¿Qué he hecho? No, no es mi culpa, ella es una torpe, ella se lo buscó por responderme de esa manera, se decía Patricia a sí misma mientras sentía que el corazón le martilleaba contra las costillas, con una fuerza que amenazaba con romperle el pecho. El eco del último golpe de Elena contra el suelo de mármol todavía vibraba en el aire frío del vestíbulo. Era un silencio sepulcral, de esos que duelen en los oídos, interrumpido únicamente por el quejido sordo y rítmico de la mujer que yacía al final de la escalera, retorcida como una muñeca de trapo a la que alguien le hubiera arrancado el alma.
Patricia se aferró a la barandilla de caoba pulida. Sus nudillos estaban blancos, carentes de toda circulación. Sus ojos, inyectados en una mezcla de furia residual y un terror paralizante que empezaba a filtrarse por sus poros, no se apartaban de la figura de Elena. La empleada, que llevaba cinco años sirviendo en esa casa con una puntualidad y una devoción casi religiosas, no se movía. Solo ese gemido, un sonido que no parecía humano, salía de sus labios apretados.
—Levántate —susurró Patricia, con una voz que quería sonar autoritaria pero que terminó quebrándose como un cristal fino—. Levántate ahora mismo, Elena. Deja de hacer teatro, que no te pasó nada.
Pero Elena no respondió. Un hilo de sangre, brillante y espeso como el rubí, comenzó a serpentear desde su frente, buscando el camino entre las juntas de las baldosas blancas. Patricia sintió un mareo súbito. El lujo que la rodeaba, las lámparas de cristal de bohemia, los cuadros de autores reconocidos y el aroma a lavanda cara, de pronto le parecieron una burla. Todo su mundo de apariencias estaba a punto de colapsar por un arranque de ira, por un empujón que, en su mente, solo debía ser un «correctivo» para alguien que osó levantarle la mirada.
Hacía apenas unos minutos, la cocina había sido el escenario de una batalla campal. Patricia, frustrada por un negocio que no salió como esperaba y por la indiferencia crónica de su esposo, descargó toda su bilis sobre la mujer que limpiaba sus desastres. Elena, que ese día tenía a su hijo menor con fiebre en casa, se había atrevido a pedir salir una hora antes. Ese fue el pecado. Esa fue la chispa que encendió la pólvora.
—¿Salir antes? ¿Tú te crees que esto es una beneficencia, Elena? —le había gritado Patricia, acercándose tanto que Elena podía oler el perfume costoso mezclado con el veneno de sus palabras—. Aquí se trabaja hasta que yo diga. Si tu hijo está enfermo, es porque no lo cuidas bien. No vengas a traerme tus miserias a mi casa.
Elena, que siempre había sido el vivo retrato de la sumisión, sintió que algo se rompía dentro de ella. No fue el respeto, fue el miedo. Miró a Patricia a los ojos, con una dignidad que ninguna cuenta bancaria podría comprar.
—Usted no tiene derecho a hablar de mi hijo, señora. Yo cumplo con mi trabajo, pero no soy su esclava.
Esa frase selló su destino. Patricia, fuera de sí, la persiguió hasta el pasillo que desembocaba en la gran escalinata. Los gritos subieron de tono, los insultos se volvieron dagas, y cuando Elena intentó darse la vuelta para retirarse y evitar más conflicto, sintió las manos de Patricia en su espalda. Un empujón seco. Un empujón cargado de todo el odio acumulado contra una vida que Patricia sentía vacía.
Ahora, el silencio era absoluto. Patricia bajó el primer escalón, luego el segundo, sus tacones haciendo un «clac» seco que sonaba como un veredicto. Se detuvo a mitad de camino. ¿Y si estaba muerta? El pánico la invadió. No por Elena, sino por ella. ¿Qué dirían sus amigas del club? ¿Qué diría la prensa? «Empresaria prominente arrestada por agredir a su empleada». No, eso no podía pasar.
—Elena, escúchame bien —dijo Patricia, bajando el tono, casi en un susurro conspirador—. Te caíste. ¿Me oyes? Te resbalaste porque el piso estaba húmedo. Fuiste descuidada. Si dices eso, me encargaré de que recibas la mejor atención médica. Te daré un bono, un descanso pagado… pero te caíste sola.
Elena abrió los ojos lentamente. Su visión estaba borrosa, empañada por el dolor punzante que le recorría la columna y el calor de la sangre que ya le llegaba a la mejilla. Miró hacia arriba y vio la silueta de Patricia recortada contra la luz del vitral del techo. Parecía un demonio vestido de seda. Elena intentó hablar, pero solo un borbotón de sangre escapó de su boca.
En ese preciso instante, el sonido de una llave girando en la cerradura principal hizo que Patricia saltara como si le hubieran dado una descarga eléctrica. Era Ricardo. Su esposo. El hombre que, aunque distante, siempre se había jactado de su rectitud y de su apellido impecable.
Patricia entró en modo de supervivencia. Se despeinó un poco el cabello con manos temblorosas, se frotó los ojos para forzar unas lágrimas que no sentía y soltó un grito desgarrador, un alarido de falsa angustia que llenó toda la mansión.
—¡Ricardo! ¡Ricardo, ven rápido! ¡Es un horror! —gritaba, mientras se lanzaba al suelo, fingiendo que intentaba auxiliar a la mujer que ella misma había derribado.
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