Seguimos exactamente donde quedó la escena de la mansión…
El haz de luz de la linterna del celular cortó la negrura como un cuchillo. Julián entró en una habitación pequeña, pero extrañamente amueblada. No era un calabozo de película, era algo mucho más perverso: una imitación grotesca de una habitación de lujo, pero sin ventanas y con paredes recubiertas de material aislante para el sonido.
Al fondo de la estancia, sobre un colchón que descansaba directamente en el suelo, una figura se encogió, tapándose los ojos ante la repentina claridad.
—¿Beatriz? —la voz de la mujer era apenas un susurro roto, una cuerda de violín a punto de reventar—. Por favor… hoy no… no me obligues a comer eso otra vez…
Julián sintió que el mundo se desmoronaba bajo sus pies. Esa voz. A pesar de la ronquera y el miedo, era la voz de Elena.
—¿Elena? —logró articular él, con la garganta cerrada por el horror.
La figura se tensó. Lentamente, bajó las manos de su rostro. Elena estaba irreconocible. Su cabello, antes sedoso y brillante, era ahora una maraña opaca y grisácea. Su piel tenía el color de la cera y sus ojos, hundidos en cuencas oscuras, brillaban con una mezcla de terror y una esperanza desesperada que dolía ver.
Pero lo peor no era su aspecto físico. Lo peor era el grillete de acero que rodeaba su tobillo derecho, unido a una cadena corta anclada firmemente a la pared de concreto.
—¿Julián? —preguntó ella, como si estuviera viendo una alucinación—. ¿Eres tú… o es otro de sus juegos?
Julián se arrodilló a su lado, ignorando la suciedad y el olor a encierro. Sus lágrimas empezaron a caer sin control.
—Soy yo, Elena. Dios mío, perdóname… perdóname por no haberte buscado aquí, en mi propia casa —sollozó el hombre, tratando de tocarla, pero ella retrocedió por instinto, temerosa de cualquier contacto humano.
—Ella me dijo que tú sabías —susurró Elena, con las manos temblando—. Me dijo que tú le habías pedido que me encerrara porque te daba asco mi presencia en la oficina… que yo era una distracción para tu carrera.
—¡Es mentira! —gritó Julián, aunque bajó la voz de inmediato al recordar la fiesta de arriba—. Ella es un monstruo, Elena. Yo nunca… yo pasé meses llorando tu ausencia. Fui a la policía mil veces.
Elena comenzó a llorar, un llanto silencioso que sacudió todo su cuerpo desnutrido. Julián examinó la cadena. Necesitaba herramientas, algo para liberarla de esa tortura.
—Tengo que sacarte de aquí ahora mismo —dijo Julián, poniéndose en pie—. No te muevas, volveré en un minuto.
—¡No! ¡No me dejes! —suplicó ella, agarrando el pantalón de su smoking con dedos esqueléticos—. Si ella te ve, nos matará a los dos. No tienes idea de lo que es capaz. Ella… ella viene todas las noches. Me hace vestirme con su ropa vieja y me obliga a repetir que soy una basura.
Julián sintió una furia negra, una sed de justicia que nunca había experimentado en un tribunal. Su esposa, la mujer con la que compartía su cama y su vida, era una psicópata que había destruido a un ser humano por puros celos enfermizos.
—Escúchame bien, Elena. Voy a subir y voy a terminar con esto. Te juro por mi vida que esta es tu última noche en este agujero.
Justo cuando Julián se disponía a salir para buscar algo con qué romper el candado, escuchó un sonido que le heló la sangre.
El eco de unos tacones bajando las escaleras de madera. Click, clack, click, clack. Ritmo lento. Constante. Seguro.
Julián apagó la linterna del celular y se pegó a la pared, detrás de la puerta de acero. Elena se cubrió con la sábana sucia, temblando violentamente.
La puerta se abrió por completo. Beatriz entró, sosteniendo una bandeja con una sola copa de vino y un pequeño plato de sobras de la fiesta. Llevaba una sonrisa gélida en el rostro, la misma que usaba para saludar a los embajadores arriba.
—Espero que tengas hambre, querida —dijo Beatriz, su voz resonando en el pequeño espacio—. Los invitados dejaron unos canapés de salmón exquisitos. Aunque claro, tú ya no estás acostumbrada a la comida de gente decente, ¿verdad?
Beatriz dejó la bandeja en el suelo con desprecio.
—¿Por qué no me hablas hoy? —insistió Beatriz, acercándose a Elena—. ¿Sigues soñando con mi marido? Déjame recordarte que mientras tú te pudres aquí, él está arriba, brindando conmigo, celebrando nuestro éxito. Él ya ni siquiera recuerda tu nombre.
Elena no respondió, solo miraba con ojos desorbitados un punto detrás de Beatriz.
—¿Qué miras? —preguntó Beatriz, frunciendo el ceño—. ¿Crees que hay alguien ahí? No hay nadie, Elena. Estás sola en el mundo. Nadie va a venir a…
En ese momento, Julián salió de las sombras. Su rostro era una máscara de odio puro.
—Te equivocas, Beatriz. Yo estoy aquí.
El grito que escapó de la garganta de Beatriz no fue de miedo, sino de una rabia animal al verse descubierta. Dejó caer la copa de vino, que se hizo añicos en el suelo, tiñendo de rojo el cemento, como si fuera la sangre de su propia traición.
—¡Julián! —exclamó ella, recuperando la compostura con una rapidez aterradora—. Esto… esto no es lo que parece. Ella es una loca, me atacó… yo solo intentaba protegernos…
—¡Cállate! —rugió Julián, avanzando hacia ella—. No digas ni una palabra más. He escuchado suficiente. He visto suficiente.
Beatriz retrocedió, pero su mirada cambió. Ya no era la esposa devota ni la anfitriona perfecta. Sus ojos se volvieron estrechos, cargados de un veneno milenario.
—¿Y qué vas a hacer, «abogado del año»? —lo desafió ella con una risa histérica—. ¿Vas a llamar a la policía? ¿Vas a destruir nuestra reputación? Si yo caigo, tú caes conmigo. Diré que fue idea tuya. Diré que tú me ayudaste a encadenarla. ¿Quién crees que le creerá a un hombre que tuvo a una mujer secuestrada en su sótano durante un año y dice que «no sabía nada»?
Julián se detuvo. Ella tenía razón en algo: legalmente, su posición era precaria. Pero Beatriz no contaba con que Julián ya no estaba pensando como un abogado. Estaba pensando como un hombre que acababa de ver el alma de su esposa podrida hasta la médula.
—No necesito que me crean, Beatriz —dijo él con una calma que la puso nerviosa—. Solo necesito que el mundo vea quién eres realmente.
Julián sacó su teléfono. La luz roja de grabación estaba encendida. Había captado toda su confesión, sus burlas y su crueldad desde que entró en la habitación.
Beatriz se lanzó hacia él con las uñas listas para desgarrar, gritando como una poseída.
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