El grito silenciado tras las rejas de la mansión de los Enebros

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—¡Muchacha, por favor! No te vayas, te lo ruego por lo más sagrado —la voz volvió a quebrar el silencio sepulcral del sótano, sonando como un eco de ultratumba que erizó cada vello del cuerpo de Elena.

La joven soltó el plumero, que cayó al suelo lleno de polvo, mientras sus ojos se dilataban por el terror. El sótano de Don José no era un lugar común; era un laberinto de muebles tapados con sábanas blancas que parecían fantasmas bajo la tenue luz de un foco amarillento. Pero al fondo, detrás de una pila de cajas de madera que Elena no debía tocar, había una puerta de rejas oxidadas que ella siempre pensó que era una antigua bodega de vinos.

Elena se acercó tambaleante, sintiendo que el aire se volvía más pesado y frío con cada paso. El olor a humedad y a encierro era casi insoportable. Al asomarse por los barrotes, su corazón dio un vuelco violento. En un rincón, sobre un colchón raído y rodeada de platos sucios, estaba ella.

Era una mujer de una palidez irreal, con el cabello blanco enredado en nudos imposibles y unos dedos largos y huesudos que se aferraban a los barrotes con una fuerza desesperada.

—¡Muchacha, auxilio! Mi propio hijo me condenó a este encierro —suplicó la anciana, con la voz quebrada por meses, quizás años, de desuso.

Elena retrocedió, tapándose la boca para no gritar. El mundo se le movió bajo los pies. Ella conocía ese rostro, lo había visto en los retratos al óleo que decoraban la sala principal, rodeados de flores frescas y velas que Don José encendía cada domingo en señal de duelo.

—¡Santo cielo! —exclamó Elena en un susurro cargado de pavor—. Usted es Doña Clara… Pero… Don José nos juró que usted falleció hace muchísimo tiempo. Yo misma vi la placa en el cementerio central cuando fui a llevarle flores por orden de él.

La anciana soltó una risa seca, que más bien pareció un quejido de dolor. Sus ojos, nublados por las cataratas pero encendidos por una chispa de esperanza, se clavaron en los de la joven sirvienta.

—Él enterró un ataúd lleno de piedras, niña. Enterró mi nombre para quedarse con mi fortuna, con mis tierras, con esta casa que construyó mi abuelo. Me dio por muerta ante el mundo para no tener que cuidarme, para no tener que darme explicaciones.

Elena sintió un frío glacial recorrerle la espalda. Recordó la imagen de Don José: ese hombre impecable, el benefactor del pueblo, el que donaba a la iglesia y siempre tenía una palabra amable para todos. ¿Cómo podía ese mismo hombre tener a su propia madre viviendo como un animal en las entrañas de la tierra?

—Tengo que sacarla de aquí —dijo Elena, buscando desesperadamente algo con qué abrir el pesado candado que sellaba la reja—. Si el patrón llega y me ve…

—No tienes tiempo, muchacha —la interrumpió Doña Clara, susurrando con urgencia—. José regresa a las cinco para traerme el poco de comida que me da. Tienes que irte ahora. Pero júrame, júrame por lo que más quieras, que no me vas a dejar morir aquí como una rata.

Elena escuchó el sonido de un motor a lo lejos. El corazón le latía tan fuerte que sentía que se le iba a salir del pecho. El coche de Don José estaba entrando por el portón principal. La grava crujiendo bajo las llantas sonaba como una sentencia de muerte.

Miró a la anciana una última vez. El desamparo en esos ojos era algo que Elena sabía que la perseguiría por el resto de sus días si no hacía algo. Recogió su plumero, se limpió las lágrimas con el delantal y trató de recomponer su rostro.

—No la voy a dejar sola, señora —prometió en un susurro casi inaudible—. Se lo juro por la memoria de mi propia madre.

Subió las escaleras del sótano a toda prisa, cerrando la pesada puerta de madera justo antes de que los pasos firmes de Don José resonaran en el pasillo de la entrada. Se quedó apoyada contra la pared, tratando de normalizar su respiración, sintiendo que cada gota de sudor que bajaba por su frente era una prueba de su traición.

Don José apareció al final del pasillo. Lucía su traje gris perfectamente planchado y una sonrisa que ahora, a los ojos de Elena, parecía la máscara de un demonio.

—Elena, ¿qué haces ahí parada? —preguntó él con su voz barítona y pausada—. Te pedí que limpiaras el sótano, no que te quedaras dormida en la puerta.

—Ya… ya terminé, patrón —respondió ella, bajando la mirada para que él no viera el terror en sus pupilas—. Estaba por ir a la cocina a preparar el café.

Don José la observó en silencio por unos segundos que parecieron una eternidad. Se acercó a ella, y Elena pudo oler su perfume caro, una fragancia de maderas y tabaco que ahora le revolvía el estómago. Él estiró la mano y le quitó una pequeña telaraña que Elena tenía en el hombro.

—Parece que trabajaste duro —dijo él, con una frialdad que la hizo estremecer—. Ve a la cocina. Yo bajaré a revisar que todo esté en orden.

Elena asintió y se alejó lo más rápido que pudo, pero al dar la vuelta en la esquina del pasillo, se detuvo. Escuchó el sonido de la llave girando en la cerradura del sótano. Escuchó los pasos de Don José descendiendo hacia la oscuridad.

En ese momento, Elena comprendió que su vida acababa de cambiar para siempre. Estaba atrapada en una casa que era un mausoleo viviente, sirviendo a un hombre que era un monstruo, y con el secreto más macabro de la familia pesando sobre sus hombros.

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