«¡Ni una palabra más, Mari! Ya sabemos de lo que eres capaz cuando la codicia te nubla la vista, así que ahórrate las lágrimas porque en esta casa ya no tienen valor», sentenció Arturo, golpeando el escritorio de caoba con una fuerza que hizo saltar los cristales de los portarretratos.
Mari, una mujer menuda de manos ásperas por el detergente y el trabajo duro, sentía que el suelo desaparecía bajo sus pies.
Llevaba quince años entrando a esa mansión antes de que saliera el sol, cuidando cada detalle, sacudiendo el polvo de una fortuna que nunca envidió.
Para ella, esa casa no era solo un lugar de trabajo; era el sitio donde había visto crecer a Sebastián, el hijo único de Arturo, a quien había arrullado cuando los negocios mantenían al padre lejos de casa.
Sin embargo, en ese momento, Arturo no veía a la mujer que le servía el café con la temperatura exacta cada mañana.
Veía a una criminal.
«Patrón, se lo juro por la memoria de mi madre, yo no he tocado ese reloj. Yo ni siquiera sé cómo se abre esa caja fuerte», balbuceó Mari, mientras las lágrimas le surcaban el rostro, dejando un rastro de sal y humillación.
Arturo soltó una carcajada seca, carente de cualquier rastro de humanidad.
Se acomodó el saco de su traje italiano y caminó hacia la ventana, observando el inmenso jardín que Mari mantenía impecable.
«El reloj desapareció de mi mesa de noche mientras yo estaba en la ducha. Nadie más entró a la habitación, Mari. Los números no mienten, y mi paciencia tampoco», dijo él sin volverse a mirarla.
Sebastián, el hijo de Arturo, estaba recostado contra el marco de la puerta.
Era un joven de veintidós años, vestido con ropa de marca y una expresión de aburrimiento ensayada, aunque sus ojos no dejaban de moverse con nerviosismo de un lado a otro.
«Ya confiesa, Mari. Papá no te va a mandar a la cárcel si devuelves el reloj ahora mismo. Solo dinos dónde está y vete de aquí antes de que esto se ponga peor», intervino Sebastián con una voz que pretendía ser conciliadora, pero que escondía un filo de urgencia.
Mari lo miró a los ojos. Ella lo conocía bien. Conocía sus gestos, sus mentiras de niño, sus escondites.
Algo en la mirada de Sebastián no encajaba, pero el dolor de ser acusada por Arturo era tan grande que no podía articular sus sospechas.
«No puedo devolver algo que no tengo, joven Sebastián. Usted sabe bien que yo siempre he sido honrada», respondió ella con una firmeza que nació desde lo más profundo de su dignidad herida.
Arturo se giró bruscamente, con el rostro enrojecido por la ira.
«¡Basta de teatro! He llamado a la policía. Van a registrar tu cuarto, tu bolso y hasta el último rincón de tu humilde casita si es necesario. Si el reloj aparece en tus cosas, te aseguro que pasarás el resto de tus días tras las rejas».
El silencio que siguió fue sepulcral, solo roto por el sonido lejano de una sirena que se aproximaba por la avenida principal.
Mari no bajó la cabeza. A pesar del miedo que le atenazaba el estómago, a pesar de que sabía que el poder de Arturo podía aplastarla como a una hormiga, se mantuvo en pie.
«Busquen, patrón. Busquen todo lo que quieran. Pero cuando vean que yo no tengo nada, espero que tenga el valor de pedirme perdón frente a todos los que me están señalando ahora», desafió Mari, con la voz quebrada pero clara.
Arturo soltó un bufido de desprecio. Para él, la culpabilidad de la empleada era un hecho consumado.
En su mente clasista, no había otra explicación: alguien necesitaba dinero y ese reloj valía lo que ella ganaría en diez años de servicio.
La puerta principal se abrió y dos oficiales de policía entraron a la biblioteca, con sus uniformes impecables y rostros inexpresivos.
El oficial a cargo, un hombre de mediana edad llamado Ramírez, saludó a Arturo con un gesto de respeto.
«Señor Arturo, estamos aquí por el reporte del robo. ¿Quién es la sospechosa?», preguntó Ramírez, aunque su mirada ya se posaba sobre Mari.
«Ella», dijo Arturo señalándola con el dedo índice, un gesto que a Mari le dolió más que un golpe físico. «Mariana López. Ha trabajado aquí por años, pero parece que la confianza fue mi mayor error».
Mari sintió que el mundo se le venía encima, pero antes de que los oficiales pudieran empezar el registro, recordó algo que Arturo, en su prepotencia, había olvidado mencionar.
«Oficial, yo no me opongo a que me revisen. Es más, se lo exijo», dijo Mari, dando un paso adelante. «Pero antes de que revuelvan mis pocas pertenencias, el patrón debería decirle algo importante sobre ese reloj».
Arturo frunció el ceño, confundido. «¿De qué hablas?».
«Ese reloj, el de la edición especial que le regalaron en Suiza… usted me dijo una vez que tenía un sistema de seguridad moderno, ¿no es así?», recordó Mari con una chispa de esperanza en los ojos.
Ramírez intervino de inmediato: «¿Tiene rastreador GPS, señor?».
Arturo se quedó callado un segundo, procesando la información. «Sí, es un Patek Philippe con un chip de localización integrado para casos de pérdida. Pero no creí que fuera necesario, es obvio que ella lo tiene escondido en algún lugar…».
«Si el reloj está aquí, mi dispositivo lo encontrará en segundos», dijo el oficial Ramírez, sacando una tableta electrónica de su cinturón.
Sebastián, que hasta ese momento se había mantenido en las sombras, palideció de forma repentina. Sus manos empezaron a temblar levemente dentro de los bolsillos de su sudadera.
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