Continuamos con la historia donde la dejamos…
El trayecto en la motocicleta fue breve pero lleno de una calidez que el dinero no puede comprar. Mateo y Don Aurelio conversaban sobre las cosas sencillas de la vida. El joven le contaba al anciano sobre sus sueños de estudiar arquitectura y cómo trabajaba doble turno para ayudar a su madre enferma. Don Aurelio escuchaba con una atención que hacía sentir al muchacho la persona más importante del mundo.
—Eres un buen hombre, Mateo —le dijo el anciano al llegar a la entrada lateral del majestuoso hotel—. El mundo necesita más personas que miren con el corazón y no con el bolsillo.
—No es nada, Don Aurelio. Mi abuela siempre decía que donde come uno, comen dos, y que un favor no se le niega a quien camina cansado. ¿Seguro que no quiere que lo deje en la puerta principal?
—No, hijo, por aquí está bien. Tengo algunas cosas que hacer antes de que empiece la «gran reunión» —respondió el anciano con una sonrisa enigmática.
Mateo se despidió con un gesto de la mano y se alejó, sintiéndose extrañamente ligero. No sabía que ese pequeño acto de bondad estaba a punto de cambiar su vida para siempre.
Mientras tanto, Roberto había logrado finalmente que una grúa lo auxiliara. Llegó al hotel «Palacio de los Sueños» con casi una hora de retraso. Estaba furioso, despeinado y con un humor de perros. Entró al lujoso vestíbulo, donde el mármol brillaba bajo las lámparas de cristal y el aroma a orquídeas frescas llenaba el aire.
—¡Soy Roberto Valenzuela! —le gritó a la recepcionista, una joven que intentaba mantener la compostura—. Tengo una cita con el dueño de la cadena. ¡Muévase! El retraso no ha sido mi culpa, sino de esta carretera de tercera categoría.
—Lo siento, señor Valenzuela —respondió la joven con amabilidad profesional—. El señor Presidente está ocupado en este momento, pero me ha pedido que lo espere en el salón principal. Hay otros invitados también.
Roberto se dirigió al salón, echando humo. Al entrar, se detuvo en seco. Su sangre hirvió de nuevo. Allí, sentado en uno de los sillones de terciopelo más caros del lugar, estaba el anciano de la carretera. Todavía llevaba su ropa vieja, aunque se había lavado la cara y las manos. A su lado, para sorpresa de Roberto, estaba el joven de la motocicleta, quien parecía estar disfrutando de un café de alta calidad.
—¿Pero qué es esto? —bramó Roberto, atrayendo la atención de los presentes—. ¿Desde cuándo este hotel se convirtió en un refugio para indigentes y mecánicos de barrio? ¡Seguridad! ¡Seguridad!
Dos guardias de seguridad se acercaron rápidamente. Roberto señaló con un dedo acusador al anciano y a Mateo.
—Saquen a estos dos de aquí inmediatamente. Este hombre intentó asaltarme en la carretera y el otro es su cómplice. Es una vergüenza que los clientes de mi categoría tengan que compartir el aire con este tipo de gente. ¡Echen a este viejo asqueroso a la calle ahora mismo!
Los guardias miraron al anciano, pero no se movieron. Parecían confundidos, incluso asustados.
—¿Qué esperan? —insistió Roberto, sacando su billetera—. Les daré una propina generosa si los sacan a patadas. Este viejo no tiene ni donde caerse muerto, miren sus ropas, miren sus zapatos. Es un insulto a la decencia de este establecimiento.
Don Aurelio se levantó lentamente del sillón. Mateo intentó decir algo, pero el anciano le puso una mano en el hombro para calmarlo.
—Joven —dijo Don Aurelio, mirando directamente a los ojos de Roberto—, parece que su memoria es tan corta como su humildad. Le dije en la carretera que hay manchas que no salen con jabón. Usted no solo tiene el traje sucio ahora, tiene el alma empañada por la soberbia.
—¡Cállate, viejo loco! —gritó Roberto, perdiendo los estribales—. No sé cómo entraste aquí, pero te aseguro que hoy mismo dormirás en una celda.
En ese momento, las puertas dobles del salón se abrieron de par en par. El Gerente General del hotel, un hombre que siempre caminaba con una rigidez militar, entró apresuradamente. Al ver la escena, su rostro se puso pálido.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó el Gerente, aunque sus ojos estaban fijos en Don Aurelio.
—¡Gerente! Qué bueno que llega —dijo Roberto, tratando de recuperar su postura de ejecutivo—. Estos dos delincuentes se colaron en el hotel. Estaba a punto de llamar a la policía. Ya sabe, por el contrato que vamos a firmar, no me gustaría que mi imagen se asocie con un lugar que permite esto.
El Gerente miró a Roberto como si fuera un bicho raro. Luego, caminó hacia el anciano y, ante el asombro de todos, hizo una profunda reverencia.
—Señor Presidente… mil disculpas. No sabía que ya había llegado. Lo esperábamos por la puerta principal con la comitiva.
El silencio que siguió fue tan pesado que se podía escuchar el tic-tac del reloj de oro en la muñeca de Roberto.
—No se preocupe, Julián —dijo Don Aurelio con voz calmada—. Decidí venir caminando para ver cómo estaba el estado de los accesos al hotel. Y me encontré con cosas muy interesantes en el camino.
Roberto sentía que el suelo desaparecía bajo sus pies. Sus manos empezaron a temblar y el sudor frío recorrió su espalda.
—¿Pre… Presidente? —tartamudeó Roberto—. ¿Usted es… Aurelio Santoscoy? ¿El dueño de la cadena?
El anciano se quitó el sombrero de paja, revelando una presencia que ninguna ropa vieja podía ocultar.
—El mismo al que usted llamó «viejo asqueroso» hace unos minutos —respondió Don Aurelio—. El mismo al que le negó un poco de ayuda y al que humilló por su apariencia.
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