El peso de la lealtad: Lo que el dinero no pudo comprar

Seguimos exactamente donde quedó la escena de la oficina…
El golpe en el escritorio retumbó como un disparo en la pequeña oficina. Don Aurelio tenía la cara roja, las venas del cuello marcadas por la furia. Mateo dio un paso atrás, no por miedo a la violencia física, sino por la intensidad de la energía que emanaba de su jefe. El ambiente se había vuelto eléctrico, cargado de una tensión que amenazaba con hacer estallar los cristales.
—No tengo un nombre exacto todavía, señor —dijo Mateo, tratando de recuperar la compostura—. Pero los Valenzuela sabían cosas que solo alguien de su círculo íntimo podría conocer. Sabían sobre la oferta que presentamos ayer para la licitación del puente, la que enviamos en sobre cerrado a las cinco de la tarde. Me lo dijeron en la mesa, como si fuera una broma. Dijeron que sus «amigos» dentro de la empresa ya les habían dado el número exacto.
Don Aurelio se desplomó en su silla, de repente luciendo mucho más viejo de lo que era. Sus manos temblaban ligeramente mientras sostenía el puro. Esa licitación era el proyecto más grande de la década, el que salvaría a la constructora de una racha de mala suerte financiera. Si los enemigos tenían el número, estaban perdidos.
—Si eso es cierto… —balbuceó el viejo—, entonces todo este tiempo he estado durmiendo con el enemigo.
—Por eso acepté el sobre, Don Aurelio —continuó Mateo, acercándose un poco más al escritorio—. Tenía que hacerles creer que yo era uno más de sus informantes. Si rechazaba el dinero de entrada, cortarían la comunicación y nunca sabríamos quién es el verdadero traidor. Les pedí tiempo para entregarles los planos, les dije que necesitaba dos días para burlar la seguridad del servidor.
Mateo sacó su teléfono celular y lo puso sobre el escritorio. Con dedos rápidos, abrió una grabación de audio. El sonido era un poco sucio, típico de un lugar con ruido de fondo, pero las voces eran perfectamente reconocibles. Eran los hermanos Valenzuela.
«…no te preocupes por el viejo Aurelio, ese ya está acabado», decía una de las voces en la grabación. «Tenemos a alguien muy cerca de él que nos informa hasta de qué color son sus calcetines. Tú solo danos los planos estructurales y los cincuenta mil serán solo el enganche. Cuando el puente se caiga por ‘fallas de diseño’ y nosotros nos quedemos con la reconstrucción, serás un hombre rico».
Don Aurelio escuchó la grabación en un silencio sepulcral. Sus ojos se humedecieron, no de tristeza, sino de una rabia gélida que solo conocen los hombres que han sido traicionados después de darlo todo por los suyos.
—¿Y dónde está el dinero ahora, Mateo? —preguntó el jefe, su voz ahora apenas un susurro.
—Está en el casillero de la estación de tren —respondió el joven—. La llave está escondida detrás del cuadro de la Virgen en la recepción de este edificio. No quería cargarlo conmigo ni dejarlo en mi casa. Si ellos sospechan que los estoy engañando, lo primero que harían sería mandarme a la policía o a sus matones para decir que yo les robé.
Don Aurelio se levantó de nuevo. Esta vez no se acercó a Mateo con actitud amenazante. Caminó hacia la gran ventana que daba a la ciudad, observando las luces que empezaban a encenderse al atardecer. El sol se ocultaba, tiñendo el cielo de un rojo sangre que parecía presagiar lo que estaba por venir.
—Me has dado una lección, muchacho —dijo Don Aurelio de espaldas—. Pensé que te habías vendido por unas cuantas monedas, como tantos otros que han pasado por esta oficina. Pero has arriesgado tu vida y tu libertad para protegerme.
—No lo hice solo por usted, señor —aclaró Mateo—. Lo hice por la empresa. Por mis compañeros. Por el orgullo de saber que, aunque soy pobre, nadie puede comprar mi conciencia.
Don Aurelio se dio la vuelta. En su rostro ya no había duda, sino una resolución de acero.
—Necesito que hagas algo más por mí, Mateo —dijo el jefe, su mirada clavada en la del joven—. Si los Valenzuela esperan esos planos en dos días, se los vamos a dar. Pero no serán los planos reales. Vamos a montarles una trampa que no olvidarán en lo que les queda de vida.
—¿Y qué hay del traidor aquí adentro? —preguntó Mateo.
Don Aurelio sonrió de una manera que le dio escalofríos a Mateo. Era la sonrisa de un lobo que ha localizado a la oveja negra dentro del rebaño.
—Ya sé quién es —dijo el jefe—. Solo hay tres personas además de mí que conocían el número exacto de la licitación de ayer. Mi secretaria, el contador jefe y mi sobrino, Ricardo. Y solo uno de ellos ha estado pidiendo adelantos de sueldo últimamente porque tiene deudas de juego.
Mateo sintió un balde de agua fría. Ricardo era el consentido de Don Aurelio, el que se suponía que heredaría el imperio algún día. La traición venía de su propia sangre.
—¿Qué va a hacer? —susurró Mateo.
—Voy a poner a prueba tu lealtad una última vez —dijo Don Aurelio, sacando un sobre de su cajón, pero este no tenía dinero, sino una llave antigua—. Esta noche habrá una reunión en mi casa de campo. Ricardo estará allí. Los Valenzuela también creen que irán a recoger los planos. Quiero que vayas tú solo y les entregues el maletín que yo te daré.
—¿Yo solo? —Mateo tragó saliva—. Señor, esos hombres son peligrosos. Si se dan cuenta del engaño mientras estoy allí…
—Estarás protegido, pero ellos no deben saberlo —interrumpió el jefe—. Tienes que actuar como el joven ambicioso que me describiste. Muéstrales el hambre de poder que ellos creen que tienes. Si logras que firmen el recibo de recepción de los documentos confidenciales, los tendremos por espionaje industrial y fraude.
Mateo asintió, aunque el miedo le recorría la columna vertebral. Era una misión suicida, pero si lograba limpiar el nombre de la empresa y desenmascarar a Ricardo, finalmente tendría el lugar que merecía.
—Una cosa más, Mateo —añadió Don Aurelio antes de que el joven saliera de la oficina—. Si sales vivo de esta, y confío en que así será, el contenido de ese sobre de cincuenta mil dólares que tienes en el casillero… quédatelo. Considéralo tu primer bono como el nuevo Vicepresidente de Operaciones.
Mateo salió de la oficina con el corazón a mil por hora. Tenía la llave, tenía el plan, pero lo que no sabía era que, mientras él bajaba por el ascensor, Ricardo lo observaba desde la esquina del pasillo, con un teléfono en la mano y una expresión de odio puro en el rostro.
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