Estás en la parte 2: la historia continúa y la tensión llega a su punto máximo…
Valeria empezó a caminar de un lado a otro, evitando tocar cualquier cosa, mientras su respiración se volvía errática. Parecía un animal atrapado en una jaula, aunque la jaula fuera el vasto desierto. De repente, se detuvo y miró a Ricardo con una furia renovada.
—¡Es que no puedo creerlo! —exclamó ella, lanzando su bolso de diseñador al suelo, aunque se arrepintió al instante al ver cómo se llenaba de polvo—. ¡Todo este tiempo estuve perdiendo mi juventud con un hombre que no supo cuidar su fortuna! ¡Eres un inútil, Ricardo! ¿Cómo esperas que duerma ahí dentro? Seguramente hay alacranes, serpientes y quién sabe qué clase de bichos asquerosos.
—Podemos limpiar, Valeria —dijo Ricardo, manteniendo una calma que empezaba a inquietar a la mujer—. Traje algunas sábanas limpias y un poco de comida enlatada. No es mucho, pero es un techo. Muchos mueren por tener al menos esto. Es una oportunidad para demostrar que lo nuestro es real, que no depende de una billetera gorda.
Valeria soltó una carcajada estridente, una que espantó a un par de cuervos que descansaban en un poste cercano.
—¡El amor no paga las cuentas, idiota! —gritó ella—. ¿Sabes qué? Quédate con tu choza, quédate con tu miseria y con tus latas de atún. Yo me largo de aquí. No voy a pasar ni un segundo más respirando este aire lleno de tierra.
—¿Y a dónde vas a ir? —preguntó Ricardo, con un tono extrañamente plano—. No hay transporte público en kilómetros. Estamos en medio de la nada.
Valeria sacó su teléfono de última generación, pero al ver la pantalla, su rostro se descompuso aún más.
—¡No hay señal! —chilló, agitando el aparato en el aire como si eso fuera a atraer los satélites—. ¡Este lugar es el mismísimo infierno! ¡Ricardo, llévame de regreso a la ciudad ahora mismo! Te lo ordeno.
Ricardo se sentó en el parachoques de la camioneta vieja y se cruzó de brazos. Por primera vez en toda la tarde, no parecía un hombre derrotado. Había algo en su postura, una firmeza que no encajaba con su ropa de pordiosero.
—No puedo hacer eso, Valeria —respondió él con voz pausada—. La camioneta se quedó sin gasolina justo cuando llegamos. Y no tengo dinero para comprar más, ni siquiera para un galón. Tendremos que esperar a que alguien pase por el camino principal, que está a unos cinco kilómetros de aquí, tal vez mañana o pasado mañana.
Valeria se puso roja de la rabia. Sus manos se cerraron en puños y por un momento pareció que iba a lanzarse contra él para arañarle el rostro.
—¡Te odio! ¡Te odio con toda mi alma! —le gritó a todo pulmón—. ¡Eres lo peor que me ha pasado en la vida! Ojalá nunca te hubiera conocido. Me das náuseas. Mírate, eres un despojo humano. ¿Cómo pude pensar que eras un hombre de verdad? Un hombre de verdad no deja que su mujer pase por esto.
—Un hombre de verdad busca una mujer que lo apoye cuando el mundo se le cae encima —replicó Ricardo, levantándose y caminando hacia la choza—. Entra, Valeria. El sol está bajando y pronto empezará a hacer frío. No querrás estar afuera cuando los coyotes empiecen a aullar.
—¡Prefiero que me coman los coyotes antes que compartir un techo contigo en ese estado! —chilló ella, histérica.
Valeria comenzó a caminar por el sendero polvoriento por el que habían llegado, arrastrando sus maletas de lujo que ahora parecían anclas pesadas. Sus tacones se rompieron tras unos pocos metros, y terminó lanzándolos al desierto con un grito de frustración. Siguió caminando descalza, quejándose de cada piedra, de cada espina, mientras maldecía el nombre de Ricardo una y otra vez.
Ricardo no la siguió. Se quedó parado frente a la puerta de la choza, observando cómo la silueta de la mujer que amaba se hacía cada vez más pequeña en el horizonte. Un sentimiento de profunda tristeza lo invadió, pero también una extraña sensación de alivio. La prueba estaba dando sus frutos, aunque el sabor fuera más amargo de lo que imaginó.
Don Jacinto, que lo veía todo desde su porche, se acercó lentamente apoyado en su bastón. El viejo se detuvo al lado de Ricardo y le ofreció un tabaco liado a mano.
—Ella no es de las que aguantan el temporal, muchacho —dijo el viejo con voz ronca—. Hay flores que solo crecen en invernaderos con calefacción. Si las sacas al sol, se marchitan y muestran sus espinas.
Ricardo aceptó el tabaco, aunque no fumaba.
—Lo sé, Don Jacinto. Solo quería estar seguro. Quería creer que ella era diferente. Pasamos dos años juntos… le di todo. Pero al final, lo único que le importaba era el «todo» y no el «nosotros».
—¿Y ahora qué vas a hacer? —preguntó el anciano, mirando hacia el camino por donde Valeria había desaparecido—. Ya va casi un kilómetro y no parece que vaya a dar la vuelta.
Ricardo miró su reloj, un aparato que parecía barato pero que en realidad era un localizador GPS de alta tecnología oculto bajo una carcasa de plástico.
—El tiempo se acaba, Don Jacinto —dijo Ricardo, y su voz cambió por completo. Ya no era el tono suplicante de un hombre pobre, sino el mando firme de alguien acostumbrado a liderar imperios—. Ella tomó su decisión. Ahora me toca a mí tomar la mía.
En ese momento, el rugido de un motor potente empezó a escucharse a lo lejos, pero no venía del camino. Venía del cielo. Un helicóptero negro, elegante y silencioso, apareció por detrás de una colina cercana, descendiendo lentamente hacia un claro que parecía estar preparado de antemano.
Valeria, que apenas había avanzado un par de kilómetros y ya tenía los pies ensangrentados y el alma rota, se detuvo en seco al ver la aeronave. Sus ojos se abrieron de par en par. «¿Un helicóptero? ¿Aquí?», pensó. Su corazón saltó de alegría. Seguramente era alguien importante, alguien que podría rescatarla de esa pesadilla. Empezó a agitar sus brazos con desesperación, gritando por ayuda, olvidando por completo su dignidad.
El helicóptero aterrizó suavemente, levantando una tormenta de arena que obligó a Valeria a cubrirse el rostro. Cuando las aspas empezaron a detenerse, vio cómo de la choza salía Ricardo, pero ya no caminaba encorvado. Caminaba con la espalda recta, con una autoridad que ella nunca le había visto de esa manera.
Valeria corrió de regreso hacia él, tropezando, cayendo de rodillas y levantándose de nuevo, ignorando el dolor en sus pies.
—¡Ricardo! ¡Ricardo, mira! —gritó ella, señalando el helicóptero—. ¡Alguien vino a salvarnos! ¡Seguramente es alguno de tus antiguos contactos! ¡Diles que nos saquen de aquí! ¡Diles que te den un préstamo! ¡Podemos recuperar todo!
Ricardo se detuvo justo antes de llegar al helicóptero. Un hombre vestido con un traje impecable bajó de la cabina y le entregó a Ricardo una tableta y una chaqueta de cuero fino.
—Todo está listo, señor —dijo el asistente con una reverencia—. El equipo de seguridad está en posición y la cena ha sido servida en la residencia principal.
Valeria se quedó paralizada a unos metros de distancia. Sus ojos iban de Ricardo al asistente, y luego al helicóptero que lucía el emblema de la familia de Ricardo en oro puro sobre la pintura negra.
—¿Señor? —susurró ella, su voz apenas un hilo—. ¿Residencia principal? ¿De qué están hablando?
Ricardo se puso la chaqueta y miró a Valeria. No había odio en sus ojos, solo una decepción infinita que dolía más que cualquier insulto.
—Esta choza, Valeria… esta choza es parte de mi propiedad de diez mil hectáreas. Es un recordatorio que mi abuelo dejó para que nunca olvidáramos de dónde venimos. Pero si hubieras caminado solo quinientos metros más tras aquella colina, habrías visto esto.
Ricardo señaló hacia el horizonte. Detrás de una duna que parecía natural pero que había sido diseñada por paisajistas, empezaron a encenderse las luces de una mansión ultramoderna, una joya arquitectónica de cristal y acero que se alzaba como un oasis de billonarios en medio de la nada.
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