«¡Juan, no me toques, por favor, todavía no me toques!», gritó ella con una voz que parecía venir del fondo de una tumba, mientras se encogía contra la fría pared de piedra de la entrada.
Juan se quedó petrificado, con la llave de su auto aún en la mano y el corazón martilleando contra sus costillas como un animal enjaulado.
Hacía frío esa mañana, una neblina espesa cubría los jardines de la exclusiva zona residencial, pero nada era tan gélido como la sensación que recorría su espalda.
Frente a él, a escasos dos metros, estaba la mujer que él mismo había llorado durante 180 días exactos.
Marian.
Pero no era la Marian de los vestidos de seda y la risa cristalina que iluminaba las juntas de la empresa.
Esta mujer vestía una túnica de tela burda, manchada de barro y grasa. Sus pies, esos que Juan solía masajear después de una larga jornada, estaban descalzos, con las uñas rotas y cubiertos de costras de suciedad.
Su cabello, antes una cascada de oro, era ahora un nido enredado y opaco.
—¿Marian? —la voz de Juan salió como un soplido, quebrada, casi inexistente—. No… esto no puede ser. Yo te enterré. Yo… yo vi el ataúd.
La mujer levantó la vista. Sus ojos, aunque hundidos en ojeras violáceas, conservaban ese brillo miel que Juan reconoció de inmediato.
En ese momento, ella hizo un movimiento lento, apartando los harapos que cubrían su vientre.
Juan sintió que el mundo se detenía.
Bajo la tela sucia, se dibujaba una curva prominente, firme, innegable. Marian estaba embarazada, de al menos siete meses, a juzgar por el volumen de su vientre.
—Es tuyo, Juan —susurró ella, rompiendo en un llanto silencioso que le sacudía los hombros—. Es nuestro pequeño milagro, y por él tuve que volver de la muerte.
Juan dio un paso hacia adelante, ignorando la advertencia de ella. La tomó por los hombros, sintiendo sus huesos marcados bajo la piel. No era un fantasma. Estaba fría, temblaba, pero estaba viva.
La piel de sus brazos tenía marcas rojas, como si hubiera estado atada durante mucho tiempo.
—¿Qué te hicieron? —preguntó Juan, mientras las lágrimas empezaban a nublar su vista—. ¡Dios mío, Marian! Todos dijeron que el accidente en el barranco no dejó sobrevivientes. El informe forense… el ADN…
—Todo fue una mentira, Juan —dijo ella, mirando frenéticamente hacia la calle, hacia los autos que pasaban a lo lejos—. No hubo accidente. Me sacaron del coche antes de que cayera. Me han tenido encerrada, esperando a que… a que el bebé naciera.
—¿Quién? —rugió Juan, sintiendo una furia ciega crecer en su pecho—. Dime quién te hizo esto.
Marian se pegó a su pecho, escondiendo el rostro en su chaqueta de diseñador. El olor a humedad y encierro que desprendía ella contrastaba violentamente con el perfume caro de Juan.
—No aquí —suplicó ella—. Tienen cámaras. Nos están viendo. Alguien en quien confías, alguien que se sienta a tu mesa en la oficina… él me entregó.
Juan sintió un escalofrío. Su empresa, «Logística del Norte», había crecido exponencialmente en los últimos meses, justo después de la «muerte» de Marian.
Él se había sumido en el trabajo para no pensar, delegando responsabilidades en su círculo más íntimo: su socio de toda la vida, Ricardo, y su jefa de seguridad, Elena.
De repente, un auto negro de vidrios polarizados pasó lentamente frente a la casa. Marian se tensó tanto que pareció que se iba a romper.
—¡Entra, entra ya! —ordenó Juan, empujándola suavemente hacia el interior de la mansión.
Cerró la puerta blindada y puso todos los cerrojos. En el gran salón, bajo las luces de cristal, la imagen de Marian era aún más desgarradora.
Ella caminó hacia el gran retrato que colgaba sobre la chimenea, donde se les veía a ambos, felices, el día de su aniversario.
—Pensé que nunca volvería a ver este cuadro —dijo ella, acariciando su vientre—. Pensé que nuestro hijo nacería en ese sótano oscuro y que nunca conocería a su padre.
Juan se acercó y la rodeó con sus brazos, con una delicadeza extrema, temiendo que si apretaba demasiado, ella se desvanecería como un sueño cruel.
—Estás a salvo ahora, mi amor. Te lo juro por mi vida. Nadie volverá a tocarte —le prometió al oído, mientras su mente empezaba a atar cabos sueltos sobre los movimientos financieros extraños que había notado en la empresa y que, en su duelo, había decidido ignorar.
Pero Marian no parecía aliviada. Sus ojos seguían fijos en la puerta.
—No lo entiendes, Juan —dijo con voz ronca—. Ellos no se van a detener. Saben que he escapado. Y saben que tú eres el único que puede firmar los documentos que ellos necesitan para lavar el dinero de la nueva ruta.
Juan se separó un poco, mirándola a los ojos.
—¿De qué documentos hablas?
—El testamento que te hicieron firmar hace un mes —respondió ella—. Ese donde dejas todo a la sociedad de inversión en caso de que tú también «fallezcas». Juan, ellos no solo querían mi muerte… están planeando la tuya.
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