Continuamos con la historia justo en el momento en que la tensión en la cabina empieza a crecer…
El ambiente dentro de la cabina de mando era denso. A pesar del aire acondicionado que soplaba con suavidad, Ricardo sentía que el aire le faltaba. Las palabras de la mujer seguían rebotando en las paredes metálicas de su mente como una pelota de ping-pong. «¿Un tornillo?», pensó. «¿Cómo podría alguien saber algo tan específico?».
—Capitán, los pasajeros han llegado —anunció la jefa de cabina a través del intercomunicador—. El señor Arango y su esposa están a bordo. Están un poco inquietos por el movimiento de seguridad que vieron desde la camioneta.
Ricardo suspiró. Don Aurelio Arango era el dueño de una de las constructoras más grandes del continente. No era el tipo de hombre al que se le hacían esperar, ni mucho menos al que se le daban explicaciones sobre «mujeres locas» en la pista.
—Dígales que fue un incidente menor de seguridad, ya controlado. Estamos iniciando la lista de comprobación. Despegaremos en cinco minutos —ordenó Ricardo, tratando de recuperar su tono de mando.
Mateo comenzó a leer la lista de chequeo en voz alta. —Sistemas hidráulicos… —Verificados —respondió Ricardo. —Presión de combustible… —Normal. —Instrumentos de vuelo… —Seteados y cruzados.
Todo parecía perfecto. En las pantallas digitales, los parámetros brillaban en un verde tranquilizador. No había una sola señal de alerta, ni un solo sensor que indicara que algo andaba mal. «Ves, Ricardo», se dijo mentalmente, «eres un profesional. No te dejas llevar por supersticiones de gente de la calle».
Sin embargo, cuando llegó el momento de encender el motor izquierdo —el mismo que la mujer había mencionado—, el dedo de Ricardo dudó sobre el interruptor. Fue solo una fracción de segundo, pero para un piloto de su experiencia, esa duda fue una eternidad.
—¿Capitán? —Mateo lo miró con extrañeza. —Encendiendo el dos —dijo Ricardo, forzando la voz.
El motor cobró vida con un rugido armonioso. No hubo vibraciones extrañas. No hubo ruidos metálicos. Solo el sonido potente y constante de la ingeniería de precisión. Ricardo exhaló un aire que no sabía que estaba reteniendo.
Mientras el avión rodaba hacia la pista de despegue, pasaron cerca de donde la seguridad mantenía retenida a la mujer. Ricardo no pudo evitar mirar por la ventana lateral. Allí estaba ella, sentada en el suelo, con la cabeza entre las rodillas. Ya no gritaba. Parecía haber aceptado lo inevitable.
—Torre, aquí N-450 Tango. Listos para salida inmediata —dijo Ricardo por la radio. —Recibido, Tango. Viento en calma. Pista 24 libre. Autorizado para despegar. Buen viaje.
Ricardo empujó las palancas de empuje hacia adelante. El avión comenzó a ganar velocidad, pegando a los pasajeros contra sus asientos. El velocímetro subía rápidamente: 80 nudos… 100 nudos… V1… Rotación.
El morro del avión se elevó hacia el cielo teñido de naranja por el atardecer. El tren de aterrizaje se guardó con un golpe seco y familiar. Todo era normal. Todo era perfecto.
—Ves, Mateo —comentó Ricardo, relajando un poco los hombros mientras ascendían a través de las nubes iniciales—. La gente a veces proyecta sus miedos en los demás. Esa mujer probablemente tuvo una mala experiencia con los aviones y ahora cree que todos se van a caer.
—Tenía una mirada muy intensa, capitán —respondió el joven copiloto—. Por un momento, confieso que me dio mala espina.
—En este negocio no hay espacio para la «mala espina», solo para la física y los manuales —sentenció Ricardo.
El avión alcanzó los 5,000 pies. Luego los 7,000. El cielo estaba despejado y la visibilidad era infinita. Ricardo se permitió soltar el mando y conectar el piloto automático. Se reclinó en su asiento, mirando cómo el horizonte se expandía ante él.
Pero entonces, algo cambió.
No fue un ruido fuerte. Fue una sensación. Una vibración sutil, casi imperceptible, que subía desde el suelo de la cabina hasta las plantas de sus pies. Era un ritmo irregular, como el latido de un corazón enfermo.
Ricardo miró los instrumentos. Todo seguía en verde. Pero la vibración persistía.
—¿Sientes eso? —preguntó a Mateo, con la voz de repente tensa. —¿Sentir qué, señor? Los instrumentos marcan parámetros normales.
Ricardo puso su mano sobre el panel de control. La vibración estaba aumentando. No era el viento. No era turbulencia. Venía de las entrañas del avión.
—Mira el motor dos, Mateo. Mira el flujo de combustible.
El joven copiloto se inclinó hacia adelante. —Está estable, capitán. Espera… hay una pequeña oscilación en la temperatura de los gases de escape. Pero está dentro de los límites.
De repente, un destello rojo iluminó la cabina, acompañado de un sonido de alarma que perforó los oídos de ambos pilotos.
MASTER CAUTION. ENGINE 2 FAILURE.
El corazón de Ricardo dio un vuelco. Estaban exactamente a 9,800 pies. El altímetro seguía subiendo.
—¡Fuego en el motor dos! —gritó Mateo—. ¡Perdemos presión de aceite rápidamente!
Ricardo tomó los mandos manualmente. El avión dio una sacudida violenta hacia la derecha, mientras el humo negro empezaba a filtrarse por las rejillas de ventilación. En la parte de atrás, se oían los gritos de terror de la familia Arango.
—¡Declarar emergencia! ¡Torre, aquí Tango! ¡Tenemos fuego en el motor izquierdo! —gritó Ricardo, pero sus propias palabras le recordaron algo aterrador.
La mujer no solo había dicho que fallaría. Había dicho que sería su final.
—Capitán, el sistema de extinción de incendios no responde —dijo Mateo con pánico en los ojos—. ¡El fuego se está extendiendo al ala!
Ricardo luchaba con los controles, pero el avión se sentía pesado, como si una mano invisible lo estuviera empujando hacia el abismo. Miró por la ventana y lo que vio lo dejó paralizado: una parte de la cubierta del motor se había desprendido, y entre las llamas, pudo ver cómo un componente estructural se desmoronaba.
—¡Tenemos que bajar! ¡Ahora! —ordenó Ricardo, pero el sistema de control de vuelo empezó a parpadear.
En ese momento, el avión dio un giro brusco. El horizonte se volvió vertical. Ricardo vio el suelo acercándose a una velocidad vertiginosa. En su mente, por encima de las alarmas y los gritos, solo escuchaba una voz: «Si cruza esa puerta, será su final».
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