Esa parte que te dejó con el corazón en la mano tiene una continuación, y empieza justo ahora.
«—Si te rompes la espalda, no quiero que llores después, flaquito —soltó Roco con una risa ronca que retumbó en las paredes de concreto del gimnasio.»
Leo no dijo nada.
Simplemente se quedó ahí, parado frente a la jaula de potencia, con sus brazos delgados asomando por una camiseta que le quedaba un poco grande.
A su alrededor, el aire olía a una mezcla pesada de hierro, sudor antiguo y ese perfume barato que los «gigantes» del lugar usaban para marcar territorio.
Roco y su fiel sombra, un tipo al que todos llamaban «El Tanque», se cruzaron de brazos. Sus bíceps eran casi tan anchos como la cabeza de Leo.
Eran los dueños del lugar. No por propiedad legal, sino por intimidación.
Habían pasado los últimos veinte minutos burlándose de la rutina de Leo, haciendo ruidos de esfuerzo exagerados cada vez que el chico levantaba un par de mancuernas de diez kilos.
—¿En serio vas a seguir ocupando la barra? —preguntó El Tanque, acercándose tanto que Leo podía sentir el calor que emanaba de aquel cuerpo inflado a punta de suplementos y ego—. Necesitamos mover peso de verdad, no jugar a las casitas.
Leo suspiró.
No era un chico que buscara problemas. De hecho, su vida fuera del gimnasio era bastante tranquila. Trabajaba en un taller de mecánica de precisión y estudiaba ingeniería.
Para él, el gimnasio era un refugio, un lugar para fortalecer no solo su cuerpo, sino su disciplina después de un accidente que casi le deja la mano derecha inútil hace dos años.
—Solo me falta una serie —respondió Leo con voz suave, pero firme—. El reglamento dice que todos tenemos el mismo derecho a usar el equipo.
Roco soltó una carcajada que hizo que varios socios del gimnasio voltearan a mirar.
—¿El reglamento? Mira, niño, el único reglamento aquí es el de la cadena alimenticia. Y tú estás hasta abajo.
Roco le dio un empujón leve en el hombro, lo suficiente para desequilibrarlo.
En ese momento, el silencio se apoderó del gimnasio. La música de fondo parecía haber bajado de volumen por sí sola.
Los presentes sabían que Roco era un matón, pero nadie se atrevía a decirle nada. Era el que más peso levantaba, el que más gritaba, el que «ponía el orden».
Leo se acomodó la camiseta. Sus ojos, antes tranquilos, mostraron un destello de algo que los dos gigantes no supieron interpretar.
No era miedo. No era rabia ciega. Era una determinación fría, técnica, casi matemática.
—Dicen que aquí se respeta el peso, ¿no? —preguntó Leo, mirando directamente a los ojos inyectados en sangre de Roco.
—Exacto. Y tú no mueves ni lo que yo uso para calentar el cuello —respondió el gigante.
—Bien. Hagamos una apuesta —dijo Leo, y en ese momento, hasta el recepcionista dejó de mirar su celular para prestar atención—. Si ustedes pueden sacar una sola repetición con la barra tal como yo la voy a preparar, me voy de este gimnasio hoy mismo y les regalo mi membresía pagada por todo el año.
Los dos fortachones se miraron y estallaron en risas.
—¿Y si perdemos? —preguntó El Tanque, divertido.
—Si no pueden levantarla, me dejan terminar mi rutina en paz y, de ahora en adelante, cada vez que me vean, me saludarán con respeto. Y lo más importante: dejarán de molestar a los nuevos.
Roco se golpeó el pecho.
—Trato hecho, flaquito. Prepara tu barra. Ponle todo el peso que quieras. Es más, ponle los discos de 25 kilos, a ver si al menos puedes moverlos del estante.
Leo no se inmutó. Caminó hacia un rincón del gimnasio donde se guardaba el equipo más viejo y menos usado.
Buscó algo específico. No eran los discos más pesados, sino una barra especial que solía estar escondida bajo una lona: una «Axle Bar» o barra de eje, mucho más gruesa que las normales, sin moleteado y extremadamente difícil de sujetar.
La trajo al centro de la sala. Roco la miró con desdén.
—¿Eso qué es? ¿Una tubería de desagüe? —se mofó.
Leo empezó a cargarla. No puso una cantidad absurda de discos. Solo colocó 80 kilos. Para un hombre como Roco, que presumía de levantar 180 en press de banca, eso debería haber sido un juego de niños.
—Ahí la tienen —dijo Leo, apartándose—. Una sola repetición. Peso muerto hasta la cintura. ¿Quién va primero?
Roco se adelantó, escupiendo en el suelo (algo que estaba prohibido, pero nadie le reclamaba).
—Quítate, niño. Mira cómo se hace.
El gigante se posicionó. Se puso sus guantes de cuero, se ajustó el cinturón y soltó un grito de guerra que hizo vibrar los espejos.
Se agachó, sujetó la barra y tiró con toda su alma.
Pero algo extraño sucedió.
La barra no se movió ni un milímetro del suelo. Sus manos, acostumbradas a las barras delgadas y con agarre fácil, simplemente no podían cerrarse alrededor del grueso metal.
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