El aire gélido de la pista de aterrizaje golpeaba el rostro de Ricardo Valderrama, pero el frío que sentía en los huesos no venía del viento nocturno, sino de una corazonada que le oprimía el pecho. Miró a su esposa, Elena, quien ajustaba con elegancia su abrigo de piel, manteniendo esa expresión de serenidad imperturbable que siempre había admirado, pero que esta noche le resultaba extrañamente ajena. «Todo está listo, querido, subamos de una vez», le había dicho ella con una voz tan suave que parecía una caricia, aunque sus ojos no reflejaban ni una pizca de afecto.
Ricardo estaba a punto de poner un pie en la escalerilla de su jet privado cuando el sonido de unos pasos frenéticos sobre el asfalto rompió el silencio de la terminal privada. Era Mario, su jefe de seguridad y hombre de absoluta confianza, quien corría hacia ellos con el rostro desencajado y la camisa empapada en sudor a pesar de la baja temperatura. Su respiración era un silbido agónico y sus manos temblaban violentamente mientras intentaba articular palabra, señalando con desesperación hacia la panza del avión que rugía suavemente a sus espaldas.
—¡Señor, deténgase! ¡Por lo que más quiera, no suba a ese avión! —gritó Mario, colapsando prácticamente a los pies de Ricardo, mientras sus pulmones luchaban por recuperar el oxígeno perdido en la carrera.
Elena no tardó ni un segundo en reaccionar, pero no lo hizo con preocupación, sino con un desprecio fulminante que dejó a Ricardo paralizado por un instante. Ella dio un paso al frente, interponiéndose entre su esposo y el empleado, con una mirada que podría haber congelado el océano mismo. Su postura era rígida, casi defensiva, y sus dedos se cerraron con fuerza alrededor de su bolso de diseñador, como si guardara en él un secreto que no podía ser revelado bajo ninguna circunstancia.
—Ricardo, por favor, ignora a este hombre, ¿no ves que no está en sus cabales? —dijo Elena, soltando una risa corta y carente de humor que resonó hueca en la inmensidad de la pista—. Apesta a alcohol desde aquí, seguramente tuvo otra de sus crisis y viene a interrumpir nuestro viaje con sus delirios de persecución. Guardias, llévenselo de aquí inmediatamente y asegúrense de que no vuelva a poner un pie en esta propiedad.
Mario, ignorando la orden de la mujer, se arrastró por el suelo hasta sujetar con fuerza el zapato de Ricardo, sus ojos inyectados en sangre fijos en los de su patrón. No había rastro de embriaguez en su mirada, solo un terror puro y genuino que hizo que a Ricardo se le erizara la piel de la nuca. El empleado sacó un trapo manchado de un líquido oscuro y viscoso, extendiéndolo como si fuera una prueba irrefutable de un crimen atroz que estaba a punto de consumarse.
—El tanque de combustible, señor… lo vaciaron a propósito —logró decir Mario con la voz quebrada por el esfuerzo—. Sabotearon las válvulas principales. No es una fuga accidental, alguien quería que este avión despegara para caer como una piedra apenas alcanzaran la altura de crucero. Si sube a esa cabina, señor Valderrama, este será el último viaje de su vida.
Ricardo sintió que el mundo se detenía por un segundo, el sonido del motor del jet se transformó en un zumbido ensordecedor en sus oídos mientras procesaba las palabras de su hombre más leal. Miró de nuevo a Elena, esperando encontrar en ella la misma confusión o el mismo miedo que él sentía, pero lo que vio lo dejó helado: ella no estaba sorprendida, estaba furiosa, pero no por el sabotaje, sino porque alguien se había atrevido a descubrirlo antes de tiempo.
La tensión en la pista se volvió casi sólida, una masa invisible que asfixiaba a los presentes mientras los guardias de seguridad dudaban sobre a quién obedecer. Ricardo, el hombre que había construido un imperio con su astucia y determinación, se sintió de repente pequeño y vulnerable, rodeado de lujo y tecnología que ahora se presentaban como su propia tumba diseñada a medida por la persona que dormía a su lado cada noche.
—Elena, ¿qué está pasando aquí? —preguntó Ricardo con un hilo de voz, buscando desesperadamente una mentira que pudiera creer para no enfrentar la realidad que se desmoronaba ante él—. Mario dice que el avión es una trampa. ¿Por qué no quieres que revisen el combustible? ¿Por qué tienes tanta prisa por despegar si nuestra vida corre peligro?
Ella soltó un suspiro de fastidio, como si estuviera lidiando con un niño caprichoso en lugar de un hombre que acababa de recibir una sentencia de muerte. Se acercó a él y le puso una mano en la mejilla, un gesto que solía ser reconfortante pero que ahora se sentía como el toque gélido de una serpiente. Su sonrisa era gélida y sus palabras, cargadas de una manipulación magistral, intentaban tejer una red de dudas sobre la cordura de Mario.
—Mi amor, estás cansado y este hombre solo quiere llamar la atención porque sabe que vas a despedirlo —susurró ella, ignorando por completo el trapo manchado de combustible que Mario sostenía—. Vámonos ya, el piloto nos espera y tenemos compromisos que no pueden ser cancelados por los delirios de un empleado resentido. Confía en mí, ¿alguna vez te he fallado?
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