Doña Rosa sostenía la bandeja de plata con manos temblorosas, mientras el tintineo de las tazas de porcelana parecía gritar en medio de aquel silencio sepulcral. Desde el umbral de la biblioteca, la mujer que había servido a la familia por más de treinta años no podía despegar los ojos de la escena. Don Alberto apenas llevaba tres días bajo tierra y el aire en la mansión ya no olía a duelo, sino a una ambición que quemaba el oxígeno. Ella conocía bien a esos niños; los había visto crecer, pero hoy, frente a ella, solo reconocía la nobleza en los ojos empañados de Elena. Julián, por el contrario, lucía una expresión que Doña Rosa solo podía describir como la de un buitre esperando que el viento soplara a su favor.
Julián se ajustó el nudo de su corbata de seda italiana frente al gran espejo de marco dorado. No había rastro de lágrimas en su rostro, solo una impaciencia eléctrica que lo hacía caminar de un lado a otro, haciendo crujir el suelo de madera fina. Se detuvo bruscamente frente a su hermana, quien permanecía inmóvil en su silla de ruedas, mirando hacia el jardín marchito a través del ventanal. Para Julián, esa silla no era un implemento de movilidad, sino un símbolo de debilidad que le estorbaba en sus planes de grandeza.
—¿Te vas a quedar ahí toda la tarde como un mueble más, Elena? —soltó Julián con una voz cargada de un veneno que pretendía sonar como pragmatismo—. Deberías ir empacando tus cosas, o al menos seleccionando lo que realmente te pertenece. Sabes perfectamente que esta casa requiere un mantenimiento que tú, con tu… condición, jamás podrías costear.
Elena no se inmutó. Sus manos, pequeñas pero firmes, descansaban sobre los apoyabrazos de cuero. Giró lentamente la silla para enfrentar a su hermano. A diferencia de él, ella vestía un luto sencillo, sin joyas ostentosas, pero su dignidad llenaba la habitación de una manera que Julián nunca entendería.
—Papá aún no ha terminado de irse de estas paredes, Julián —respondió ella con una calma que pareció enfurecerlo más—. El testamento se leerá hoy. ¿Por qué tienes tanta prisa en echarme? Esta también ha sido mi casa desde que nací.
Julián soltó una carcajada seca, carente de cualquier pizca de humor. Se acercó a ella, invadiendo su espacio personal, y se inclinó hasta que sus rostros estuvieron a pocos centímetros. El olor a loción cara y a arrogancia era casi asfixiante.
—Seamos realistas, hermanita. Papá era un hombre de negocios, un visionario. Él sabía que el patrimonio de la familia necesita una mano firme, alguien que pueda viajar, cerrar tratos, expandir el imperio. Tú eres una carga, Elena. Una carga dulce, si quieres verlo así, pero una carga al fin y al cabo. ¿Qué vas a hacer tú con una empresa constructora? ¿Revisar los planos desde tu altura? No me hagas reír.
Elena sintió una punzada en el pecho, pero no permitió que sus ojos se humedecieran. Había pasado años soportando los comentarios sutiles de Julián, pero esto era diferente. Esto era una declaración de guerra sobre la tumba de su padre. Recordó las tardes en las que Don Alberto se sentaba a su lado y le pedía consejos sobre los diseños de las nuevas urbanizaciones, valorando su ojo crítico y su sensibilidad estética. Su padre nunca la vio como una carga; la vio como su confidente.
—Mi «altura», como tú la llamas, nunca me impidió ser la mejor estudiante de mi clase ni ayudar a papá con los presupuestos mientras tú estabas gastando su dinero en casinos de Las Vegas —replicó Elena, manteniendo el tono de voz bajo pero firme—. La inteligencia no reside en las piernas, Julián, sino en la cabeza. Y la decencia, en el corazón. Algo que parece que empeñaste hace mucho tiempo.
Julián se irguió, el rostro encendido de ira. Levantó un dedo de forma amenazante, pero antes de que pudiera soltar la siguiente humillación, el sonido de unos pasos pesados y rítmicos resonó en el pasillo de mármol. Era un sonido conocido, el de los zapatos de suela de cuero del Licenciado Ortega, el abogado y amigo de toda la vida de la familia.
Doña Rosa, que seguía observando desde la sombra, sintió un escalofrío. El Licenciado Ortega no venía solo con un portafolios; traía consigo el destino de dos hermanos que, aunque compartían la misma sangre, habitaban mundos morales opuestos. Julián esbozó una sonrisa de triunfo, convencido de que aquel hombre solo venía a ratificar lo que él consideraba una verdad universal: que el fuerte se queda con todo y el débil debe conformarse con las migajas.
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