—¡Lárgate de aquí ahora mismo, Ricardo! No tienes la más mínima decencia al presentarte en este lugar después de todo el daño que causaste.
Las palabras de Elena cortaron el aire pesado de la funeraria como si fueran dagas afiladas. Su voz, cargada de un veneno que no intentaba disimular, resonó en las paredes de mármol de la capilla, haciendo que los pocos asistentes que quedaban a esa hora de la noche giraran la cabeza, incómodos.
Elena estaba de pie, rígida, con un vestido negro de diseñador que parecía más una armadura que un atuendo de luto. Sus ojos, inyectados en sangre pero carentes de una sola lágrima real, estaban clavados en el hombre que acababa de cruzar el umbral.
Ricardo no dijo nada de inmediato. Se quedó allí, bajo el marco de la puerta, con los hombros caídos y la ropa empapada por la lluvia torrencial que azotaba la ciudad. Su aspecto era deplorable: llevaba un traje viejo que le quedaba grande, los zapatos gastados y el cabello grisáceo pegado a la frente.
En sus manos sostenía un pequeño ramo de flores silvestres, humildes y algo maltrechas por el agua, que contrastaban dolorosamente con las coronas gigantescas y costosas que rodeaban el ataúd de madera fina.
—Elena, por favor… solo quiero despedirme —susurró Ricardo con una voz que apenas era un hilo de sonido. Sus cuerdas vocales parecían oxidadas por el dolor.
—¿Despedirte? —Elena soltó una carcajada seca y carente de humor—. ¿Tienes el descaro de querer despedirte de la mujer a la que le amargaste la vida? Ella te despreciaba, Ricardo. ¿Es que no lo entiendes?
Elena se acercó a él, acortando la distancia con pasos firmes que hacían eco en el suelo pulido. Cada paso era un golpe de autoridad. Ella era la dueña de la situación, la heredera, la sobrina «ejemplar» que se había encargado de todo. Él, a los ojos de todos los presentes, no era más que una sombra del pasado que nunca debió regresar.
—Beatriz dejó instrucciones muy claras —continuó Elena, bajando la voz pero aumentando la intensidad de su amenaza—. Antes de morir, me lo dijo personalmente: «Si ese hombre aparece, échalo como a un perro». Esas fueron sus palabras. Ella no quería que ensuciaras su memoria con tu presencia.
Ricardo sintió que el suelo se movía bajo sus pies. El olor a incienso y a lirios blancos, que normalmente es tranquilizador, se le antojaba asfixiante. Miró hacia el fondo de la sala, donde el ataúd permanecía abierto. Desde donde estaba, solo podía ver el perfil pálido y sereno de Beatriz, la mujer que había sido su mundo entero, a pesar de los años, de la distancia y de las mentiras que otros habían tejido para separarlos.
—Ella no pudo decir eso… —alcanzó a decir Ricardo, apretando el ramo de flores contra su pecho—. Beatriz me conocía. Ella sabía la verdad.
—¡La verdad es que eres un fracasado! —gritó Elena, perdiendo por un momento la compostura—. Un hombre que nunca estuvo a su altura. Ella se dio cuenta tarde, pero se dio cuenta. Mírate, Ricardo. No eres nada. Y ahora, por respeto a los que realmente la amamos, te exijo que te retires. Si no lo haces por las buenas, llamaré a seguridad y te sacarán a rastras.
Los murmullos entre los bancos crecieron. Las tías de Beatriz, señoras de sociedad que siempre habían visto a Ricardo con desdén, asintían con la cabeza, apoyando la crueldad de Elena. Para ellas, el amor que Beatriz y Ricardo se tuvieron alguna vez no era más que un error de juventud que debía ser enterrado junto con el cuerpo.
Ricardo bajó la mirada hacia sus zapatos mojados. El dolor en su pecho era tan físico que sentía que el corazón se le iba a detener en cualquier momento. La humillación era pública, brutal y perfectamente orquestada por Elena, quien siempre había codiciado la fortuna y la atención de Beatriz.
—¿Me vas a obligar a llamar a la policía? —insistió Elena, sacando su teléfono inteligente de última generación—. No hagas que este momento sea más patético de lo que ya es. Vete con tus flores baratas a otra parte.
Ricardo suspiró profundamente. Cerró los ojos por un segundo, buscando en su memoria el sonido de la risa de Beatriz, el calor de sus manos y la promesa que se hicieron hace décadas en un pequeño muelle, lejos de los lujos y las envidias familiares.
—Está bien, Elena —dijo Ricardo, levantando la vista. Sus ojos ya no mostraban derrota, sino una tristeza profunda mezclada con algo que parecía ser… determinación—. Me iré. Pero antes de hacerlo, quiero que escuches algo.
Elena frunció el ceño, confundida por el cambio de tono del hombre.
—No quiero escuchar nada de lo que tengas que decir, Ricardo. Tus palabras no valen nada en esta casa.
—No son mis palabras las que vas a escuchar —respondió él, metiendo la mano en el bolsillo de su chaqueta empapada y sacando un viejo grabador de periodista, de esos que usan cintas pequeñas o memoria flash antigua, un objeto que parecía sacado de otra época.
Elena retrocedió un paso, instintivamente. El brillo de duda cruzó sus ojos por una fracción de segundo antes de ser reemplazado por su habitual máscara de arrogancia.
—¿Qué es eso? ¿Alguna de tus grabaciones sentimentales? No me hagas reír.
Ricardo no respondió. Con manos temblorosas, presionó el botón de «play». El silencio en la sala se volvió sepulcral. Incluso el sonido de la lluvia afuera pareció atenuarse mientras un siseo estático comenzó a salir del pequeño aparato.
Entonces, una voz llenó la estancia. Una voz débil, entrecortada por la fatiga y el esfuerzo de respirar, pero absolutamente inconfundible para todos los presentes. Era la voz de Beatriz.
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