Estás en la parte 2: la historia continúa y la tensión sube de nivel…
La atmósfera en el salón era tan densa que se podía cortar con un cuchillo. El silencio que siguió a las palabras de Isabella fue interrumpido únicamente por el goteo rítmico de la sangre de Elena cayendo sobre los fragmentos de vidrio. Marcus se mantenía firme, pero su mente era un torbellino. Por un lado, tenía a la mujer que amaba, o al menos a la mujer que creía conocer, deshecha en un mar de lágrimas. Por el otro, estaba Elena, la mujer que siempre había sido el pilar de la honestidad, ahora señalada como una agresora inestable.
—Marcus, por favor —suplicó Isabella, reforzando su abrazo—. Haz que se vaya. No puedo más con esta presión. Ella me odia, siempre me ha odiado porque yo logré lo que ella nunca pudo: un hombre que me quiera de verdad y una vida de reina.
Elena dio un paso atrás, sintiendo el mareo por la pérdida de sangre, pero se negó a desmayarse. Se sostuvo de la pared, dejando una mancha roja en el papel tapiz de seda. Sus ojos se fijaron en los de Marcus, buscando esa chispa de justicia que siempre lo había caracterizado.
—¿De verdad vas a creerle, Marcus? —preguntó Elena con una tristeza infinita—. ¿Después de todos los años que nos conocemos? ¿Crees que yo sería capaz de lastimar a alguien, y mucho menos a mi propia sangre?
Marcus suspiró, cerrando los ojos por un segundo. La confusión lo estaba matando.
—Elena, los hechos hablan por sí solos —dijo Marcus con voz ronca—. Estás herida, sí, pero Isabella está en shock. Ella dice que la atacaste. ¿Cómo explicas el desorden? ¿Cómo explicas que ella esté tan aterrorizada?
—¡Porque es una actriz! —gritó Elena, perdiendo finalmente la paciencia—. ¡Es una manipuladora que solo quiere tu dinero y esta casa! Me empujó porque le dije que yo sabía lo de sus cuentas ocultas, Marcus. Ella te está robando desde hace meses.
Isabella palideció por un segundo, un detalle que Marcus no alcanzó a ver pero que doña Rosa, desde la cocina, notó perfectamente. La villana reaccionó rápido, soltando una carcajada histérica que rápidamente se convirtió en un sollozo ahogado.
—¡Ves! ¡Ves cómo miente! —exclamó Isabella—. ¡Ahora inventa historias de dinero para ponerme en tu contra! ¡Es una víbora, Marcus! ¡Sácala de aquí antes de que cometa una locura mayor!
Marcus, sintiéndose presionado y queriendo terminar con el drama, tomó una decisión que lamentaría profundamente en los minutos siguientes. Se acercó a Elena y, sin tocarla, le señaló la puerta.
—Elena, creo que es mejor que te vayas por unos días. Necesitamos calmar las cosas. Ve a un hotel, yo lo pagaré, pero no puedes estar aquí ahora.
El corazón de Elena se hundió. La traición de su hermana era esperada, pero la falta de fe de Marcus fue el golpe de gracia. Sin decir una palabra más, con la frente en alto y el brazo sangrando, caminó hacia la salida. Pero antes de cruzar el umbral, se detuvo y miró hacia el techo, recordando algo que Isabella, en su arrebato de ira, había olvidado por completo.
—Antes de que me eches como a un perro, Marcus —dijo Elena, dándose la vuelta con una calma gélida que asustó a Isabella—, ¿por qué no revisas el regalo que te instalaron esta mañana? El técnico de seguridad me dijo que el sistema ya estaba activo desde las doce del mediodía.
El rostro de Isabella pasó de un rojo histérico a un blanco cadavérico en menos de un segundo. Sus manos empezaron a temblar de verdad, pero esta vez no era una actuación. Se giró hacia Marcus, intentando bloquear su paso hacia el estudio donde se encontraba el monitor del sistema.
—¡No, mi amor! No le hagas caso, solo quiere distraerte —balbuceó Isabella, interponiéndose entre Marcus y el pasillo—. Ella solo quiere seguir causando problemas. No necesitamos ver nada, yo te dije la verdad. ¿Acaso no confías en tu esposa?
Marcus, cuya intuición de hombre de negocios finalmente se despertó ante la reacción exagerada de Isabella, se detuvo en seco. Sus ojos se entrecerraron, analizando el pánico genuino que ahora emanaba de su mujer. Había algo en su mirada, una sombra de culpa que no cuadraba con el papel de víctima que acababa de interpretar.
—Isabella, si no pasó nada más que lo que tú dijiste, la grabación solo confirmará tu versión —dijo Marcus con una frialdad que heló la sangre de la mujer—. ¿Por qué te pones así?
—Es que… es una invasión a nuestra privacidad —respondió ella, buscando desesperadamente una excusa—. No quiero que nos graben en nuestra propia casa, es humillante. ¡Dile a Elena que se vaya y olvidemos todo esto!
—No —sentenció Marcus, apartándola suavemente pero con firmeza—. Quiero ver qué pasó realmente en este salón.
Marcus caminó hacia el estudio, seguido por una Isabella que tropezaba con sus propios pies y una Elena que se mantenía en pie por pura fuerza de voluntad. Al entrar al estudio, Marcus se sentó frente al monitor principal. Sus dedos volaron sobre el teclado, buscando la carpeta de grabaciones del salón principal.
Isabella se quedó en la puerta, mordiéndose las uñas, con la mente trabajando a mil por hora para inventar una nueva mentira que justificara lo que el video estaba a punto de revelar. «Fue un accidente», pensó, «diré que me defendí y que ella se tropezó». Pero sabía que la cámara, colocada en un ángulo cenital perfecto, no mentiría.
El video comenzó a reproducirse. En la pantalla, se veía el salón en silencio absoluto. De pronto, Elena entraba en escena, seguida de cerca por una Isabella que gesticulaba con violencia. Marcus subió el volumen. Las palabras de Isabella salieron por los altavoces de alta fidelidad, llenando la habitación con una crueldad que Marcus nunca había escuchado de su boca.
—»Eres una basura, Elena» —se escuchaba decir a la Isabella del video—. «Este hombre es mío, esta casa es mía y pronto todo lo que él tiene será mío. Tú solo eres un estorbo que voy a quitar del camino, como quité a los demás».
Marcus sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Esa no era la mujer dulce con la que se había casado. Esa era una extraña, un monstruo con el rostro de su esposa. El video continuó. Se veía a Elena intentando calmarla, hablando de las cuentas bancarias, de la honestidad, del amor de Marcus. Y entonces, llegó el momento.
En la pantalla, Isabella se abalanzaba sobre Elena. No hubo forcejeo, no hubo ataque por parte de Elena. Fue un empujón seco, cargado de intención, dirigido directamente hacia la mesa de cristal. El impacto fue brutal. Marcus vio cómo su esposa se quedaba mirando a su hermana sangrar con una sonrisa de satisfacción absoluta antes de empezar a fingir el llanto ante la llegada inminente de los neumáticos sobre la grava.
El video se detuvo. El silencio en el estudio era tan pesado que resultaba doloroso. Marcus no se movió por un largo minuto, manteniendo los ojos fijos en la imagen congelada de Isabella sonriendo sobre el cuerpo de Elena.
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