El corazón de Ricardo latía con una fuerza descontrolada, una mezcla de odio puro y ese miedo irracional que solo aparece cuando sientes que tu castillo de naipes está a punto de derrumbarse. No podía dejar de mirar las botas desgastadas de esa mujer, manchadas ligeramente de barro, sobre la impecable alfombra persa del despacho. Para él, su sola presencia era un insulto a la memoria de su padre, o más bien, un insulto a la pulcritud de los millones que estaba a punto de heredar. ¿Cómo se atrevía esa «aparecida» a respirar el mismo aire impregnado de madera de cedro y perfumes caros?
—¡Te he dicho que te largues! —rugió Ricardo, y su voz rebotó en los altos techos de la estancia, haciendo que las pesadas cortinas de terciopelo parecieran estremecerse.
Sus hermanos, Mauricio y Elena, permanecían en un rincón, como buitres esperando que el león terminara de defender la presa. Elena se ajustó el collar de perlas, con un gesto de asco que le deformaba el rostro perfectamente maquillado. Mauricio, siempre más calculador, mantenía la vista fija en el notario, buscando en los ojos del anciano alguna señal de que aquello era solo un mal chiste de su difunto padre.
La mujer, a quien todos llamaban Mariana, no retrocedió ni un centímetro. Su rostro, marcado por las huellas de noches sin dormir y un cansancio que no era de este mundo, mantenía una dignidad que ninguno de los presentes podía comprender. Sus manos, nudosas y curtidas, sostenían con firmeza un sobre amarillento, cuyas esquinas estaban dobladas por el roce constante.
—No me voy a ir, Ricardo —dijo ella, con una voz suave pero tan firme que cortó el aire como una navaja—. No vine por ustedes. Vine por él. Y él me pidió que estuviera aquí hoy, justo a esta hora.
—¡Mi padre estaba senil! —gritó Elena, dando un paso al frente, sus tacones resonando con un eco metálico—. Sus últimos meses no fueron más que delirios. Seguramente te aprovechaste de que ya no coordinaba para sacarle promesas que no valen nada. Eres una oportunista de lo peor.
El notario, el Licenciado Guzmán, carraspeó sonoramente. Era un hombre que había visto lo mejor y lo peor de la naturaleza humana en ese mismo escritorio, pero incluso él parecía perturbado por la frialdad con la que los hijos de Don Artemio hablaban de su propio padre.
—Señores, por favor —intervino Guzmán, acomodándose las gafas—. Don Artemio dejó instrucciones muy específicas. La señora Mariana tiene derecho a estar presente en la lectura del anexo.
—¿Anexo? ¿De qué diablos habla? —Mauricio finalmente rompió su silencio, su voz gélida—. El testamento fue firmado hace cinco años. Nosotros somos los únicos herederos universales. No hay lugar para «anexos» ni para extraños que limpiaban sus pisos.
Mariana cerró los ojos un segundo, y por su mente pasó la imagen de Don Artemio en su cama, en aquella habitación pequeña del ala oeste que sus hijos nunca visitaban. Recordó cómo le apretaba la mano cuando los dolores eran insoportables, y cómo le pedía perdón en susurros por haber criado a «monstruos de cristal».
—Limpié sus pisos, sí —respondió Mariana, mirando directamente a los ojos de Mauricio—, pero también le sostuve la mano cuando gritaba de dolor mientras ustedes estaban de vacaciones en los Alpes. Yo fui quien le leyó sus libros favoritos cuando su vista se apagó, mientras ustedes ni siquiera respondían sus llamadas.
—¡Cállate! —gritó Ricardo, abalanzándose hacia ella—. No tienes derecho a hablarnos así. Dame ese papel. ¡Dámelo ahora mismo!
El aire en la habitación se volvió pesado, casi irrespirable. Ricardo estiró el brazo para arrebatarle el sobre, pero Mariana se movió con una agilidad sorprendente, esquivándolo y colocándose justo frente al escritorio del notario. Sus ojos brillaban con una mezcla de tristeza y una justicia que estaba a punto de ser ejecutada.
—Este papel —dijo Mariana, levantando el sobre— no es una petición. Es el final de su juego. Don Artemio sabía perfectamente quiénes eran ustedes. Sabía que el día de su entierro, lo único que les dolería sería el peso de la corona de flores en sus bolsillos.
El Licenciado Guzmán extendió la mano y Mariana le entregó el documento. El silencio que siguió fue absoluto. Solo se escuchaba el tic-tac rítmico de un reloj de pared antiguo que parecía contar los últimos segundos de la vida de lujos de los Valenzuela.
Ricardo, con la cara roja de furia, se detuvo en seco. Algo en la expresión del notario, al abrir el sobre, lo hizo palidecer. No era la mirada de alguien que lee un trámite común; era la mirada de alguien que acaba de encontrar una sentencia de muerte social.
—Señor Notario, ¿qué dice eso? —preguntó Elena, su voz ahora con un hilo de duda que no había tenido antes—. Díganos de una vez que esa mujer no tiene nada que ver con nuestra fortuna.
El Licenciado Guzmán leyó las primeras líneas en silencio. Sus labios se movieron imperceptiblemente, como si estuviera rezando. Luego, levantó la vista hacia los tres hermanos, y por primera vez en treinta años de servicio a la familia, hubo un destello de lástima en sus ojos.
—Esto —dijo el Licenciado, aclarando su voz— es una cláusula de revocación total. Y me temo, jóvenes, que la señora Mariana es mucho más que una empleada en esta historia.
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