«Te juro que me tienes loca, Mateo, no puedo pasar un segundo más sin sentir que tus manos me pertenecen de verdad», susurró Isabela, mientras el aroma de los jazmines nocturnos envolvía el rincón más oscuro del jardín principal.
Aquellas palabras, cargadas de un deseo que había sido contenido durante meses, no eran solo un capricho. Eran el grito de una mujer que, a pesar de vivir rodeada de lujos y mármol, se sentía morir de frío en su propia cama.
Isabela acarició el rostro de Mateo, el joven jardinero que apenas llevaba un año trabajando en la inmensa propiedad. Sus dedos, finos y adornados con anillos de diamantes, contrastaban violentamente con la piel curtida por el sol y el trabajo duro del muchacho.
Mateo temblaba. No era solo por la emoción de tener tan cerca a la mujer más hermosa que había visto en su vida, sino por el pavor que le recorría la espina dorsal. Él sabía bien dónde estaba parado. Sabía que cada centímetro de esa tierra tenía un dueño absoluto.
«Señora, por favor… si alguien nos ve, esto será el fin», alcanzó a decir Mateo con la voz quebrada. Sus ojos buscaban constantemente las sombras de los grandes robles, temiendo que el vigilante o alguna de las empleadas domésticas estuviera merodeando.
Pero Isabela no quería escuchar razones. En su mente, el mundo se había reducido a ese pequeño espacio entre los rosales y la fuente de cantera. Estaba harta de las ausencias de su esposo, harta de ser un trofeo que se exhibía en cenas benéficas y luego se guardaba en un estante de soledad.
Ella lo atrajo hacia sí, ignorando el rastro de tierra en el overol de Mateo. En ese momento, para ella, el jardinero representaba la vida misma, el pulso de la tierra, la honestidad del esfuerzo físico que su marido, Don Ricardo, había olvidado hacía décadas entre oficinas y cuentas bancarias.
«No me llames señora cuando estemos así», le recriminó ella con un aliento cálido que le erizó la piel. «Aquí soy solo Isabela. Y tú eres el único que me hace sentir que todavía tengo sangre en las venas».
Mateo, vencido por la intensidad de la mirada de la patrona, cerró los ojos por un instante. Se permitió el pecado de rodear con sus brazos esa cintura de avispa, sintiendo la suavidad de la seda del vestido que costaba más de lo que él ganaría en cinco años de trabajo.
La escena parecía extraída de una novela de romance prohibido, pero la realidad en la Hacienda Los Olivos siempre tenía un filo cortante. El aire, que hasta hace un momento era cálido y envolvente, de pronto pareció congelarse.
Un crujido seco, como el de una rama rompiéndose bajo un zapato de cuero fino, rompió el encanto. Isabela se tensó. Mateo abrió los ojos de golpe, y el color desapareció de su rostro en un parpadeo.
Detrás de ellos, proyectando una sombra alargada y amenazante bajo la luz de la luna, se encontraba la figura imponente de Don Ricardo. No estaba solo; el brillo metálico en su mano derecha confirmaba que su paseo nocturno no era precisamente para admirar las flores.
Don Ricardo no era un hombre de gritos. Su poder radicaba en ese silencio gélido que precedía a las tormentas más devastadoras. Se quedó allí, de pie, observando la escena con una calma que resultaba mucho más aterradora que cualquier insulto.
El jardinero se separó de Isabela como si ella de pronto se hubiera convertido en brasas ardientes. Sus manos, que hace un segundo buscaban consuelo, ahora se alzaban en un gesto instintivo de defensa, aunque sabía que contra Don Ricardo, no había defensa posible.
Isabela, por su parte, se quedó petrificada. Su respiración era errática. Miró a su esposo y, por primera vez en años, vio en sus ojos algo que no era indiferencia: vio una decepción profunda mezclada con una furia antigua, una que no se saciaba con palabras.
«Así que esto es lo que florece en mis jardines cuando yo no estoy», dijo Don Ricardo con una voz tan baja que apenas superaba el susurro del viento. «La belleza y la suciedad, mezcladas en un abrazo».
Mateo dio un paso atrás, tropezando con una de las macetas de barro que él mismo había cuidado con tanto esmero. El sonido del barro rompiéndose contra el suelo resonó como un disparo en la noche.
«Señor… Don Ricardo… yo…», balbuceó el joven, sintiendo que el corazón se le salía del pecho. Las lágrimas de puro terror empezaron a nublarle la vista. Él no era un seductor, era solo un peón atrapado en el juego de una reina desesperada.
Don Ricardo caminó lentamente hacia ellos. Cada paso era una sentencia. Isabela intentó hablar, intentó armar una mentira, una excusa, pero las palabras se le quedaron atoradas en la garganta. La verdad era demasiado evidente, demasiado carnal para ser negada.
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