¿Es posible que el brillo del dinero sea capaz de cegar más que cualquier enfermedad física? La respuesta estaba allí, en esa habitación silenciosa, donde el aire se sentía pesado, cargado de una traición que todavía no terminaba de ejecutarse.
Marcos movió los dedos con una agilidad casi quirúrgica. Sus manos, que tantas veces habían recibido caricias y bendiciones de su tía Elena, ahora se deslizaban con la frialdad de un ladrón experimentado sobre el dial de la caja fuerte. Valeria, su asistente y cómplice, lo observaba desde la puerta con los ojos bien abiertos, conteniendo la respiración como si el más mínimo suspiro pudiera despertar a la fiera que, según ellos, ya no tenía garras.
A escasos tres metros, sentada en su vieja silla de ruedas de madera, doña Elena permanecía inmóvil. Sus ojos estaban ocultos tras unas gafas oscuras, esas que usaba desde que el glaucoma, supuestamente, le había arrebatado la luz hacía dos años. Su rostro era un mapa de arrugas que contaban historias de sacrificio y trabajo duro, pero en ese momento, para Marcos, solo era un estorbo, un mueble viejo que pronto dejaría de ser su responsabilidad.
—Rápido, Valeria, el tiempo corre —susurró Marcos, sintiendo cómo el sudor le bajaba por la nuca.
El «clic» final de la caja fuerte resonó en la habitación como un disparo. La puerta de acero se abrió sin resistencia, revelando los ahorros de toda una vida. Había fajos de billetes amarrados con ligas elásticas, joyas de oro que habían pertenecido a la abuela y documentos que valían más que la casa entera.
Valeria se acercó con una bolsa de lona negra. Sus ojos brillaban con una ambición desmedida. Empezaron a vaciar el contenido con una prisa desesperada, sin notar que doña Elena apretaba ligeramente los apoyabrazos de su silla.
Marcos sentía una mezcla de adrenalina y asco por sí mismo, pero la codicia siempre terminaba ganando la batalla en su interior. Pensaba en las deudas de juego, en el coche deportivo que siempre quiso y en cómo esa vieja «ciega» ya no necesitaba tanto dinero para esperar a la muerte.
—¿Te imaginas lo que vamos a hacer con esto? —le dijo Valeria al oído, mientras guardaba un collar de esmeraldas—. Es justicia poética, Marcos. Ella ya no puede ver estas joyas, para ella son solo piedras frías.
Marcos asintió, aunque por un segundo sintió un escalofrío. Miró a su tía. Ella no se movía. Parecía estar sumida en un sueño profundo o quizás en ese vacío oscuro en el que él creía que ella vivía.
—Es por nuestro futuro —se justificó él en voz baja, más para convencerse a sí mismo que para informar a su cómplice—. Ella tuvo su tiempo. Ahora nos toca a nosotros.
Terminaron de vaciar la caja. El eco del metal golpeando contra el fondo de la bolsa era la banda sonora de una traición familiar perfecta. Marcos cerró la puerta de la caja fuerte con cuidado, tratando de no dejar rastro, aunque sabía que, según su lógica, Elena nunca se daría cuenta del robo porque «no podía ver» el vacío que dejaban.
Valeria se acomodó el cabello y salió de la habitación con la bolsa, moviéndose como una sombra. Marcos se quedó un momento más. Tenía que cumplir con el último acto de esta obra de teatro macabra. Tenía que despedirse.
Se acercó a la anciana. Podía oler el suave aroma a lavanda que siempre la acompañaba. Por un instante, el recuerdo de cuando ella lo cuidaba de niño, curándole las rodillas raspadas con besos, cruzó su mente como un relámpago doloroso. Pero lo apartó. El peso de la bolsa en manos de Valeria era más fuerte que cualquier recuerdo.
—Tía Elena… —dijo con una voz que fingía una ternura que ya no poseía—. Ya me voy, querida. Tengo que ir a arreglar esos asuntos en la oficina.
La anciana no respondió de inmediato. Inclinó un poco la cabeza, como tratando de localizar la fuente del sonido, manteniendo esa actuación de fragilidad que Marcos tanto despreciaba internamente.
—¿Ya te vas, mi niño? —preguntó ella con una voz quebrada, tan suave que parecía que se iba a romper con el viento.
—Sí, tía. Pero no te preocupes, Valeria se quedará un momento más para asegurarse de que estés cómoda —mintió él, sabiendo perfectamente que Valeria ya estaba en el auto esperando para huir.
Marcos se inclinó y le dio un beso en la mejilla. La piel de Elena estaba fría. Él sintió un alivio inmenso al pensar que esta sería la última vez que tendría que fingir afecto por una mujer que, a sus ojos, ya estaba muerta en vida.
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