Estás en la parte 2: la historia continúa y la tensión aumenta…
La cena de esa noche en la Hacienda La Esperanza fue un ejercicio de actuación digno de los mejores teatros.
Roberto presidía la mesa con una arrogancia que apenas lograba disimular bajo su máscara de yerno atento.
Pedía el vino más caro de la cava, hablaba de reformas estructurales en la propiedad y se servía las mejores porciones ante la mirada silenciosa de Lupita.
—Suegra, la noto un poco callada —dijo Roberto, limpiándose la comisura de los labios con la servilleta de lino—. ¿Se siente bien? No olvide que mañana tenemos que salir temprano para ese «chequeo médico» en la ciudad.
Victoria le sostuvo la mirada, esbozando una sonrisa que no llegaba a sus ojos, pero que para un hombre cegado por la codicia, pasó por una muestra de debilidad.
—Estoy perfectamente, Roberto. Solo pensaba en lo mucho que ha cambiado esta casa desde que llegaste. Realmente has traído… un aire nuevo —respondió ella, enfatizando las últimas palabras.
Elena, sentada frente a él, apretaba los cubiertos con tanta fuerza que sus nudillos estaban morados.
Cada vez que Roberto intentaba tocarle la mano o le dedicaba una mirada cómplice, ella sentía una náusea profunda recorriéndole el espinazo.
Era increíble cómo la venda de los ojos podía caerse de un solo tajo, transformando la belleza en algo monstruoso.
—Mañana será un día de muchos cambios, mi amor —dijo Roberto, guiñándole un ojo a su esposa—. Un nuevo comienzo para todos. Te prometo que a partir de mañana, la carga de esta hacienda dejará de ser un problema.
Elena asintió con una lentitud calculada.
—No tengo ninguna duda de eso, Roberto. Mañana todo se pondrá en su lugar.
Después de la cena, Roberto se retiró al despacho, supuestamente para «organizar los documentos finales».
En realidad, Victoria sabía que iba a llamar de nuevo a su amante para jactarse de lo fácil que había sido engañar a las dos mujeres.
Lo que él no sabía era que Elena estaba escuchando desde la extensión del teléfono en la biblioteca, grabando cada palabra con su celular.
«Sí, preciosa», decía Roberto entre risas ahogadas por el auricular. «La vieja ya está en el bolsillo. Mañana la dejo en el centro de reposo y para el mediodía ya habré transferido los fondos de la cuenta operativa. Elena es una tonta, cree que nos iremos de vacaciones. No sospecha que para el lunes estaré pidiéndole el divorcio y quedándome con la mitad de todo por la sociedad conyugal».
Elena, en la oscuridad de la biblioteca, cerró los ojos. El corazón se le rompió, sí, pero los pedazos se volvieron cristales afilados.
Ya no quedaba ni un rastro de la mujer sumisa que él creía conocer.
A las tres de la mañana, mientras Roberto dormía el sueño de los injustos, madre e hija se reunieron en la cocina con el abogado de la familia, el licenciado Mendoza, quien había llegado en secreto por la puerta de servicio.
—¿Está todo listo, licenciado? —preguntó Victoria, sirviendo un café cargado que humeaba en la penumbra.
—Todo, Doña Victoria. Los documentos que él cree que usted firmó son en realidad una revocación inmediata de todos los poderes que él ostentaba en la empresa —explicó el abogado, ajustándose los anteojos—. Y lo más importante: el anexo que él firmó hace un mes sin leer, pensando que era un trámite del seguro, es en realidad un contrato de responsabilidad civil donde él reconoce deudas personales con la hacienda por montos exorbitantes.
—¿Y el video? —preguntó Elena, entregando su celular.
—Con esto y la grabación de la llamada, tenemos suficiente para una demanda por fraude y un divorcio por conducta deshonrosa que lo dejará en la calle —confirmó Mendoza—. Pero usted quería algo más, ¿verdad, Doña Victoria?
La matriarca caminó hacia la ventana, viendo cómo los primeros rayos de luz empezaban a teñir de púrpura los campos de la hacienda.
—La justicia legal es necesaria, pero la justicia moral es la que me interesa —dijo Victoria con voz de trueno—. Quiero que sienta el mismo frío que pensaba hacerme sentir a mí. Quiero que vea cómo su mundo de naipes se derrumba frente a todos.
A las siete de la mañana, Roberto bajó las escaleras vestido con su mejor traje, rebosante de una energía triunfal.
Encontró a Victoria y a Elena esperándolo en el porche, junto a las maletas de la matriarca.
—¡Buenos días! ¿Lista para su nueva vida, suegra? —preguntó él, intentando tomar la maleta de Victoria.
—Más lista de lo que te imaginas, Roberto —respondió ella, sin moverse—. Pero antes de irnos, han llegado unos amigos que quieren saludarte.
Varios coches negros entraron por el camino principal de la hacienda, levantando una nube de polvo.
De los vehículos bajaron no solo el abogado Mendoza, sino también dos oficiales de la policía y, para sorpresa absoluta de Roberto, una mujer joven y elegante que él reconoció de inmediato.
Era su amante, pero no venía con una sonrisa. Venía escoltada, llorando y señalándolo con el dedo.
—¿Qué significa esto? —gritó Roberto, retrocediendo un paso, mientras su rostro pasaba del bronceado al gris ceniza.
—Significa, infeliz, que el asilo no es para mí —dijo Doña Victoria, dando un paso al frente con una autoridad que parecía hacer temblar el suelo—. Es para tu ambición.
Roberto intentó balbucear una excusa, buscó la mirada de Elena esperando encontrar a la esposa dócil de siempre, pero solo encontró un muro de desprecio.
—Elena, amor, explícales que esto es un error… —suplicó él, extendiendo una mano temblorosa.
Elena se acercó a él y, antes de que pudiera reaccionar, le propinó una bofetada que resonó en todo el valle.
—No vuelvas a decir mi nombre —siseó ella—. Sé todo sobre la cuenta en las islas, sé sobre tus planes con esta mujer y sé lo que pensabas hacerle a mi madre.
El oficial se acercó a Roberto, mostrándole una orden de detención.
—Roberto Estrada, queda usted detenido por intento de fraude, administración desleal y falsificación de documentos —dijo el oficial mientras le colocaba las esposas.
Pero el golpe final no fue la detención. Fue lo que Doña Victoria sacó de su bolsillo en ese momento.
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