Estás en la parte 2: la historia continúa…
El Club Los Alerces resplandecía bajo las luces de neón y los candelabros de cristal. Era un oasis de opulencia donde el perfume caro se mezclaba con el olor a cuero de los asientos de los autos de lujo estacionados en la entrada. En la puerta principal, Julián y Vanessa bajaban del convertible rojo con una suficiencia que asqueaba a los empleados del valet parking.
—¿Viste cómo voló el viejo? —se mofó Vanessa mientras se retocaba el labial rojo frente al espejo retrovisor—. Parecía un sapo tratando de salvar su cajita de cartón. ¡Qué risa me dio!
Julián soltó una carcajada mientras le entregaba las llaves al empleado con un gesto de desprecio.
—Te lo dije, preciosa. Hay gente que nace para estorbar y gente que nace para conducir. Ese viejo debería estar agradecido de que le dimos un baño, se veía que no se había aseado en años.
Entraron al salón principal, donde la crema y nata de los negocios regionales se congregaba. Julián buscaba desesperadamente a «El Jefe», el hombre que estaba por decidir a quién otorgarle el contrato de distribución más grande de la década. Era su oportunidad de oro para dejar de vivir de la herencia de su padre y consolidarse como un magnate.
Lo que Julián no sabía era que, a las afueras del club, una motocicleta negra acababa de estacionarse de forma estrepitosa justo detrás de su preciado convertible. Santiago bajó de la moto, se quitó el casco y, sin siquiera arreglarse el cabello desordenado por el viento, caminó hacia la entrada.
El guardia de seguridad intentó detenerlo.
—Señor, este es un evento privado. Se requiere traje formal y…
Santiago ni siquiera se detuvo. Simplemente sacó una tarjeta dorada de su cartera y se la puso frente a los ojos al guardia. El hombre palideció al instante.
—Señor… lo lamento mucho. Pase, por favor. ¿Desea que anuncie su llegada?
—No —dijo Santiago con voz cortante—. Quiero que sea una sorpresa.
Santiago entró al salón. Su presencia era disruptiva. En un mar de esmóquines y vestidos de seda, su chaqueta de cuero húmeda y sus botas sucias de barro llamaban la atención de todos. Pero a él no le importaba. Sus ojos escaneaban la sala como un halcón hasta que localizó el vestido de lentejuelas de Vanessa y la risa ruidosa de Julián.
La pareja estaba cerca de la mesa de honor, presumiendo sus supuestos logros comerciales ante un grupo de empresarios. Santiago se acercó lentamente, colocándose justo detrás de ellos.
—Es una noche maravillosa, ¿no creen? —dijo Santiago, interviniendo en la conversación.
Julián se dio la vuelta, con una mueca de disgusto al ver el aspecto del recién llegado.
—Oye, amigo, creo que te equivocaste de fiesta. La reunión de motociclistas es en la gasolinera de la esquina —dijo Julián, provocando las risas de sus acompañantes.
Vanessa arrugó la nariz.
—¡Qué olor! Huele a… agua estancada y asfalto. Seguridad, ¿cómo dejaron entrar a este tipo?
Santiago no se inmutó. Mantuvo una calma gélida que empezó a inquietar a los presentes.
—Es curioso que menciones el olor a asfalto, Vanessa. Porque hace menos de media hora, ese era el mismo olor que tenía un anciano al que ustedes tiraron al suelo para divertirse —dijo Santiago, elevando un poco la voz para que las mesas cercanas escucharan.
El rostro de Julián cambió ligeramente de color, pero su arrogancia ganó la partida.
—No sé de qué hablas, loco. Si algún viejo se cayó, fue por su propia torpeza. Nosotros no tenemos tiempo para fijarnos en los indigentes que cruzan por donde no deben.
—Se llamaba Don Mateo —continuó Santiago, dando un paso hacia adelante, invadiendo el espacio personal de Julián—. Y no es un indigente. Es un hombre que ha trabajado más años de los que tú llevas respirando. Llevaba un pastel para su nieta. Un pastel que ustedes destruyeron.
—¿Y qué? —espetó Vanessa, cruzándose de brazos—. Era un pastel de diez dólares. Si tanto te importa, toma —sacó un billete de cincuenta de su bolso y lo tiró al suelo—. Cómprale dos y deja de molestarnos. Estamos esperando al dueño de este lugar para cerrar un negocio millonario.
En ese momento, el murmullo en el salón cesó por completo. El director del club y el padre de Julián se acercaron rápidamente al ver el altercado.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó el padre de Julián, un hombre mayor que sí conocía el valor del trabajo—. Santiago, qué gusto verte, pero… ¿por qué estás en ese estado?
Santiago miró al padre de Julián con una mezcla de respeto y lástima.
—Señor Alberto, lamento interrumpir la gala. Pero su hijo y su acompañante acaban de cometer un acto de cobardía que no puedo dejar pasar. Atropellaron emocionalmente y humillaron a un anciano en la carretera. Y por lo que veo, no tienen el menor remordimiento.
Julián se puso nervioso al ver que su padre conocía al «motociclista».
—Papá, este tipo exagera. Solo pasamos por un charco, el viejo se asustó solo. Es un oportunista.
Santiago sonrió, pero no fue una sonrisa agradable.
—¿Oportunista? Julián, tú venías hoy a pedirme que firmara el contrato de exclusividad para la distribución en toda la zona norte. Venías a rogarme que salvara la empresa de tu familia, que tú mismo has estado hundiendo con tus excesos.
Julián sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—¿Tú… tú eres el inversionista principal? ¿Tú eres el CEO de Global Trade?
—El mismo —respondió Santiago con frialdad—. Pero parece que tu inteligencia es tan corta como tu empatía. No solo no voy a firmar ese contrato, sino que a partir de este momento, retiro toda inversión relacionada con tu apellido. No hago negocios con gente que no tiene la calidad humana para respetar a un abuelo en la calle.
El salón quedó en un silencio sepulcral. Vanessa intentó decir algo, pero Santiago la interrumpió.
—Y no se preocupen por el pastel de cincuenta dólares. Ya me encargué de que Don Mateo tenga el mejor cumpleaños de su vida. Lo que ustedes van a tener es el peor año fiscal de su historia.
Pero Santiago no había terminado. Tenía un último acto de justicia preparado que nadie en ese salón olvidaría jamás.
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