Ricardo Valenzuela sintió que la sangre le hervía bajo el cuello almidonado de su camisa blanca. No era el calor sofocante de la pista de aterrizaje, ni el peso de las cuatro barras doradas en sus hombros lo que lo irritaba. Era ella. Esa mujer de aspecto descuidado, con el cabello alborotado por el viento y los ojos inyectados en una desesperación que él solo podía calificar como locura.
—¡Suélteme ahora mismo! —rugió Ricardo, zafando su brazo con un movimiento brusco que casi lo hace perder el equilibrio—. ¿Sabe cuánto cuesta este uniforme? Un solo hilo de esta tela vale más de lo que usted ha ganado en todo el año.
La mujer, lejos de acobardarse por el tono autoritario del capitán, volvió a dar un paso al frente. Sus manos temblaban, pero su voz, aunque quebrada, tenía una fuerza sobrenatural.
—No me importa su uniforme, capitán. Me importa su vida. Si usted cruza esa puerta y cierra la escotilla, estará sellando su propio ataúd. No suba a ese avión. Se lo ruego por lo que más quiera, ¡no despegue!
Ricardo soltó una carcajada seca, llena de desprecio. A su alrededor, los operarios de rampa y un par de mecánicos se habían detenido para observar la escena. Era un espectáculo bochornoso para alguien de su estatus. Él era el piloto estrella de la aerolínea privada más lujosa del país. Transportaba a magnates, políticos y celebridades. No tenía tiempo para los delirios de una mujer que parecía haber escapado de un hospital psiquiátrico.
—Guardias, ¡saquen a esta mujer de aquí! —gritó Ricardo, mirando hacia la garita de seguridad—. ¡Es un área restringida! ¿Cómo demonios entró a la pista?
—¡Escúcheme bien, Ricardo! —gritó ella, y el hecho de que supiera su nombre de pila lo hizo detenerse un segundo—. El motor izquierdo no va a fallar de inmediato. Será a los diez mil pies. Un tornillo, solo un tornillo que no debería estar ahí. Si sube, jamás volverá a ver la luz del sol.
El capitán se acomodó la gorra con un gesto de absoluta superioridad. Miró su reloj de oro: faltaban diez minutos para el despegue programado. Sus pasajeros, una familia de empresarios que pagaba miles de dólares por la exclusividad, ya estaban en camino a la terminal privada.
—Mire, señora —dijo Ricardo, bajando la voz a un tono peligrosamente frío—, mi avión ha pasado todas las inspecciones de seguridad. Mis mecánicos son los mejores del mundo. Usted no es más que una interrupción molesta en mi agenda. Si vuelve a tocarme o a acercarse a esta aeronave, me encargaré personalmente de que pase el resto de sus días tras las rejas.
La mujer cayó de rodillas sobre el asfalto caliente. Las lágrimas empezaron a surcar sus mejillas, dejando rastros limpios sobre la piel manchada de hollín.
—No es una falla técnica común… es una advertencia que recibí. No me ignore, por favor. Vi su rostro en un lugar oscuro, vi el fuego consumiendo sus alas. ¡Capitán, tenga piedad de su propia alma!
Ricardo le dio la espalda sin decir una palabra más. Caminó hacia la escalerilla del Gulfstream G650, sintiendo cómo el eco de los gritos de la mujer se mezclaba con el inicio del rugido de las turbinas de otros aviones a lo lejos.
Para él, ella era solo ruido. Para ella, él era un hombre muerto caminando hacia su propia pira funeraria.
Mientras subía los escalones, Ricardo sintió una extraña punzada en el pecho, un escalofrío que no lograba explicar. «Es solo el estrés», se dijo a sí mismo, frotándose las manos. Pero al llegar a la puerta de la cabina, por un breve instante, sintió la tentación de mirar hacia atrás.
Abajo, la seguridad del aeropuerto ya estaba rodeando a la mujer. Ella no se resistía. Simplemente seguía gritando, señalando al cielo, con una expresión de duelo anticipado que le erizó la piel.
—Capitán, ¿está todo bien? —preguntó el copiloto, un joven ambicioso llamado Mateo que ya lo esperaba con los manuales abiertos.
—Solo una loca que se saltó la valla —respondió Ricardo, sentándose en su lujoso asiento de cuero—. Asegúrate de que la seguridad limpie el área. No quiero que los pasajeros vean este circo. Tenemos un horario que cumplir.
Mateo asintió, pero notó que la mano de Ricardo, al alcanzar el interruptor de la batería, temblaba ligeramente. El capitán, el hombre de acero, parecía de repente un poco menos seguro de su invulnerabilidad.
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