Mariana dejó escapar una risotada seca, de esas que cortan el aire y hielan la sangre, mientras señalaba con su uña perfectamente manicurada la muñeca izquierda de Sofía.
El silencio en la sala de juntas de «Vanguardia & Estilo» se volvió tan denso que podía cortarse con un cuchillo.
Los otros siete directivos, todos vestidos con trajes que costaban más que un auto promedio, desviaron la mirada, incómodos pero incapaces de detener el espectáculo.
—Dime una cosa, Sofía —insistió Mariana, acomodándose su saco de seda blanca que relucía bajo las luces LED de la oficina—. ¿Es una broma de mal gusto o simplemente no tienes un espejo en tu casa?
Sofía bajó la mirada, intentando ocultar el brazo bajo la mesa de cristal, pero ya era tarde.
El reloj en cuestión era una pieza de acero opaco, con el cristal rayado por el tiempo y una correa de cuero tan gastada que los bordes se deshilachaban en pequeños hilos color café.
Desentonaba horriblemente con el minimalismo de alta gama de la firma de arquitectura más prestigiosa del país.
—Es un recuerdo familiar, señora —susurró Sofía, con la voz apenas audible.
—¿»Señora»? —Mariana arqueó una ceja, disfrutando del poder que le otorgaba su cargo de Directora de Proyectos—. Aquí nos llamamos por nuestros títulos, querida. Aunque entiendo que alguien que usa esa chatarra no comprenda el concepto de jerarquía.
Mariana se puso de pie y caminó lentamente alrededor de la mesa, el taconeo de sus zapatos de diseñador resonando como una sentencia de muerte en el piso de mármol.
Se detuvo justo detrás de la joven pasante, que apenas llevaba tres semanas en la empresa.
—Este es un templo de la estética, Sofía —continuó Mariana, inclinándose para que su perfume costoso inundara el espacio personal de la chica—. Diseñamos rascacielos para los hombres más ricos del mundo.
La ejecutiva extendió la mano y, con un gesto de asco, tomó la muñeca de Sofía para elevarla, exponiendo el reloj ante todos los presentes.
—Miren esto —dijo Mariana, dirigiéndose a la junta—. Rayado, viejo, probablemente ni siquiera da la hora exacta. Es una falta de respeto presentar un plano de diez millones de dólares llevando esto puesto.
Sofía sintió que las mejillas le ardían. Podía sentir la lástima de algunos y la indiferencia de otros.
—Mi padre me lo dio antes de… —empezó Sofía, pero Mariana la interrumpió con un bufido despectivo.
—Ay, por favor, ahórrate la historia lacrimógena de la herencia del pueblo. Si tu padre te dejó esto, claramente no tenía mucho gusto, ni mucho dinero.
Un jadeo colectivo recorrió la sala. Mariana acababa de cruzar una línea que incluso en el despiadado mundo corporativo se consideraba sagrada.
Sofía se tensó. El dolor en su pecho se transformó de repente en una chispa de indignación que empezó a recorrerle la columna vertebral.
—No hable de mi padre —dijo Sofía, esta vez con una voz firme que sorprendió a los presentes.
—¿Cómo dices? —Mariana soltó la muñeca de la chica como si le hubiera quemado—. ¿Te atreves a levantarme la voz?
—Digo que usted no tiene ni la más mínima idea de lo que representa este reloj —respondió Sofía, poniéndose de pie con una calma que hizo que Mariana retrocediera un paso, casi imperceptiblemente.
—Lo que representa es tu mediocridad —escupió la ejecutiva, tratando de recuperar el control—. Y te aseguro que hoy mismo estarás recogiendo tus cosas. No quiero a gente con «sentimientos» y accesorios de basura en mi equipo.
Sofía no lloró. En lugar de eso, sus dedos se dirigieron al cierre del reloj.
Sus manos no temblaban. Había una solemnidad en sus movimientos que obligó a toda la junta directiva a prestar atención.
—Este reloj —dijo Sofía, desprendiendo la correa de su muñeca— ha estado en las obras de construcción más importantes de este siglo.
Mariana soltó una carcajada burlona, mirando a sus colegas buscando complicidad, pero se encontró con rostros serios.
Don Valenzuela, el socio mayoritario y fundador de la firma, que hasta ese momento había permanecido en absoluto silencio, se inclinó hacia adelante, entrecerrando los ojos para ver el objeto.
—Sofía, no empeores las cosas —advirtió Mariana, aunque por dentro empezaba a sentir una extraña punzada de duda al ver la expresión de la joven—. Solo vete antes de que llame a seguridad.
—Me iré —asintió Sofía—. Pero antes, quiero que vea algo. Ya que le gusta tanto juzgar la estética, debería aprender a mirar el contenido.
Sofía caminó hacia el centro de la mesa y depositó el reloj gastado justo frente a Mariana.
—Dle la vuelta —desafió la pasante—. Lea lo que dice en el reverso.
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