Te quedaste con la duda de qué fue lo que Mateo descubrió en aquel oscuro estacionamiento, y esa curiosidad es la que hoy te permitirá conocer la verdad completa.
A veces, el destino tiene una forma muy retorcida de entregarnos las mejores noticias en los peores momentos, como si quisiera probarnos de qué madera estamos hechos.
Mateo sentía que el corazón se le iba a salir del pecho, pero no por la alegría que traía guardada, sino por el frío gélido que le recorrió la espalda al ver la escena.
Ahí estaba ella, Elena, su esposa por más de siete años, la mujer por la que él había doblado turnos en la fábrica y por la que se había olvidado de sus propios sueños.
Bajaba de un Mercedes Benz color plata, uno de esos autos que gritan dinero por todos sus poros, y no bajaba sola.
El hombre que conducía, un sujeto de traje impecable y cabello perfectamente peinado, le rodeó la cintura con una familiaridad que a Mateo le dolió más que un golpe físico.
Elena reía. Era una risa que Mateo no había escuchado en meses, una risa ligera, sin las preocupaciones de las deudas o del cansancio que ella siempre alegaba tener al llegar a casa.
—¿Entonces nos vemos el viernes? —preguntó el hombre, acercándose peligrosamente a su rostro.
—Cuenta con ello, mi amor. Fue una noche increíble —respondió Elena, con una voz que Mateo desconocía por completo.
Mateo, oculto tras una columna de concreto del estacionamiento del centro comercial, sentía que el sobre que llevaba en la mano pesaba toneladas.
Era un sobre amarillo, un poco arrugado por el sudor de sus manos, pero cargado con el futuro que él creía que ambos deseaban.
«Ah, por eso era que ya no llegabas a dormir», murmuró Mateo para sí mismo, con la voz quebrada y los ojos nublados por las lágrimas que se negaba a soltar.
Decidió que ya no podía seguir escondido; el dolor era tan agudo que necesitaba transformarlo en algo más, en una confrontación que pusiera fin a la farsa.
Salió de las sombras lentamente, sus botas de trabajo haciendo un eco seco contra el pavimento del lugar.
Elena, al escucharlo, se giró rápidamente, y su rostro pasó del carmín de la felicidad al blanco ceniza del terror en menos de un segundo.
—¿Mateo? ¿Qué haces aquí? Se supone que salías a las once —alcanzó a decir ella, soltándose bruscamente del brazo del desconocido.
—¿Desde cuándo se están burlando de mí en mi propia cara? —gritó Mateo, ignorando su pregunta. El dolor en su voz era tan evidente que incluso el hombre del traje dio un paso atrás, incómodo.
—Mateo, cálmate, por favor. No es lo que parece, él es solo un… un compañero de la oficina —intentó mentir ella, pero sus ojos la traicionaban, saltando nerviosos de un lado a otro.
—¿Un compañero de oficina al que llamas «mi amor»? ¿Un compañero que te trae a esta hora después de decirme que tenías una junta de emergencia? —Mateo se acercó más, la rabia empezando a ganarle al dolor.
El hombre del auto, tratando de recuperar algo de su supuesta superioridad, intervino con una voz condescendiente que solo logró encender más la mecha.
—Mira, amigo, no hagamos una escena aquí. Creo que lo mejor es que te vayas a casa y hablen allá —dijo el sujeto, acomodándose el nudo de la corbata.
Mateo lo miró con un desprecio tan profundo que el hombre guardó silencio de inmediato. Luego volvió su mirada a Elena, quien temblaba visiblemente.
—Toda la ciudad sabe que me rompo el lomo trabajando para que no te falte nada, Elena. Me salté comidas, vendí mi viejo camioncito, hice todo lo que un hombre hace por la mujer que ama —dijo Mateo, bajando el tono, lo que lo hacía sonar aún más peligroso.
—Yo también he trabajado, Mateo. ¡Nuestra vida es monótona! ¡Tú siempre estás cansado, siempre hueles a grasa de motor! —gritó ella, tratando de defenderse con el ataque, una táctica vieja pero efectiva.
—Huelo a trabajo, Elena. Huelo al esfuerzo que puse para que hoy pudiera entregarte esto —dijo él, levantando el sobre amarillo con una mano temblorosa.
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