Continuamos con la historia donde la dejamos, en el momento de mayor tensión dentro de la mansión…
El oficial Ramírez comenzó a teclear en su dispositivo de alta tecnología, sincronizándose con la base de datos de la joyería internacional.
El ambiente en la biblioteca se volvió denso, casi irrespirable. Se podía escuchar el segundero de un reloj de pared marcando el paso de los minutos como si fueran sentencias de muerte.
Arturo cruzó los brazos, con una sonrisa de suficiencia dibujada en el rostro. Estaba convencido de que, en cualquier momento, el GPS marcaría el pequeño cuarto de servicio al fondo de la propiedad.
«Esto es solo un trámite, Mari. Aún estás a tiempo de evitar la vergüenza de que te saquen esposada», insistió Arturo, tratando de mantener su imagen de hombre justo pero implacable.
Mari no respondió. Solo cerró los ojos y empezó a rezar en silencio, pidiéndole a Dios que la verdad saliera a la luz. No por el trabajo, que ya daba por perdido, sino por su nombre, que era lo único que poseía.
«Cargando señal…», anunció el oficial Ramírez.
Sebastián dio un paso hacia atrás, tratando de salir de la habitación de manera discreta. «Papá, esto es ridículo. Yo… yo voy por un vaso de agua, me siento un poco mareado por todo este alboroto».
«Espera, hijo», dijo Arturo sin quitarle la vista a la pantalla del policía. «Quédate a ver cómo termina esto. Es una lección de vida: nunca confíes plenamente en nadie que no sea de tu propia sangre».
Esas palabras cayeron como una losa sobre Mari. ¿Cómo podía ser tan ciego? Ella le había servido con más lealtad que muchos de sus socios comerciales.
De repente, un pitido agudo rompió el silencio.
¡Bip! ¡Bip! ¡Bip!
«Ya tenemos señal», confirmó el oficial Ramírez, frunciendo el ceño mientras observaba el mapa en la pantalla. «Es extraño… la señal es muy fuerte. Está muy cerca de nosotros».
Arturo se acercó a mirar. «Bueno, por supuesto. El cuarto de Mari está a menos de cincuenta metros de aquí».
El oficial empezó a caminar lentamente por la biblioteca, siguiendo la intensidad de la señal.
Mari se quedó inmóvil, viendo cómo el policía se alejaba de ella en lugar de acercarse.
Ramírez pasó frente a los estantes de libros, luego frente al escritorio de Arturo, y finalmente se detuvo en el centro de la habitación.
«La señal no viene del cuarto de servicio, señor Arturo», dijo el oficial, con un tono de voz que cambió de formal a inquisitivo.
«¿Entonces dónde está? ¿Lo tiró por la ventana al jardín?», preguntó Arturo, empezando a perder la compostura.
El oficial Ramírez giró sobre sus talones y apuntó el dispositivo hacia Sebastián, quien estaba petrificado cerca de la puerta.
¡BIP! ¡BIP! ¡BIP! El sonido era ahora constante y ensordecedor.
«Joven, le voy a pedir que no se mueva», ordenó el oficial con una mano puesta sobre su funda.
El rostro de Sebastián pasó de la palidez al blanco cadavérico. «¡Esto es un error! ¡Ese aparato está descompuesto! Mari… ¡Mari me lo puso en el bolsillo! ¡Ella me lo plantó para vengarse!».
Arturo se quedó mudo. Su cerebro se negaba a procesar lo que sus ojos estaban viendo. «Sebastián… ¿de qué estás hablando? ¿Cómo que ella te lo puso?».
«¡Sí, papá! ¡La vi hace un rato! Se me acercó y me abrazó llorando, seguro aprovechó ese momento para metérmelo en la sudadera. ¡Es una delincuente astuta!», gritó Sebastián, con la voz quebrada por la desesperación.
Mari sintió una puñalada en el corazón. «Niño Sebastián… yo no lo he abrazado hoy. Usted ni siquiera me dejó acercarme cuando le serví el desayuno».
«¡Mientes! ¡Eres una mentirosa!», rugía el joven, retrocediendo hacia el pasillo.
El oficial Ramírez no se dejó engañar por el drama. «Haga el favor de sacar todo lo que tiene en los bolsillos, ahora mismo».
«¡No tienen derecho! ¡Esta es mi casa!», gritó Sebastián, intentando darse la vuelta para correr.
Pero Arturo, en un arranque de furia y duda que no pudo contener, lo tomó del brazo con una fuerza que nunca antes había usado con su hijo.
«¡Saca lo que tengas ahí, Sebastián! ¡Demuéstrame que este oficial se equivoca!», bramó el padre, con los ojos inyectados en sangre.
El forcejeo fue breve pero violento. Sebastián intentaba zafarse, manoteando con desesperación, mientras Arturo lo sacudía buscando respuestas que temía encontrar.
En medio del caos, algo brillante salió despedido del bolsillo lateral de la sudadera de Sebastián.
El objeto voló por los aires, reflejando la luz de las lámparas de cristal de la biblioteca, y cayó sobre la alfombra persa con un sonido seco y metálico.
Era el Patek Philippe de oro.
El silencio que siguió al golpe del reloj contra el suelo fue más pesado que cualquier grito.
Arturo soltó a su hijo como si el contacto con su propia sangre le quemara las manos. Se quedó mirando el reloj, ese objeto de lujo que ahora parecía una prueba irrefutable de su propio fracaso como padre.
Sebastián se derrumbó en el suelo, cubriéndose la cara con las manos, sollozando no por arrepentimiento, sino porque había sido atrapado.
Mari, que había permanecido en un rincón todo este tiempo, sintió que el peso que cargaba sobre sus hombros desaparecía, pero fue reemplazado por una profunda tristeza.
«No fue ella, señor Arturo», dijo el oficial Ramírez con frialdad, recogiendo el reloj con un pañuelo. «La señal no miente. El reloj estaba en posesión de su hijo».
Arturo no podía hablar. Miraba a Mari, luego a su hijo, y luego al oficial. El mundo que había construido sobre su superioridad económica y moral se estaba desmoronando frente a sus ojos.
«Hijo… ¿por qué?», alcanzó a susurrar Arturo, con la voz rota.
«¡Necesitaba el dinero, papá! ¡Debo mucho en el casino y me amenazaron! ¡Tú nunca me das lo suficiente!», gritó Sebastián desde el suelo, mostrando finalmente su verdadera cara: la de un joven malcriado y sin escrúpulos.
Arturo cerró los ojos, sintiendo una vergüenza que le recorría el cuerpo. Había humillado a la mujer que cuidó de su hogar durante años para proteger a la persona que lo estaba traicionando por la espalda.
Mari dio un paso adelante, limpiándose las últimas lágrimas con el delantal.
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