Continuamos con la historia justo en el momento en que la tensión estalla…
Rodrigo soltó un suspiro largo, un sonido que llevaba cargando en los pulmones desde hacía más de un año. Se acercó un paso a Valeria, obligándola a retroceder ante la intensidad de su mirada.
—¿Recuerdas hace catorce meses, Valeria? —preguntó él, con una voz que cortaba como el hielo—. ¿Recuerdas cuando me dieron el diagnóstico?
Valeria parpadeó, confundida por el cambio de tema. Su rostro se puso ligeramente pálido, pero recuperó su arrogancia rápidamente.
—Ay, Rodrigo, no empieces con eso otra vez. Fue una etapa difícil, ya pasó. Estamos sanos ahora y eso es lo que importa —dijo ella, restándole importancia con un gesto de la mano—. Pero eso no tiene nada que ver con regalarle una propiedad de tres millones de dólares a la servidumbre.
—Tiene todo que ver —replicó Rodrigo, y esta vez, se dirigió también a los presentes, como si necesitara que el mundo entero escuchara la verdad—. Cuando los médicos me dijeron que tenía un linfoma agresivo y que mis probabilidades eran del veinte por ciento, mis cuentas bancarias fueron congeladas por la disputa legal de la herencia de mi padre. ¿Lo recuerdas?
Valeria desvió la mirada. —Fue un problema administrativo, Rodrigo. Yo estuve ahí… a mi manera.
—»A tu manera» —repitió él con sarcasmo—. Tu manera fue irte de vacaciones a Europa «porque no podías soportar verme tan demacrado» y porque «la energía de los hospitales te deprimía». Me dejaste solo en una habitación de hospital, enfrentando quimioterapias que me destrozaban el alma, sin dinero para pagar los tratamientos experimentales que no cubría el seguro.
Beatriz, a un lado, comenzó a sollozar en silencio. Ella recordaba cada noche de esas. Recordaba haber limpiado el vómito de Rodrigo, haberle sostenido la mano cuando deliraba por la fiebre y haber sido la única persona que no lo miraba con lástima, sino con amor de madre.
—¿Sabes cómo se pagaron esos tratamientos, Valeria? —continuó Rodrigo, dando un paso más hacia su prometida, quien ahora lucía visiblemente nerviosa—. ¿Sabes de dónde salió el dinero para la cirugía que me salvó la vida cuando los bancos se negaban a liberarme un solo centavo?
Valeria guardó silencio. Ella siempre había asumido que algún contacto influyente de Rodrigo había intervenido.
—No fue un préstamo bancario. No fue una donación de mis «amigos» de la alta sociedad que desaparecieron en cuanto olieron la enfermedad —dijo Rodrigo, señalando a Beatriz—. Fue ella.
Valeria soltó una carcajada nerviosa, incrédula. —¿Ella? ¿De dónde iba a sacar esa mujer tanto dinero? ¿Robó tus joyas?
—¡Cállate! —rugió Rodrigo, y el silencio que siguió fue absoluto—. Doña Beatriz no robó nada. Ella hizo lo que tú ni siquiera consideraste como una opción. Ella remató su casita en el pueblo, la única propiedad que tenía y que había pagado durante treinta años de trabajo duro. Vendió su pequeño terreno, sus ahorros de toda la vida y hasta sus anillos de matrimonio.
Los ojos de Valeria se abrieron de par en par. Miró a Beatriz como si la viera por primera vez.
—Ella llegó a la clínica con una bolsa de plástico llena de efectivo y cheques de la venta de su vida entera —continuó Rodrigo, con las lágrimas ahora corriendo libremente por sus mejillas—. Se presentó ante el administrador y pagó mi tratamiento por adelantado. Cuando le pregunté por qué lo había hecho, ¿sabes qué me dijo? Me dijo: «Niño Rodrigo, el dinero va y viene, pero un corazón bueno no se encuentra dos veces en la vida. Yo ya estoy vieja, pero usted tiene mucho que darle al mundo».
Beatriz se cubrió el rostro con sus manos gastadas. —No era para tanto, niño… usted es como un hijo para mí.
—Usted se quedó en la calle por mí, Doña Bea —dijo Rodrigo, volviéndose hacia ella con infinita ternura—. Vivió en ese cuartucho al fondo de la oficina, durmiendo en un catre durante un año, sin decirme una palabra, mientras yo me recuperaba y recuperaba mi empresa. Me enteré hace apenas un mes, cuando el nuevo dueño de su antigua casa me llamó para preguntarme si yo sabía dónde estaba la mujer que le había vendido la propiedad «para salvar a un muchacho».
Valeria estaba lívida. El diamante de su anillo de compromiso, que tanto presumía, parecía ahora un trozo de vidrio sin valor frente a la magnitud del sacrificio de Beatriz.
—Rodrigo… yo… yo no sabía eso —balbuceó Valeria, intentando suavizar su tono—. Es… es muy noble de su parte, de verdad. Pero aun así, una mansión es demasiado. Podríamos comprarle un departamento lindo, algo más… acorde a su nivel. No hace falta exagerar.
Rodrigo miró a la mujer que alguna vez pensó amar. Vio la superficialidad, la falta de alma, el cálculo frío detrás de sus palabras. Vio a una persona que valoraba a los seres humanos por lo que tenían y no por lo que eran.
—»Acorde a su nivel» —repitió Rodrigo—. Tienes razón, Valeria. Esta casa no es acorde al nivel de Doña Beatriz. Ella merece un palacio, merece el cielo entero si pudiera bajárselo. Lo que no es acorde a su nivel, es tener que compartir el mismo aire con alguien como tú.
Valeria retrocedió como si le hubieran dado una bofetada. —¿Qué estás diciendo?
—Estoy diciendo que esta casa ya está a nombre de Beatriz —declaró Rodrigo, extendiendo finalmente las llaves—. Es su propiedad. Ella es la dueña absoluta. Y yo… yo me voy a mudar con ella por un tiempo, para ayudarla a instalarse, porque ella es mi verdadera familia.
—¿Y nuestra boda? —preguntó Valeria con la voz temblorosa—. ¿Y nuestro futuro? Rodrigo, no puedes tirar años de relación por un arranque de gratitud hacia la empleada.
—No es un arranque de gratitud, Valeria. Es un despertar —dijo él con firmeza—. Me pediste un ultimátum. Dijiste que o ella o tú. Y en este momento, me doy cuenta de que no hay nada que elegir. Ella sacrificó su vida por la mía cuando yo no era nadie más que un enfermo desahuciado. Tú me abandonaste cuando más te necesité y ahora vienes a reclamar una casa que se pagó con el sudor y el sacrificio de la mujer que desprecias.
Rodrigo se quitó el reloj de lujo que llevaba en la muñeca, un regalo que Valeria le había hecho con el dinero de él mismo meses atrás, y lo dejó caer al suelo sin cuidado.
—Vete de aquí, Valeria —sentenció—. No quiero volver a ver tu rostro. Quédate con el anillo, véndelo, haz lo que quieras con él. Es lo único que te queda de mí.
—¡No me puedes hacer esto! —gritó ella, perdiendo los papeles—. ¡Soy Valeria Montesinos! ¡No me puedes dejar por una vieja que limpia pisos!
Rodrigo ya no la escuchaba. Se había dado la vuelta para abrazar a una Beatriz que no paraba de llorar.
Descubre el desenlace final tocando el botón siguiente 👇




