Estás en la parte 2: la historia continúa…
Don Aurelio sacó el contenido del sobre con dedos que, por primera vez en décadas, parecían haber perdido su fuerza legendaria. No eran fajos de billetes. Eran una serie de documentos notariales y fotografías de documentos bancarios que no tenían sentido a simple vista, pero que para un hombre con el colmillo retorcido como el Patrón, contaban una historia de terror financiero.
—¿Qué es esto, Marcos? —preguntó Aurelio, aunque su voz ya empezaba a quebrarse por el entendimiento.
—Son las escrituras de la Hacienda Las Flores y los títulos de propiedad de sus empresas de transporte, Jefe —respondió Marcos, acercándose un poco más, ahora que el Patrón parecía más vulnerable que peligroso—. Pero mire los nombres de los beneficiarios. Mire quién firmó como aval para los préstamos que hipotecaron todo lo que usted construyó.
El Patrón ajustó sus lentes y acercó un documento a la luz. Sus ojos recorrieron las líneas de texto legal hasta que se detuvieron en una firma elegante, con trazos finos que él conocía desde que eran apenas garabatos en un cuaderno escolar. La firma de su propia hija, Sofía.
—No… esto no puede ser. Sofía no sabe nada de negocios. Ella está en la capital, estudiando su maestría —balbuceó Aurelio, sintiendo un vacío en el estómago que ni la peor de las traiciones de sus enemigos le había provocado jamás.
—Los Alacranes no querían comprarme para que los ayudara a entrar, Jefe —dijo Marcos con una tristeza profunda en la mirada—. Me llamaron para burlarse. Me mostraron esto para que yo supiera que ya no tenían necesidad de pelear con usted. Según estos papeles, ellos ya son dueños de la mitad de su vida. Usaron a la niña Sofía. La envolvieron, la enamoraron y la metieron en un esquema donde ella, sin saberlo, estaba firmando su propia ruina.
El silencio que siguió a las palabras de Marcos fue diferente al de antes. Ya no era un silencio de tensión y armas listas para disparar; era un silencio de funeral. Don Aurelio dejó caer los papeles sobre la mesa de mármol. El viento sopló una de las hojas, que revoloteó hasta los pies de Chacho, el jardinero, quien desde su escondite pudo leer una sola palabra en letras rojas: «EJECUCIÓN».
—Me dijeron que si yo les entregaba las claves de las cuentas de seguridad que solo yo manejo, le permitirían a usted retirarse con vida —continuó Marcos—. Por eso fui, Patrón. Fui para confirmar si era verdad. Y mientras ellos se regodeaban mostrándome cómo lo habían desplumado a usted usando a su propia sangre, yo activé esto.
Marcos sacó su teléfono celular y puso una grabación de audio. En el dispositivo se escuchaba la voz de un hombre joven, con un acento refinado pero cargado de veneno. Era Julián, el prometido de Sofía, el joven que Don Aurelio había recibido en su casa con los brazos abiertos hacía apenas seis meses.
«Dile al viejo que su tiempo ya pasó», decía la voz de Julián en la grabación. «Marcos, no seas tonto. Aurelio está acabado. Sofía ya firmó todo. Mañana a esta hora, los Alacranes seremos los dueños de Sonora. Únete o muere con el anciano. Tienes hasta la medianoche para darnos las claves de acceso al sistema de cámaras y a la bóveda.»
Don Aurelio cerró los ojos. El dolor de la traición familiar era un veneno que corría por sus venas más rápido que cualquier bala. Sofía, su pequeña, su luz, había sido el caballo de Troya que sus enemigos usaron para cruzar sus muros.
—¿Por qué no me lo dijiste antes de ir, Marcos? —preguntó Aurelio con un hilo de voz.
—Porque sabía que no me creería, Jefe. Julián es el hombre perfecto ante sus ojos. Si yo venía con chismes sin pruebas, usted me habría echado de la hacienda, o peor. Necesitaba que ellos mismos escupieran la verdad —Marcos se arrodilló frente al viejo patrón, poniendo su arma sobre el suelo, en un gesto de entrega absoluta—. Mi lealtad no tiene precio, Patrón. El sobre que me dieron contenía estas copias para que yo se las trajera a usted como un ‘regalo de despedida’. Ellos creen que ya ganaron.
Don Aurelio se levantó lentamente. Sus piernas temblaban un poco, pero su espalda volvió a ponerse recta. El viejo león no estaba muerto aún. Miró a su alrededor, a sus guardias, a su hacienda, a los rosales que Chacho cuidaba con tanto esmero. Todo lo que amaba estaba a punto de ser devorado por las hienas.
—¿Dónde está Sofía ahora? —preguntó el Patrón.
—Viene de camino desde la capital. Julián la trae. Creen que hoy celebrarán el traspaso de poder —respondió Marcos, recogiendo su arma y poniéndola de nuevo en su funda—. Tenemos tres horas antes de que lleguen.
—Ellos piensan que soy un viejo acabado, que solo sabe sentarse al sol a esperar la muerte —dijo Don Aurelio, y por primera vez en todo el día, una sonrisa gélida apareció en su rostro—. Pero se olvidan de cómo obtuve esta tierra. No fue con firmas ni con bancos, Marcos. Fue con sangre y fuego.
El Patrón caminó hacia el centro del patio y llamó a sus hombres con un gesto. Los escoltas bajaron de los balcones y rodearon a los dos hombres. Chacho, asustado pero incapaz de apartar la vista, vio cómo el ambiente cambiaba de nuevo. La vulnerabilidad de Aurelio se transformó en una determinación aterradora.
—Escuchen bien —dijo el Patrón a su guardia—. Marcos es mi hermano. Cualquiera que vuelva a dudar de él, se las verá conmigo. Ahora, preparen la bienvenida para nuestro ‘yerno’. Quiero que la cena de esta noche sea inolvidable. Marcos, tú y yo tenemos mucho que preparar. Si ellos quieren mi reino, tendrán que quitármelo de mis manos frías y muertas.
Pero mientras los hombres se dispersaban para armar una defensa que parecía imposible, Marcos se quedó un segundo a solas con Don Aurelio.
—Jefe, hay algo más —susurró Marcos, bajando la voz para que nadie más escuchara—. En el restaurante, Julián mencionó algo que no me cuadra. Dijo que ‘el informante interno’ ya les había dado la señal de que usted estaba solo hoy.
Don Aurelio se detuvo en seco. Sus ojos recorrieron las caras de sus hombres, de sus empleados de confianza, incluso la dirección donde Chacho estaba escondido.
—¿Me estás diciendo que hay alguien más aquí que nos vendió? —preguntó el Patrón.
—Julián sabía que hoy usted enviaría a la mayoría de la guardia a la frontera. Sabía exactamente a qué hora estaríamos vulnerables. Alguien de esta casa, alguien que no es Sofía, ha estado alimentando a los Alacranes con información desde hace meses.
El Patrón sintió un escalofrío. La traición de su hija por ingenuidad era una cosa, pero tener a una serpiente durmiendo en su propio jardín era un peligro mucho más inminente. El «secreto oscuro» que Marcos mencionó no era solo la ruina financiera; era que el enemigo ya no estaba a las puertas… ya estaba adentro, sirviendo el café, cuidando los caballos o, quizás, limpiando las armas.
—Encuéntralo, Marcos —ordenó Don Aurelio—. Encuéntralo antes de que el sol se ponga, porque si no sabemos quién es el traidor, esta noche será la última para todos nosotros.
En ese momento, el teléfono de la casa comenzó a sonar. Era una llamada de la entrada principal. Los invitados de honor acababan de llegar a la puerta, dos horas antes de lo previsto. El plan de defensa de Aurelio ni siquiera había comenzado, y el enemigo ya estaba cruzando el umbral.
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