«¡Escucha bien, muerto de hambre, este no es un lugar para gente que mendiga atención con pedazos de plástico barato, así que hazme el favor de desaparecer antes de que llame a seguridad!»
Las palabras de Isabella resonaron en el salón VIP del «Grand Imperial», un casino donde el aire olía a perfume de mil dólares y a una ambición que rayaba en lo asfixiante. Ella, vestida con un diseño de alta costura que costaba más que la casa de cualquier mortal, sostenía entre sus dedos perfectamente manicurados los dos trozos de la tarjeta negra que acababa de romper.
Mateo, el hombre frente a ella, no se inmutó. Vestía una camisa de lino algo arrugada y unos jeans que habían visto mejores tiempos. Su presencia era un insulto visual para la estética impecable del lugar. A su alrededor, los demás invitados, herederos de fortunas y magnates del petróleo, soltaron una risita burlona.
«¿No vas a decir nada?», insistió Isabella, lanzando los pedazos de la tarjeta a los pies de Mateo. «Esa porquería ni siquiera tiene relieve. ¿Qué intentabas hacer? ¿Pagar tu entrada con una tarjeta de puntos del supermercado? No tienes idea de cómo se usa esto, ni de cómo se vive aquí arriba».
Mateo bajó la mirada hacia los restos de su propiedad. No había ira en sus ojos, solo una calma que resultaba más inquietante que cualquier grito. Se agachó con parsimonia, recogió las dos mitades de plástico negro y las contempló como si estuviera viendo el final de una era.
Isabella se giró hacia su grupo de amigos, buscando la validación de su cruel ingenio. «Es increíble lo que hace la gente por cinco minutos de importancia. Entran aquí, fingen que pertenecen y esperan que nadie note el olor a clase trabajadora».
El murmullo de burlas creció. Un joven con un reloj de oro que valía una fortuna se acercó a Mateo, dándole un empujoncito en el hombro. «Ya la oíste, amigo. El show terminó. Recoge tu basura y lárgate antes de que te saquen a patadas. Aquí el plástico se rompe, pero las reputaciones se destruyen para siempre».
Mateo finalmente levantó la vista. Su mirada se cruzó con la de Isabella. En ese momento, ella sintió un escalofrío extraño, una punzada de duda que recorrió su columna vertebral. Pero su orgullo era una armadura demasiado gruesa.
«Esta tarjeta», dijo Mateo con una voz suave pero que cortó el ambiente como una cuchilla, «no era para demostrarte nada a ti, Isabella. Era para recordarme a mí mismo por qué construí este lugar. Pero parece que algunos de mis invitados han olvidado las reglas básicas de la cortesía».
Isabella soltó una carcajada estridente, ocultando esa inquietud repentina. «¿Tú construiste esto? ¡Por favor! Este casino pertenece a un consorcio internacional cuyo dueño nadie ha visto jamás. Deja de delirar y vete de una vez».
En ese preciso instante, las pesadas puertas de caoba de la oficina principal se abrieron de par en par. El ruido fue tan seco que el salón entero se sumió en un silencio sepulcral.
Ricardo, el director ejecutivo del casino, un hombre conocido por su frialdad y su mano de hierro, salió corriendo. Pero no era la caminata elegante y pausada que todos conocían. Estaba pálido, casi traslúcido, y el sudor le perlaba la frente de una manera que delataba un pánico absoluto.
Sus ojos escanearon la sala con desesperación hasta que se posaron en el grupo donde estaban Isabella y Mateo. Su respiración era errática, y sus manos temblaban visiblemente mientras se abría paso entre la multitud, empujando a los meseros y a los invitados sin pedir permiso.
Isabella, asumiendo que Ricardo venía a expulsar personalmente al intruso, se adelantó con una sonrisa triunfal. «Señor Ricardo, qué bueno que llega. Estaba justo encargándome de este estafador que intentó entrar con una tarjeta falsa. Incluso tuve que romperla para que dejara de molestar…»
Ricardo se detuvo en seco frente a ella. Por un segundo, Isabella pensó que le daría las gracias. Pero el rostro del ejecutivo se transformó en una máscara de puro horror. Sus ojos se fijaron en los dos pedazos de plástico negro que Mateo aún sostenía en su mano abierta.
«¿Qué… qué hizo usted?», susurró Ricardo, con una voz que apenas era un hilo de aire.
«Le hice un favor, señor director», respondió Isabella, aún con el pecho inflado de arrogancia. «Mire este pedazo de basura. No tiene ni chip visible. El pobre hombre decía que era suya».
Ricardo sintió que las piernas se le doblaban. Miró a Mateo, quien permanecía en silencio, con esa expresión de serenidad que solo tienen quienes poseen el mundo entero. El ejecutivo se llevó las manos a la cabeza, como si estuviera presenciando el fin del mundo.
«¡¿Usted tiene idea de lo que acaba de hacer?!», gritó Ricardo, perdiendo toda la compostura que lo caracterizaba. El grito hizo que los invitados retrocedieran, confundidos.
Isabella parpadeó, desconcertada. «Es solo una tarjeta, Ricardo. Puedo pagarle una nueva si tanto le preocupa el desorden».
«¡No era una tarjeta bancaria, idiota!», bramó el director, y el insulto golpeó a Isabella como una bofetada física. «¡Esa era la Llave Maestra de la Bóveda VIP y del Control Central! ¡Esa tarjeta no se emite por un banco, se fabrica a medida en Suiza para el propietario absoluto de esta corporación!»
El color abandonó el rostro de Isabella tan rápido que tuvo que sostenerse de la barra de mármol. El silencio en el VIP era ahora tan denso que se podía escuchar el tic-tac de los relojes de lujo.
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