A veces, el destino decide probarnos no con grandes tragedias, sino con la forma en que tratamos a quienes consideramos inferiores en un momento de prisa. Aquella tarde, el sol caía a plomo sobre el asfalto de la pista privada, creando un espejismo de calor que ondulaba sobre el horizonte, pero nada quemaba tanto como el desprecio en los ojos de Regina de la Vega.
Regina no caminaba, ella desfilaba. Sus tacones de aguja, de una marca que costaría el salario de un año de cualquier obrero, resonaban rítmicamente contra el suelo, marcando un compás de impaciencia y arrogancia. Sostenía su bolso de piel de cocodrilo con una fuerza innecesaria, mientras su mirada escaneaba el lujoso jet privado que la esperaba al final del camino. Para ella, el mundo era un tablero de ajedrez donde ella siempre era la reina y los demás, simples peones sacrificables.
Sin embargo, algo se interponía entre ella y su entrada triunfal a la cabina presurizada. Un hombre.
Era un hombre de mediana edad, con el rostro curtido por el sol y las manos marcadas por años de trabajo físico. Vestía un overol azul marino, manchado de grasa en las rodillas y los codos, y sostenía una llave inglesa con la naturalidad de quien sostiene una extensión de su propio cuerpo. Estaba allí, parado cerca de la escalerilla, revisando un panel lateral del avión con una concentración absoluta.
—¡Muévete, estorbo! —gritó Regina, sin siquiera detener su marcha hasta quedar a escasos centímetros de él—. ¿Es que no me oyes? Quítate de mi camino, que vas a terminar ensuciando mi conjunto de seda con esa inmundicia que llevas puesta.
El hombre no se inmutó de inmediato. Terminó de ajustar un perno, cerró la pequeña compuerta con un clic metálico y solo entonces giró la cabeza para mirar a la mujer. Sus ojos eran profundos, de un color café sereno que contrastaba violentamente con la tormenta de ira que emanaba de Regina.
—Buenas tardes, señora —dijo él con una voz pausada, casi musical—. Solo estaba asegurándome de que todo esté en orden para el despegue. La seguridad es lo primero.
Regina soltó una carcajada estridente, una que no tenía nada de alegría.
—¿Seguridad? Lo único que veo es a un mugriento que no sabe dónde es su lugar. Tu lugar es allá abajo, en los talleres, oliendo a aceite y sudor, no aquí, bloqueando el paso de gente que paga tu sueldo con una sola de sus joyas. Mírate, das asco. Si una gota de esa grasa toca mi ropa, te juro que no volverás a trabajar ni lavando platos en un mercado.
El hombre bajó la mirada hacia su overol. Sí, estaba sucio. Tenía una mancha de aceite hidráulico cerca del pecho y sus manos estaban ennegrecidas por el hollín del motor. Pero no había vergüenza en su postura. Al contrario, se enderezó, pareciendo crecer varios centímetros ante la mirada atónita de la mujer.
—La suciedad de la ropa se quita con agua y jabón, señora —respondió él con una calma que a Regina le pareció el insulto más grande del mundo—. Hay otro tipo de manchas, las que se llevan en el alma, que no se quitan ni con todo el dinero que usted dice tener.
Regina sintió que la sangre le hervía. ¿Quién se creía este tipo para hablarle de esa manera? ¿Cómo se atrevía un simple mecánico a filosofar frente a ella?
—¡Cómo te atreves! —bramó, levantando la mano como si fuera a golpearlo—. Eres un don nadie. Un cero a la izquierda. Un mediocre que se gana la vida apretando tuercas. ¡Exijo que te quites ahora mismo o llamaré a seguridad para que te arrastren fuera de esta pista!
En ese momento, el aire pareció cambiar. El silencio que siguió a las palabras de Regina fue interrumpido por el sonido de la puerta principal del jet abriéndose. La escalerilla descendió suavemente y, desde la penumbra del interior lujoso, apareció el Capitán Morales, el piloto principal de la flota, un hombre con treinta años de experiencia y un uniforme impecable que irradiaba autoridad.
Morales bajó los escalones de dos en dos, pero no se dirigió a Regina, a pesar de que ella ya estaba preparando su mejor sonrisa de víctima para quejarse. El piloto pasó de largo, ignorando el perfume francés de la mujer, y se detuvo exactamente frente al hombre del overol manchado.
Regina abrió la boca para hablar, para exigir el despido inmediato del «mugriento», pero las palabras se le atoraron en la garganta al ver lo que sucedió a continuación.
El Capitán Morales, el hombre que ella consideraba el máximo rango en ese lugar, se cuadró con un respeto casi militar y realizó una reverencia profunda, una que solo se le reserva a las figuras de más alto poder.
—Señor presidente… —dijo el piloto con voz clara y firme—, mil disculpas por la demora. No sabíamos que ya estaba aquí en la pista. La aeronave está lista para sus órdenes. Todo el sistema ha sido verificado, tal como usted pidió personalmente.
El silencio que cayó sobre la pista fue absoluto. Solo se escuchaba el silbido lejano de otros motores y el latir errático del corazón de Regina, que sentía cómo el suelo parecía desvanecerse bajo sus pies.
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