«¡Mírate a los ojos y dime que fuiste capaz de esto, Elena, dímelo de frente si es que te queda algo de decencia!», gritó Lucía, mientras el aire se escapaba de sus pulmones y el dolor punzante en su espalda le recordaba que el suelo ya no era una superficie sólida, sino un campo de batalla lleno de dagas transparentes.
El estallido había sido ensordecedor, un estruendo seco que pareció congelar el tiempo en aquella lujosa sala de estar.
Lucía sentía cómo los pequeños fragmentos del cristal templado de la mesa se clavaban en su piel, pero el dolor físico no era nada comparado con la humillación que ardía en su pecho.
Frente a ella, Elena no lucía como la mujer asustada que pretendía ser ante los demás; su rostro era una máscara de odio puro, sus ojos destellaban una maldad que Lucía siempre había sospechado, pero que nunca imaginó ver estallar de forma tan violenta.
El vestido azul de Elena, que envolvía su vientre de seis meses de embarazo, se movía ligeramente con su respiración agitada, dándole una apariencia de vulnerabilidad que, en ese preciso instante, era la mentira más peligrosa del mundo.
—Te lo advertí, Lucía —susurró Elena con una voz gélida, apenas un murmullo que solo ellas dos podían escuchar—. Te dije que no te metieras en mi camino, que esta casa ya no te pertenece y que Marcus es mío.
Lucía intentó incorporarse, pero un gemido de dolor escapó de sus labios; sentía un rastro cálido corriendo por su brazo, la sangre comenzaba a manchar la alfombra de seda blanca, pero Elena ni siquiera parpadeó.
En lugar de ayudarla, la mujer embarazada retrocedió un paso, se despeinó frenéticamente con una mano y comenzó a sollozar de una manera tan convincente que Lucía sintió un escalofrío de terror.
Fue en ese segundo exacto cuando los pasos pesados de Marcus resonaron en el pasillo, acercándose a toda velocidad tras haber escuchado el desastre.
—¡¿Qué pasó?! ¡¿Lucía?! ¡Elena! —la voz de Marcus estaba cargada de angustia pura, el tono de un hombre que teme por lo que más ama en la vida.
Elena no esperó a que él cruzara el umbral; se desplomó sobre sus rodillas, cubriéndose el rostro con las manos y emitiendo un llanto desgarrador, un sonido que imploraba piedad y auxilio.
—¡Marcus, ayúdame! ¡Por favor, deténla! —gritó Elena entre sollozos fingidos, mientras se abrazaba el vientre como si estuviera protegiendo su vida de un ataque inminente.
Marcus entró en la habitación y se quedó paralizado por la escena: su hermana Lucía tirada sobre los restos de la mesa de cristal, sangrando y confundida, y su esposa embarazada, la madre de su futuro hijo, temblando de miedo en un rincón.
El silencio que siguió fue denso, cargado de una tensión que amenazaba con asfixiarlos a todos; Marcus miraba de una a otra, intentando procesar cómo la cena familiar que habían planeado se había convertido en una pesadilla sangrienta.
Lucía intentó hablar, pero las palabras se le atoraron en la garganta al ver la expresión de duda y dolor en el rostro de su hermano.
—Marcus… ella… ella me empujó —logró decir Lucía con la voz quebrada, extendiendo una mano hacia él, buscando un apoyo que no llegaba.
Elena soltó un grito de indignación, mirando a Marcus con ojos suplicantes, llenos de lágrimas que rodaban con una perfección cinematográfica por sus mejillas.
—¡Miente! ¡Marcus, me atacó! Me gritó cosas horribles sobre el bebé, dijo que yo no merecía estar aquí y cuando traté de alejarme, se abalanzó sobre mí… ¡Tuve que defenderme, Marcus! ¡Tuve miedo por nuestro hijo!
Las palabras de Elena eran como veneno destilado, cayendo directamente sobre el corazón herido de Marcus, quien dio un paso hacia su esposa, ignorando por un momento a su hermana herida.
Lucía sintió que el mundo se derrumbaba; no era solo el cristal lo que se había roto, sino el vínculo de toda una vida con la única persona que le quedaba en el mundo.
¿Cómo podía su hermano creerle a esa mujer? ¿Cómo podía no ver la maldad que emanaba de cada poro de Elena?
Marcus ayudó a Elena a ponerse de pie, tratándola con una delicadeza extrema, mientras sus ojos se clavaban en Lucía con una mezcla de decepción y furia contenida que calaba más hondo que cualquier herida física.
Sigue leyendo la continuación tocando el botón de abajo 👇




