Continuamos con la historia exactamente donde la dejamos, en el corazón del secreto…
El búnker era una obra maestra de la ingeniería moderna. No era una simple cueva de concreto, sino un centro de control que envidiaría cualquier agencia de inteligencia.
Las paredes estaban revestidas de pantallas táctiles de alta definición que mostraban cada rincón de la propiedad, desde los jardines exteriores hasta los conductos de ventilación.
Aurelio se sentó en su sillón de cuero, el mismo desde el cual había dirigido operaciones que movían millones de dólares a través de tres continentes.
Frente a él, las pantallas mostraban el caos absoluto. Veía a sus hombres siendo sometidos, esposados en el suelo de mármol que él tanto amaba.
Veía a los agentes del grupo táctico especial, moviéndose con precisión militar, registrando cada habitación, rompiendo muebles caros en busca de cajas fuertes o documentos.
—Buscad, muchachos, buscad hasta que se os hinchen las manos —dijo Aurelio, observando a un oficial que golpeaba una pared en busca de huecos.
Se sirvió una copa de un coñac que costaba más que la patrulla que estaba estacionada en su entrada principal.
El líder criminal activó el sistema de audio. El sonido de las radios policiales llenó el búnker.
—»Aquí Unidad 1. Hemos asegurado el segundo piso. No hay rastro del objetivo principal. Repito, Aurelio no está en las habitaciones».
—»Unidad 4 al habla. El perímetro está sellado. No ha salido nadie por tierra ni por aire. Tiene que estar dentro».
Aurelio bebió un sorbo de su copa, saboreando el aroma a roble y uva. Le divertía la frustración que empezaba a notarse en las voces de los oficiales.
Él estaba a apenas treinta metros por debajo de sus pies, pero para ellos, bien podría estar en la luna.
De repente, una de las pantallas mostró a un hombre de mediana edad, vestido con un traje gris y un chaleco antibalas que le quedaba pequeño. Era el Fiscal Montalvo, el hombre que había jurado por su carrera y su vida que vería a Aurelio tras las rejas.
Montalvo caminaba por el despacho de Aurelio, tocando los libros, mirando con envidia y odio la opulencia que lo rodeaba.
Aurelio presionó un botón en su consola.
—¿Te gusta la oficina, Montalvo? —la voz de Aurelio resonó a través de los altavoces ocultos en el techo del despacho, haciendo que el fiscal saltara del susto y desenfundara su arma, apuntando a la nada.
—¡Aurelio! ¡Sal de donde estés! Esto se acabó. No tienes a dónde ir —gritó Montalvo, mirando frenéticamente a su alrededor.
—¿Acabarse? —Aurelio soltó una carcajada seca—. Esto apenas es el prólogo, querido fiscal. Estás en mi casa, bebiendo mi aire, pisando mi suelo. ¿Realmente crees que tienes el control?
—Tenemos a todos tus hombres. Tenemos tus cuentas congeladas. No eres más que una rata acorralada —respondió el fiscal, tratando de recuperar la compostura mientras los agentes se arremolinaban a su alrededor, buscando el origen de la voz.
—Una rata que vive en un palacio, mientras tú vives de un sueldo estatal que no te alcanza ni para los zapatos que llevas puestos —replicó Aurelio con desdén—. Mira a tu alrededor, Montalvo. ¿Ves alguna salida para ti? Porque yo veo muchas para mí.
El fiscal ordenó a sus hombres que derribaran las estanterías de libros, convencido de que Aurelio estaba escondido detrás de alguna de ellas.
Aurelio observaba la escena con una mezcla de lástima y aburrimiento. Sabía que el búnker era invisible para los radares térmicos y que el blindaje de plomo y titanio impedía cualquier tipo de detección por sonar.
Sin embargo, algo cambió en la expresión de Aurelio cuando vio a Montalvo acercarse a una pequeña fotografía que descansaba sobre el escritorio.
Era una foto antigua, amarillenta por el tiempo, que mostraba a una mujer joven sonriendo en un campo de girasoles.
El fiscal tomó la foto y sonrió con malicia.
—Sé quién es ella, Aurelio. Y sé dónde está. Si no sales en cinco minutos, daré la orden para que la recojan a ella también.
El silencio que siguió en el búnker fue gélido. Aurelio dejó la copa de coñac sobre la mesa con una lentitud peligrosa.
Sus ojos, antes tranquilos, se transformaron en dos rendijas de puro acero. La mención de esa mujer era la única grieta en su armadura de hielo.
—Toca un solo cabello de su cabeza, Montalvo, y te aseguro que desearás que este búnker sea tu tumba —dijo Aurelio, con una voz que ya no era suave, sino un rugido contenido.
—El tiempo corre, «Patrón». Cinco minutos. O sales tú, o entra ella al sistema penitenciario por complicidad. Tú decides qué precio tiene tu libertad.
Aurelio se levantó de su sillón. Caminó hacia una consola diferente, una que estaba protegida por una cubierta de cristal rojo.
Sus dedos dudaron sobre el teclado. El juego del gato y el ratón acababa de volverse personal, y las reglas habían cambiado en un segundo.
Las pantallas mostraban a los agentes preparando cargas explosivas para reventar el suelo del despacho, creyendo haber encontrado una anomalía estructural.
Aurelio miró el monitor donde Montalvo seguía sosteniendo la fotografía. La tensión en el aire era tan espesa que casi se podía palpar.
¿Se entregaría por amor, o demostraría que su impunidad estaba por encima de cualquier sentimiento humano?
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