El grito silenciado tras las rejas de la mansión de los Enebros

Continuamos con la historia donde la dejamos, el peligro acecha en cada rincón de la mansión…
Elena entró en la cocina con las manos temblorosas. El agua para el café comenzó a hervir, pero ella no se movía. Su mente trabajaba a mil por hora. ¿Qué podía hacer? Si llamaba a la policía, Don José, con todas sus influencias y su dinero, probablemente se enteraría antes de que llegara una patrulla. En el pueblo, él era ley.
De pronto, escuchó un ruido que no esperaba. No venía del sótano, sino de la entrada. Era una voz joven, alegre, que llamaba a gritos.
—¡Abuelo! ¡Abuelo, ya llegué!
Era Lucía, la nieta de Don José, que regresaba de sus estudios en la capital por las vacaciones de verano. Elena sintió un rayo de esperanza. Lucía siempre había sido una joven dulce, muy diferente a la frialdad de su abuelo. Quizás ella no sabía nada. O quizás, ella era la clave para desenmascarar todo.
Lucía entró en la cocina con su maleta, radiante.
—¡Elena! Qué gusto verte —dijo la joven, abrazando a la sirvienta—. ¿Y mi abuelo? Le dije que vendría mañana para darle una sorpresa, pero no pude aguantar las ganas de estar en casa.
Elena trató de sonreír, pero el gesto le salió como una mueca de dolor.
—El patrón está… está en el sótano, señorita Lucía —balbuceó Elena—. Bajó a revisar unas cosas.
Lucía frunció el ceño, dejando su maleta a un lado.
—¿En el sótano? Qué extraño. Él siempre dice que ese lugar le trae malos recuerdos de mi abuela Clara. Dice que no soporta entrar allí porque siente su ausencia.
Elena sintió un nudo en la garganta. Estuvo a punto de soltarlo todo en ese instante, de gritarle a Lucía que su abuela no estaba muerta, que estaba a pocos metros bajo sus pies, sufriendo un calvario inimaginable. Pero se contuvo. Si Don José salía ahora y las escuchaba, ambas estarían en peligro.
—Vaya a su cuarto a descansar, señorita —sugirió Elena con urgencia—. Yo le avisaré al patrón que usted llegó.
Lucía asintió, aunque se quedó mirando a Elena con extrañeza. La joven sirvienta siempre había sido reservada, pero hoy parecía que estaba viendo a un fantasma.
Mientras tanto, en las profundidades de la casa, Don José se encontraba frente a la reja. No llevaba comida, sino una pequeña linterna y un semblante de piedra.
—¿Hablaste con la muchacha? —preguntó José, su voz resonando con una crueldad que no mostraba ante nadie más.
Desde la oscuridad, Doña Clara se encogió.
—No… no dije nada —mintió la anciana, su voz apenas un hilo—. Solo me vio y se asustó. Pensó que era un animal.
José golpeó los barrotes con fuerza, haciendo que el metal vibrara con un sonido estridente.
—Más te vale, vieja loca. Si esa muchacha abre la boca, te aseguro que no volverás a ver la luz del sol, ni siquiera a través de estas rejas. Te llevaré a un lugar donde nadie, ni Dios mismo, pueda encontrarte.
Él sabía que Elena sospechaba algo. La había notado demasiado pálida, demasiado nerviosa. Don José no era un hombre que dejara cabos sueltos. Por años había mantenido la farsa de la muerte de su madre, falsificando documentos, pagando a médicos corruptos y construyendo un relato de hijo abnegado que el pueblo entero se tragó sin dudar.
Todo comenzó cuando Doña Clara decidió que no le heredaría la empresa familiar a José, sino que la convertiría en una fundación para ayudar a los campesinos de la región. José no pudo permitir que «su» imperio se escapara de sus manos. La noche en que ella iba a firmar los papeles, él orquestó su desaparición.
Don José subió las escaleras, cerró la puerta con doble llave y se encontró con Lucía en el pasillo. Su rostro cambió instantáneamente; la máscara de abuelo cariñoso volvió a su lugar.
—¡Mi niña! ¡Qué alegría! —exclamó, abrazando a su nieta con una calidez fingida que a Elena, que observaba desde la cocina, le dio náuseas.
Esa noche, la cena fue una tortura. Elena servía los platos con las manos heladas. Observaba a Don José reírse de las anécdotas de Lucía, mientras ella no podía dejar de pensar en Doña Clara, sola en la oscuridad, con hambre y frío.
—¿Te pasa algo, Elena? —preguntó Lucía de repente, dejando los cubiertos de lado—. Estás muy distraída. Has servido el vino dos veces en la misma copa.
Don José dejó de reír. Sus ojos se clavaron en Elena como dos dagas.
—Es que… no me siento muy bien, señorita —respondió Elena, bajando la cabeza—. Creo que el polvo del sótano me dio alergia.
—Ese sótano es un nido de inmundicia —sentenció Don José con frialdad—. Mañana mismo, Elena, quiero que saques todo lo que hay allí. Todo. Voy a contratar una empresa de limpieza profunda para que desinfecten el lugar. Y tú te tomarás el día libre.
Elena comprendió el mensaje oculto. «Desinfectar» significaba deshacerse de Doña Clara. Don José sentía que el secreto estaba a punto de estallar y iba a trasladarla o algo peor. No tenía tiempo. Tenía que actuar esa misma noche.
Cuando la casa finalmente quedó en silencio, Elena se levantó de su pequeña cama en el área de servicio. No encendió las luces. Se movió como una sombra por los pasillos que conocía de memoria. Llevaba consigo una pequeña bolsa con comida que había escondido y un cortafrio que había sacado del cuarto de herramientas.
Llegó a la puerta del sótano. Sus manos sudaban tanto que casi se le resbala la herramienta. Justo cuando iba a introducir el cortafrio en el candado, una mano firme le sujetó la muñeca.
—¿A dónde crees que vas, Elena? —la voz de Don José susurró en su oído, cargada de una amenaza mortal.
Elena sintió que el corazón se le detenía. Se giró lentamente para ver a Don José iluminado solo por la luz de la luna que entraba por un ventanal alto. En su otra mano, él sostenía un arma.
—Patrón, yo… solo quería terminar de limpiar —intentó decir ella, pero la voz se le quebró.
—No me mientas. Sé que la viste. Sé que ella te habló —Don José dio un paso hacia ella, su rostro desfigurado por la rabia—. Eres una buena muchacha, Elena. Me habría gustado que esto terminara de otra forma. Pero ahora, vas a tener que acompañar a mi madre por un largo, largo tiempo.
Don José la empujó hacia la puerta del sótano, obligándola a abrirla. Elena lloraba en silencio, sabiendo que nadie la escucharía en esa mansión apartada del mundo. Pero lo que Don José no sabía era que Elena no era la única que estaba despierta.
Desde lo alto de la escalera, una figura observaba todo con horror. Lucía, que había bajado por un vaso de agua, lo había escuchado todo. El velo se había caído. El abuelo perfecto era un secuestrador.
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