¿Cuánto vale la dignidad de una persona cuando todos los presentes ya han dictado una sentencia de culpabilidad en sus corazones? Elena sentía que el aire se volvía espeso, casi sólido, mientras los dedos de los guardias de seguridad se hundían en sus brazos con una fuerza innecesaria, como si el simple contacto con su uniforme de servicio les diera derecho a tratarla como a un animal herido.
A su alrededor, el salón de mármol de la mansión de los Alcázar brillaba con una opulencia que ahora le resultaba nauseabunda. Las copas de cristal de Bohemia, los arreglos de orquídeas blancas que costaban más que su sueldo de tres años y las risas que, apenas unos minutos antes, celebraban el amor, se habían transformado en un murmullo de desprecio y asco. Todos miraban a la «sirvienta» que se había atrevido a profanar la santidad de la boda más esperada del año.
Vanessa, la novia, se encontraba frente a ella, con el rostro desencajado por una furia que parecía ensayada pero letal. Su vestido de seda italiana, una obra de arte de miles de dólares, se agitaba con cada uno de sus suspiros exagerados. La joya de la corona de la alta sociedad local no podía creer que una mujer «de esa clase» hubiera tenido la osadía de tocar el dinero de las donaciones benéficas que los invitados habían depositado con generosidad.
—¡Es ella, no hay duda! —gritó Vanessa, señalando con su dedo perfectamente manicurado el sobre de Manila que Elena aún sostenía con manos temblorosas—. La vi salir de la oficina de mi padre con el sobre escondido bajo el delantal. ¡Es una delincuente! ¡Llamen a la policía de inmediato!
Elena intentó hablar, pero el nudo en su garganta era tan grande que solo pudo emitir un gemido ahogado. No era miedo a la cárcel lo que la paralizaba, sino la injusticia cruda que le quemaba las entrañas. Ella había pasado los últimos seis meses trabajando dieciséis horas al día, limpiando los excesos de una familia que ni siquiera sabía su nombre de pila, todo para poder pagar las medicinas de su tía enferma.
—Señorita, por favor… escúcheme —logró articular Elena al fin, con la voz quebrada pero cargada de una extraña firmeza que sorprendió a los presentes—. Yo no robé nada. Encontré este sobre tirado en el pasillo lateral, cerca de la cocina. Solo buscaba a alguien para entregárselo. El sobre está sellado, no le falta ni un centavo.
—¡Mentiras! —chilló Vanessa, acercándose tanto que Elena pudo oler su perfume caro mezclado con el hedor del odio—. Lo encontraste y te escondiste para abrirlo, pero te sorprendí antes de que pudieras meterte los billetes en las medias. ¡Guardias, sáquenla de aquí antes de que contamine el aire con su presencia!
Los hombres de seguridad empezaron a arrastrarla hacia la salida lateral, la que usan los empleados para no molestar la vista de los invitados. Pero en ese momento, una chispa de fuego ancestral se encendió en los ojos de Elena. No iba a permitir que la pisotearan de esa manera. No hoy. No después de todo lo que había sacrificado.
Con un movimiento brusco, se soltó del agarre de uno de los guardias y se plantó en medio del salón, frente a la mirada atónita de cientos de personas.
—¡Escúchenme bien todos! —su voz resonó con una autoridad que nadie esperaba de una mujer con uniforme de servicio—. ¡No me voy a mover de aquí como si fuera una criminal! Antes de que me saquen a rastras, exijo hablar frente a frente con el dueño de esta casa. ¡Exijo hablar con el padre de la novia! ¡Traigan a Don Ricardo ahora mismo!
Un silencio sepulcral cayó sobre el salón. Vanessa palideció por un segundo, un destello de nerviosismo cruzó sus ojos, pero rápidamente lo cubrió con una máscara de indignación. ¿Cómo se atrevía esta mujer a invocar el nombre de su padre, un hombre cuya sola presencia imponía respeto y temor en todo el país?
Los invitados comenzaron a susurrar. «Qué atrevimiento», decía una mujer con un collar de perlas. «Seguro es una loca», comentaba otro caballero. Pero Elena no bajó la mirada. Se mantuvo erguida, con el sobre apretado contra su pecho como si fuera su único escudo contra un mundo que quería destruirla. Sabía que Don Ricardo era un hombre justo, o al menos eso decían los empleados más antiguos. Era su única oportunidad.
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