Retomamos el camino de Regina, quien se dirige hacia una verdad que cambiará su destino para siempre…
El hospital público era un caos de ruidos metálicos, olor a desinfectante barato y lamentos ahogados. Regina llegó jadeando a la recepción de urgencias. La luz fluorescente de los pasillos parpadeaba, dándole al lugar un aspecto todavía más lúgubre. Tras preguntar por el estado de su madre, una enfermera con cara de cansancio crónico le indicó que doña Elena estaba en la sala de observación 4, pero que el médico necesitaba hablar con ella urgentemente sobre «el tema administrativo».
—Señorita, entienda que los medicamentos que su madre requiere no los cubre el seguro básico —le dijo el doctor Méndez, un hombre que parecía haber olvidado cómo sonreír hace décadas—. Necesitamos el depósito para iniciar el protocolo de cuidados intensivos. De lo contrario, solo podemos darle paliativos.
Regina sintió un nudo en la garganta que apenas la dejaba respirar.
—¿Cuánto… cuánto es el depósito, doctor? —preguntó, temiendo la respuesta.
Cuando el médico mencionó la cifra, Regina sintió que el mundo se volvía borroso. Era una cantidad que ella no podría reunir ni trabajando tres años seguidos sin comer. Salió del consultorio tambaleándose, buscando un lugar donde sentarse. Se desplomó en una de las sillas de plástico de la sala de espera, rodeada de personas que, al igual que ella, cargaban con el peso de la desgracia sobre los hombros.
Buscó desesperadamente en su bolso un pañuelo para secarse las lágrimas que ya rodaban sin freno por sus mejillas. Metió la mano, revolviendo entre sus cosas, cuando sus dedos rozaron algo extraño. No era la textura rugosa de su monedero de tela, ni el plástico de su identificación. Era algo liso, compacto, envuelto en una banda elástica.
Con el corazón latiéndole a mil por hora, Regina sacó el objeto. Sus ojos se abrieron de par en par al ver el fajo de billetes verdes. Por un momento, el ruido del hospital desapareció. Solo existía ella y esa fortuna que tenía entre las manos. Contó mentalmente, sin sacar los billetes del todo: mil, dos mil, tres mil… había más de cinco mil dólares allí.
—Dios mío… —susurró, sintiendo un escalofrío que le recorrió toda la columna vertebral.
¿Cómo había llegado eso ahí? No recordaba que Beatriz le hubiera dado un adelanto, y mucho menos de esa magnitud. Entonces, el recuerdo de Beatriz moviéndose cerca de su bolso en la cocina cruzó su mente como un relámpago. Regina no era tonta; sabía que su jefa era una mujer de recursos, pero también de métodos extraños.
—Es el milagro que pedí —pensó por un segundo, y la tentación la golpeó con la fuerza de un huracán.
Miró hacia la ventanilla de pagos. Con ese dinero, su madre pasaría a una habitación privada en diez minutos. Tendría los mejores especialistas, las medicinas más caras, una oportunidad real de sobrevivir. Nadie se enteraría. Beatriz tenía tanto dinero que quizás ni siquiera echaría de menos ese fajo. Podría decir que lo encontró tirado, o simplemente no decir nada.
Pero entonces, el rostro de su madre se materializó en su mente. No la imagen de la anciana enferma, sino la de la mujer que le enseñó que «la pobreza se lleva con la frente en alto, pero la deshonestidad te agacha la cabeza para siempre». Regina recordaba las veces que devolvieron cambios de más en la bodega del barrio, incluso cuando no tenían para la cena.
—Si uso este dinero para salvarla, ¿podré mirarla a los ojos después? —se preguntó Regina, apretando los billetes contra su regazo.
El conflicto interno era devastador. Por un lado, el amor filial, el miedo visceral a la muerte, la desesperación de la carencia. Por otro, cinco años de una conducta intachable, el respeto propio y la sospecha de que esto no era un accidente. Regina sabía que Beatriz no era descuidada. Si ese dinero estaba ahí, era por algo.
Se levantó de la silla, con las piernas temblorosas. Caminó hacia la salida del hospital, ignorando los llamados de la enfermera que le preguntaba si ya tenía el depósito. Necesitaba aire. Necesitaba pensar. Afuera, la lluvia había cesado, dejando un rastro de humedad y frío.
Regina se sentó en un escalón de la entrada, con el bolso firmemente sujeto. Vio pasar a un hombre que vendía flores marchitas, a una mujer llorando en silencio, a un guardia de seguridad bostezando. El mundo seguía girando, ajeno a su dilema moral.
—Si me quedo con esto, me convierto en lo que siempre juré no ser —se dijo a sí misma, con la voz quebrada—. Pero si lo devuelvo, mi madre se muere.
Pasaron los minutos, que parecieron horas. Regina cerró los ojos y rezó. No pidió dinero, ni pidió que su madre se curara mágicamente. Pidió fuerza. Pidió claridad. Al abrir los ojos, vio un pequeño taxi destartalado que se detenía frente al hospital.
Sin dudarlo más, Regina se puso de pie. No se dirigió a la ventanilla de pagos. Caminó hacia el taxi con una determinación que ella misma no sabía que poseía. El conductor la miró por el retrovisor mientras ella le daba la dirección de la mansión Altamirano.
—¿Está segura, señorita? Es un viaje largo hasta esa zona —dijo el taxista, notando la ropa sencilla y el estado emocional de la mujer.
—Estoy segura —respondió Regina—. Tengo que devolver algo que no me pertenece.
El trayecto de regreso fue un calvario de dudas. Cada vez que el taxi se detenía, Regina sentía el impulso de bajarse y correr de vuelta al hospital. «Todavía estoy a tiempo de salvarla», le gritaba una voz en su cabeza. Pero otra voz, más profunda y serena, le recordaba quién era ella.
Al llegar a la mansión, las luces de la fachada estaban encendidas, dándole a la casa un aspecto de fortaleza inexpugnable. Regina pagó el taxi con sus últimos pesos y caminó hacia la puerta principal. Sus dedos temblaban al tocar el timbre.
Beatriz abrió la puerta personalmente. No parecía sorprendida de verla. Seguía con su copa de vino en la mano, su postura impecable y esa mirada que parecía leer el alma.
—¿Olvidaste algo, Regina? —preguntó Beatriz con una frialdad que helaba la sangre.
Regina no pudo hablar de inmediato. Abrió su bolso, sacó el fajo de billetes y lo extendió hacia su jefa. Sus manos no dejaban de temblar, pero su mirada se mantuvo firme, conectando con la de Beatriz.
—Señora… yo… encontré esto en mi bolso. No sé cómo llegó ahí, pero no es mío. No puedo aceptarlo —dijo Regina, y al soltar esas palabras, sintió como si un peso de mil toneladas se levantara de su pecho, aunque al mismo tiempo sintiera que estaba firmando la sentencia de muerte de su madre.
Beatriz miró el dinero y luego a su empleada. Un silencio denso envolvió la entrada de la casa.
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