Creo que después de hoy, tendremos que evaluar si su ética familiar coincide con nuestros estándares corporativos.
Beatriz se tambaleó. En un solo movimiento de soberbia, no solo había perdido el auto de sus sueños, sino que acababa de poner en jaque el patrimonio de su familia. El mundo que ella había construido sobre la base de menospreciar a los demás se estaba desmoronando como un castillo de naipes.
En ese momento, la puerta de la agencia se abrió nuevamente. Un hombre de mediana edad, vestido con un traje costoso pero con cara de preocupación, entró apresurado. Era el esposo de Beatriz. Al ver la escena —su esposa pálida, el gerente humillado y un joven sencillo sosteniendo la carpeta de propiedad—, se le detuvo el corazón. Él sí sabía quién era Mateo Dueñas. Lo había visto en la portada de las revistas de negocios más importantes.
—¿Qué has hecho, Beatriz? —preguntó el hombre, con una voz cargada de terror.
Ella no pudo responder. Solo pudo señalar a Mateo con un dedo tembloroso, mientras las lágrimas de frustración empezaban a arruinar su costoso maquillaje.
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