El silencio en el despacho del Licenciado Guzmán no era de respeto, sino de una tensión eléctrica que amenazaba con hacer estallar los cristales de las ventanas.
Beatriz se acomodó el abrigo de piel sobre los hombros, soltando un suspiro de impaciencia que resonó como un latigazo en la habitación alfombrada.
A su lado, Ricardo no dejaba de mirar su Rolex de oro, golpeando rítmicamente el suelo con su zapato de cuero italiano, mientras Mauricio, el mediano, revisaba correos en su teléfono con una indiferencia que rozaba lo insultante.
—Ya ha pasado media hora, Licenciado —espetó Beatriz, clavando sus ojos perfectamente delineados en el abogado—. Mi tiempo vale oro y supongo que el de mis hermanos también. Terminemos con este trámite de una vez.
El Licenciado Guzmán, un hombre que había encanecido al servicio de la familia durante tres décadas, ni siquiera levantó la vista de los documentos.
—Falta uno de los herederos, señora Beatriz —respondió con una calma que crispó los nervios de la mujer.
—¿Heredero? —Ricardo soltó una carcajada seca y amarga—. Si se refiere a Alberto, por favor… Ese muchacho no es un heredero, es una carga. Seguramente se quedó dormido en algún rincón de la casa vieja o se perdió viniendo en autobús. No podemos detener la repartición de una fortuna por alguien que no sabe ni anudarse una corbata.
En ese momento, la pesada puerta de roble se abrió con un chirrido tímido, casi pidiendo permiso.
Alberto entró. Vestía una camisa de cuadros desgastada por el uso y unos pantalones de jean que habían visto mejores tiempos. Sus manos, toscas y con rastros de pintura, se entrelazaron nerviosamente frente a él.
Tenía los ojos hinchados. No por la avaricia de lo que estaba a punto de recibir, sino por las noches en vela que pasó junto al lecho de muerte de sus padres, mientras sus hermanos enviaban flores desde playas extranjeras o delegaban el cuidado en enfermeras pagadas.
—Perdón por la demora —susurró Alberto, buscando una silla al fondo de la sala—. El transporte estaba lento.
—¡Es el colmo! —gritó Beatriz, poniéndose de pie—. Mirate, Alberto. Das vergüenza. Nuestros padres construyeron un imperio y tú vienes aquí con esa facha de pordiosero a reclamar lo que nosotros hemos mantenido con nuestro estatus social.
—Yo no vengo a reclamar nada, hermana —dijo Alberto con voz quebrada—. Solo vengo porque el Licenciado me lo pidió.
Ricardo intervino, con ese tono condescendiente que usaba con sus empleados.
—Bueno, ya está aquí el «invitado especial». Licenciado, proceda. Como acordamos, la mansión de la ciudad es para Beatriz, el complejo industrial para Mauricio y yo me encargaré de las inversiones en el extranjero. A Alberto pueden darle la casita de campo, esa que se está cayendo a pedazos. Le servirá para sus manualidades.
El Licenciado Guzmán finalmente levantó la mirada. Sus ojos tras los anteojos brillaban con una mezcla de tristeza y una justicia que estaba a punto de ser impartida.
—Se equivocan profundamente —sentenció el abogado, su voz llenando cada rincón del despacho—. La voluntad de sus padres fue muy específica. Y después de analizar cada cláusula, les informo que la herencia entera, cada propiedad, cada acción y cada centavo en las cuentas bancarias, pasa a ser propiedad absoluta de Alberto.
El silencio que siguió no fue de tensión. Fue un vacío absoluto, como si el aire hubiera sido succionado de la habitación.
Beatriz palideció tanto que su maquillaje parecía una máscara de yeso. Ricardo dejó de mover el pie y Mauricio dejó caer su teléfono sobre la alfombra.
—¿Qué… qué clase de broma es esta? —balbuceó Ricardo, su rostro transformándose de la sorpresa a una furia roja—. ¡Eso es legalmente imposible! Somos los hijos mayores. Hemos mantenido el apellido en alto. Alberto es… ¡es un don nadie!
Alberto, por su parte, no saltó de alegría. No hubo un gesto de triunfo. Simplemente bajó la cabeza y comenzó a llorar en silencio, mientras el peso de la revelación lo hundía más en su silla.
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