Estás en la parte 2: la historia continúa…
El silencio que rodeaba al trío era tan denso que se podía cortar con uno de los cuchillos de plata de la mesa principal. Elena levantó la vista y, para sorpresa de Beatriz y Vanessa, no había ni rastro de llanto en sus ojos. Al contrario, una pequeña chispa de lucidez, casi de diversión, bailaba en sus pupilas. Había pasado años tratando de encajar en los moldes rígidos de la familia Valenzuela, sacrificando sus propios sueños de arquitecta para ser «la esposa de», soportando los desplantes de una suegra que nunca la consideró lo suficientemente noble.
—¿A su altura? —repitió Elena, dejando escapar una risa suave que descolocó por completo a sus agresoras—. Es curioso que uses esa expresión, Beatriz. Especialmente hoy.
Elena dejó su copa en la bandeja de un camarero que pasaba por allí. El movimiento fue tan fluido y elegante que incluso las mujeres que la odiaban no pudieron evitar notar su porte.
—He pasado quince años cuidando el nombre de esta familia —continuó Elena, caminando lentamente alrededor de Vanessa, como si estuviera examinando una pieza de utilería barata—. He limpiado los desastres financieros que Ricardo causó por su arrogancia. He mantenido las apariencias cuando él llegaba a casa oliendo a alcohol y a desesperación. Y durante todo este tiempo, pensé que el valor de una persona estaba en el apellido que llevaba.
Vanessa intentó interrumpir, pero Elena levantó una mano, un gesto tan cargado de autoridad que la joven se quedó muda con la boca abierta.
—No has terminado de hablar, querida —dijo Elena con una sonrisa gélida—. Vanessa, me preguntas si estoy a tu nivel. La respuesta es no. Nunca lo estaré. Porque para estar a tu nivel tendría que aprender a conformarme con las sobras de otras mujeres. Tendría que aprender a mendigar atención de un hombre que no se respeta ni a sí mismo.
—¡Cómo te atreves! —chilló Vanessa, olvidando por completo que estaban en un salón lleno de gente—. ¡Ricardo me ama! ¡Él me dio esto! —gritó, agitando la mano con el anillo familiar—. Él dice que tú eres solo un trámite legal que está ansioso por terminar.
—Ese anillo… —Elena señaló la joya con un dedo largo y elegante—. Es la sortija de la bisabuela de Ricardo. Se supone que debe llevarla la mujer que representa la dignidad de esta casa. Beatriz, tú se la diste a él para que me la diera a mí, ¿no es cierto? Y ahora permites que la lleve ella. Eso dice más de tu falta de respeto por tu propia historia que de mi valor como esposa.
Beatriz palideció. El orgullo familiar era su único punto débil. Al ver que el resto de los invitados murmuraban y que algunas de las matronas más influyentes de la ciudad fruncían el ceño ante el espectáculo, intentó recuperar el control de la situación.
—Basta de insolencias, Elena. Este no es el lugar para tus escenas de celos. Estás haciendo el ridículo frente a toda la ciudad. Ten un poco de decencia y vete ahora mismo.
—¿Celos? —Elena soltó una carcajada genuina, una que resonó en las paredes de mármol—. Beatriz, no te equivoques. Lo que siento en este momento es un alivio que no podrías imaginar. Durante años cargué con el peso de este matrimonio como si fuera una corona, cuando en realidad era una cadena.
En ese momento, Ricardo apareció entre la multitud. Se veía desencajado, con el nudo de la corbata ligeramente flojo y una expresión de pánico en el rostro al ver a su esposa, su madre y su amante juntas en medio del salón. Se detuvo a unos pasos, sin saber hacia dónde caminar.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó Ricardo, tratando de sonar autoritario, aunque su voz tembló un poco al final.
Vanessa corrió hacia él y se aferró a su brazo, clavándole las uñas en el traje de diseñador.
—¡Ricardo, tu esposa me está insultando! —sollozó de forma fingida—. Me ha llamado desechable y dice que tú no te respetas. Dile algo, ¡dile que nos vamos a casar en cuanto ella firme el divorcio!
Ricardo miró a Elena. Esperaba ver a la mujer sumisa que siempre encontraba una excusa para sus faltas, la mujer que agachaba la cabeza para evitar el conflicto. Pero la mujer que estaba frente a él era una desconocida. Sus ojos brillaban con una determinación que él nunca había sido capaz de poseer.
—Elena, por favor… no hagamos esto aquí —suplicó Ricardo en voz baja, consciente de que los ojos de sus socios comerciales estaban sobre él—. Hablemos en casa. Sabes que las cosas han estado difíciles, pero no hay necesidad de este drama.
—No hay nada de qué hablar, Ricardo —respondió ella, dando un paso hacia él—. Y no hay drama. Solo hay claridad. Tu madre y tu… amiga aquí presente, tenían mucha curiosidad por saber si yo iba a luchar por ti. Me han acorralado para recordarme que mi tiempo a tu lado terminó.
Elena se acercó tanto a él que Ricardo pudo oler su perfume, el mismo que él le había regalado hacía años y que ella seguía usando por costumbre. Sintió una punzada de arrepentimiento, pero era demasiado tarde.
—¿Y qué les has dicho? —preguntó Ricardo, casi en un susurro, temiendo la respuesta.
Elena miró a su alrededor. Vio a los fotógrafos de la prensa social con las cámaras listas. Vio a sus «amigas» de la alta sociedad con los teléfonos grabando. Vio a Beatriz, que parecía estar a punto de sufrir un colapso nervioso por el escándalo. Y finalmente, miró a Vanessa, quien le sostenía la mirada con un triunfo falso y barato.
—Les dije la verdad, Ricardo —dijo Elena, elevando la voz lo suficiente para que todos en el salón pudieran escucharla—. Les dije que jamás disputaría a un hombre que anda con cualquiera.
El golpe fue tan seco que el propio Ricardo retrocedió un paso, soltándose del agarre de Vanessa como si el brazo de ella quemara. Un «¡Oh!» colectivo recorrió el salón. Las copas dejaron de sonar. La música parecía haber bajado su volumen por respeto a la tensión.
—¿Luchar por ti? —continuó Elena, con una frialdad que congelaba la sangre—. Eso implicaría que tienes algún valor que proteger. Pero hoy me he dado cuenta de que lo único que protegía era una fachada vacía. Quédate con ella, Ricardo. Quédate con el satén rojo, con los anillos robados de la caja fuerte de tu madre y con la falta de escrúpulos. Se merecen mutuamente.
Beatriz, roja de furia, intentó un último ataque. —¡No te atrevas a hablarle así a mi hijo! ¡Tú no eres nada sin nosotros! ¡Saldrás de aquí sin un centavo, te lo juro! ¡Te destruiremos en la corte!
Elena miró a su suegra con una compasión que dolió más que cualquier insulto. —Beatriz, tú me diste una lección de dignidad esta noche, aunque no fuera tu intención. Me enseñaste que no importa cuánto oro cargues encima, si tu alma es de barro, siempre terminarás manchando a los que te rodean. En cuanto al dinero… mi abogado tiene los documentos de la empresa de construcción que yo misma levanté mientras Ricardo se iba de fiesta. La empresa que hoy sostiene esta familia. Veremos quién se queda sin un centavo.
Vanessa, dándose cuenta de que el barco se hundía, trató de recuperar terreno. —¡Él me ama a mí! ¡Yo tengo lo que tú perdiste!
Elena se giró hacia ella una última vez. La miró de arriba abajo, deteniéndose en el anillo que brillaba en su mano.
—Consérvalo, Vanessa —dijo con una calma absoluta—. Consérvate al hombre, si es que puedes llamarlo así. Disfruta de los banquetes, de las joyas y de esta sociedad que tanto ansías. Pero recuerda algo: el hombre que traiciona a su esposa frente a todo el mundo, te traicionará a ti en el momento en que aparezca alguien con un vestido más brillante. Disfruta tu premio, porque la dignidad… la dignidad me la quedo yo.
Descubre el desenlace final tocando el botón siguiente 👇




